¿Que pensar de la cremación de los cuerpos?

Parece que ahora se está poniendo de moda el in­cinerar a los difuntos. Y esta práctica va aumentando de modo muy rá­pido debido, sobre todo, a que las autoridades religiosas nunca la han reprobado y ni siquiera han advertido a los fieles sobre su malicia, pues tenemos que saber que el quemar los cuerpos de los fieles es algo totalmente contrario a la doctrina y prácticas cristianas.

Los argumentos de los "cremacionistas" en favor de la incineración parecen ser bastante atractivos. La palabra mágica (¡y tan moderna!) para que todo el mundo se la trague consiste en decir que la cremación es el sistema más prác­tico. Entre otras cosas, si la comparamos con el entierro tradicional, la incine­ración es mucho más barata, pues economizamos la caja, el panteón, etc. Además, las cenizas se pueden guardar en casa, en una urna de poco volumen. Y para colmo de ventajas, esta nueva práctica es mucho más higiénica que la descomposición lenta de un cadáver.

Sin embargo, los católicos deben saber que no se trata aquí de una cuestión meramente práctica. En realidad, la elección que hace la Iglesia de la inhuma­ción en contra de la cremación, se basa en razones tanto teológicas como de sentido común.

En el Antiguo Testamento

La práctica tradicional de la inhumación, es decir, enterrar a los muertos, es esencialmente judeocristiana. Ya en el Antiguo Testamento, los judíos eran prácticamente los únicos que enterraban a los muertos poniéndolos bajo tierra. Dios había pronunciado esta senten­cia: «Volve­rás a la tie­rra, pues de ella has sido tomado».

En la ley de Moisés está escrito con gran precisión que es un deber sagrado el de enterrar a los muertos, incluso aquellos que fueron condenados o enemigos. La inhumación pasó a ser el signo distintivo de los judíos. La historia de Tobías, a quien alaba la Sagrada Escritura porque hacía todo lo posible por enterrar a los muertos en la noche, arriesgando incluso su propia vida, nos lo enseña de un modo particular: «Cuando orabas tú y tu nuera Sara, yo presentaba ante el Santo tus oraciones. Cuando enterrabas a los muertos, también yo te asistía. Cuando sin pereza te levantabas y dejabas de comer para ir a sepultarlos, no se me ocultaba esa buena obra, antes yo estaba contigo» (Tob. 12, 12ss.).

No se halla en la Sagrada Escritura ningún texto que apruebe, ni siquiera por un tiempo, la práctica de la cremación de los cadáveres.

En el Nuevo Testamento

En el Nuevo Testamento, cuando se trata de enterrar a los muertos, se habla siempre de la inhumación. No sólo se colocaba el cuerpo en una roca excavada, como en el caso de Nuestro Señor, sino que para mani­festar un mayor respeto al difunto, se lo embalsamaba con aromas y aceites, y se envolvía con lienzos.

El entierro de Lázaro y de Cristo no dejan ninguna duda sobre el respeto debido a los cadáveres. En todo caso, no hay ninguna alusión a la incineración en el Nuevo Testamento. ¿Podemos acaso imaginar que Nuestro Señor hubiese sido incinerado en lugar de haber sido colocado (inhumado) en el sepulcro?

El cuerpo: Templo del Espíritu Santo

Pero el fundamento principal que hace que los católicos defendamos la inhumación de los difuntos, es nuestra fe y nuestra esperanza en la re­surrección. Al ejemplo de Jesucristo, el último día del mundo los justos resucitarán para su gloria, y los malos para su condenación eterna.

Además, tenemos que considerar que nuestro cuerpo es el Templo de la Santísima Trinidad desde el momento del Bautismo. Por eso la Iglesia manifies­ta el respeto que se le debe al bendecir el cuerpo de los difuntos varias veces durante los funerales. Y no sólo el cadáver, sino también el lugar en donde descansará en paz.

Cuestión de sentido común

El simple sentido común nos enseña que violentar, por así decirlo, el cuerpo del difunto al quemarlo, es una falta profunda de respeto. ¿Qué hijo quemaría a su propia madre? ¿Que padre a sus hijos? Se diga lo que se diga, la misma práctica de la incineración es una barbarie totalmente contraria al respeto que se le debe a todo cuerpo, incluso el de un niño.

Podemos preguntarnos si, finalmente, la práctica de la cremación, no es la consecuencia lógica del desprecio por la creación que caracteriza a nuestra sociedad moderna. Estamos asistiendo a un crecimiento de este desprecio: el aborto destruye la nueva vida que empieza, la eutanasia la vida que acaba y la incineración el cuerpo, que es la obra de Dios.

La legislación de la Iglesia ha condenado siempre la práctica de la incine­ración voluntaria. Sólo en casos muy extremos, como las epidemias o pestes, permitiría que se pudiesen quemar los cuerpos. Pero hoy, esta práctica no res­ponde para nada a una semejante realidad, y por lo tanto, para justificar la incineración se recurre a razones que no tienen fuerza, como la de que ya no queda casi lugar en los panteones... Son argumentos alarmistas para arrastrar a los católicos ignorantes a esas prácticas de bárbaros.

Propaganda masónica

Es necesario recordar también que la incineración ha sido, y es, una de las causas que suelen defender los Masones, los Rosacruces y muchas otras sectas esotéricas. Aunque es verdad que muchos de los que pre­fieren la incineración no lo hacen en primer lugar por motivos anticatólicos, sin embargo, no tenemos que ser tan ingenuos que ignoremos que los que dirigen las asociaciones crematorias y quienes difunden esta práctica son personas inspiradas por ideas anticristianas y a menudo masónicas.

A todo católico le está moralmente prohibido pedir en su testamento que se lo incinere y nadie está obligado a respetar la voluntad de un católico que pi­dió ser quemado. Por eso, en lo que nos concierne, y a pesar de lo que digan algunos malos sacerdotes, tenemos que seguir aplicando la prescripción del Código de Derecho Canónico de 1917, en su canon 1240 §1, 5º: «Están priva­dos de la sepultura eclesiástica (...) los que hubieran mandado quemar su cadáver». Y antes que éste, el canon 1203 §1, dice que «los cuerpos de los fieles difuntos han de sepultarse, reprobada su cremación».

Esta prohibición tan severa de la disciplina ca­tólica muestra, si fuera necesario, que la crema­ción es un acto gravemente pecaminoso, a tal punto que la Iglesia lo compara al pecado públi­co, a la apostasía, a la excomunión y al suicidio.

Algunas personas quisieran conciliar la fe en la resurrección con la práctica de la cremación. ¿Puede su buena fe justificar ese comportamien­to? Desde luego que no, pues el acto de la incine­ración es intrínsecamente malo, y la buena fe nunca hace que un acto malo en sí mismo, se vuelva bueno.

El hecho de que la ley permita la cremación de los cadáveres no significa que esa práctica sea buena, y continúa siendo enteramente reprobable. No todo lo que permite impunemente la ley humana es lícito ante Dios: como el divorcio, el aborto y quizás pronto la eutanasia.

Lo que ya se ha dicho para el cuerpo entero, vale también para los órganos humanos en particular. De ahí que sea reprochable la práctica actual por la que se incineran los órganos humanos que se ceden en nombre de la ciencia. La conclusión es la misma para los fetos de los niños que, habiendo sido bauti­zados en peligro, mueren antes de nacer y que a veces sus padres no los recu­peran y acaban en los hornos crematorios.

A guisa de conclusión, digamos claramente que la cremación (o incinera­ción), salvo en casos de epidemia, es una acto totalmente condenable pues es una práctica bárbara, pagana y anticatólica. Lo mejor que podemos hacer por nuestros difuntos, después de nuestro deber de rezar por ellos, es inhumarlos, enterrarlos, como ha sido la costumbre de los hijos de Dios desde hace miles de años.

R.P. Juan Carlos Ortiz