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Consejos prácticos para llevar nuestra cruz

Febrero 10, 2018

Preguntaba San Francisco de Sales: "¿Sabéis en qué cosa nos envidian los ángeles? En que nosotros podemos sufrir por Dios; ellos jamás han padecido ni padecerán por Él." Todos tenemos que cargar con nuestra cruz, si queremos llegar al cielo. Aprendamos a llevarla con amor incansable y fe, obteniendo en el camino las mayores gracias y méritos posibles.

Tres maneras de llevar la cruz

El divino maestro queriendo dar a conocer a Santa Verónica de Juliani a las almas que le eran más amadas, le mostró una multitud de personas que llevaban la cruz entre sus manos. Luego éstas se ordenaron y la santa pudo ver  que entre sus manos se distinguían algunas cruces grandes y otras pequeñas. Las almas las llevaban de diferentes maneras: las primeras que tenían una cruz grande, la llevaban en la mano, sgnificando que no sólo se complacía en llevar su cruz, sino que convidaban con alegría y entusiasmo a otras almas para que caminaran en pos de ellas. Las segundas tenían su cruz abrazada como un objeto muy precioso y amado. Las terceras la llevaban sobre el hombro y parecía que la cruz les caía hasta el suelo, por su peso.

Nuestro Señor reveló a la santa que quienes encabezaban la procesión eran los sacerdotes: llevaban su cruz en la mano para significar que trabajan con mucho empeño en dar a conocer a los hombres el valor y el precio de la cruz. Las segundas eran muchas religiosas de distintas órdenes y algunos seglares que abrazaban su cruz con mucho amor, indicando que se complacían en sufrir, y el Señor las consolaba y bendecía. Las terceras eran muchas almas que llevaban su cruz con tanto cansancio que apenas podían dar un paso. Nuestro Señor le dio a entender a Santa Verónica que éstas últimas también eran suyas, pero que llevaban la cruz con tanta pena porque no eran nada valientes ni esforzadas, y porque todavía no habían saboreado las alegrías del sufrimiento. 

Es preciso llevar la cruz y no arrastrarla

¿Quiénes son los que arrastran la cruz? Los que se quejan cuando los visita alguna tribulación, la cual, con mucha frecuencia, manda Dios para su mayor bien. Esas pobres almas no pueden sufrir sin quejarse y su impaciencia es tal, que se hacen insoportables a sí mismas y a los demás. También arrastran la cruz los que hacen todo lo posible por escaparse de las tribulaciones y de los sufrimientos que Dios les envía.

No debemos contar el número de cruces

El que quiera llevar su cruz como se debe, no debe considerar si pesa mucho o poco, sino tener los ojos fijos en el Divino Modelo. No perdamos nuestro tiempo en distinguirlas y contarlas, Nuestro Señor ya lo ha pesado todo. Él nos pule como una piedra que el obrero quiere colocar en un hermoso edificio. Hay tiempos en que el amor exige que el alma se prive de todo, que aparte de su espíritu, de su cuerpo y de su corazón todo gozo; pero en otros tiempos quiere que el alma reciba todo de su mano, alegrías y cruces, sometiéndose a la voluntad de la Divina Providencia.

El alma verdaderamente paciente oculta sus sufrimientos

Apliquémonos a parecernos a la Santísima Virgen en su generosidad, en su resignación y en su paciencia. Ella no se quejó nunca. No nos quejemos de los dolores que Dios nos envía y le glorificaremos más si no dejamos sospechar nada de lo que sufrimos.

El alma paciente ya no piensa más en sí misma

Todo en nosotros debe ser digno, comenzando por expulsar nuestro yo para que pueda venir a reinar Dios con sus virtudes y sus gracias en nuestras almas. Dijo Nuestro Señor a la santa, después de su Comunión: "Ya no quiero que te ocupes de ti misma. Quiero que te olvides totalmente. Sólo debes tener un pensamiento: Dios y las almas. Ya no te ocupes de tu salud que Yo me encargaré. Déjame hacer lo que Yo quiero; dame todo lo que te pido y no te preocupes por tomar precauciones razonables. Debes ser en mis manos una blanda cera. No quiero tampoco que busques consuelos, ni siquiera que los desees; Yo te los daré cuando me parezca."

Bendiciendo a Dios en la prueba ganamos inapreciables méritos

Un día Nuestro Señor enseñó a Santa Verónica una cruz que tenía en la mano y que estaba adornada con magníficas piedras preciosas: "Mira," le dijo, "los actos de resignación que has hecho. ¡Mira qué hermosos son!" Y en otra ocasión: "Quiero que en todas las tempestades y persecuciones que tengas que sufrir, siempre me bendigas y me des las gracias diciendo: "Dios mío, te bendigo y te doy las gracias ahora y siempre."

Meditemos y pongamos en práctica estos medios acompañando a Jesús paciente.

Fuente: REVISTA ESTRELLA - enero a marzo del 2000