FSSPX Actualidad

Cuarto domingo después de Pentecostés

Junio 17, 2018

"San Pablo nos muestra las tribulaciones que nos abruman y su resultado: el mundo entero comparte el castigo por el pecado. La Liturgia nos llama a tener confianza en Dios en medios de los problemas, sufrimientos y calamidades de esta vida. En la nave de la Iglesia de Cristo, azotada por el oleaje y las tempestades, pongamos toda nuestra confianza en Dios."

SU NOMBRE

El cuarto Domingo después de Pentecostés fue llamado durante muchos años en Occidente, el Domingo de la Misericordia, porque se leía entonces en él el pasaje de San Lucas que comienza por estas palabras: "Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso." Pero como este Domingo fue trasladado a la Misa del primer Domingo después de Pentecostés, se ha hecho del Evangelio de la quinta semana el de la cuarta; el de la sexta pasa a la quinta, así sucesivamente hasta la veintitrés. Este cambio de que hablamos, no tuvo lugar hasta bastante tarde en cierto número de Iglesias[1] y no fue aún recibida universalmente hasta el siglo XVI.

Mientras las lecturas evangélicas adelantaban así un puesto en casi todo el ciclo litúrgico, las Epístolas, Oraciones y partes cantadas de las antiguas Misas se conservaron, salvo raras excepciones, en sus lugares acostumbrados. La relación que los liturgistas de los siglos XI, XII y XIII habían creído encontrar, para cada Domingo, entre el Evangelio primitivo y el resto de la Liturgia, no podía, pues, sostenerse más como antes. Al descartar la Iglesia estas relaciones, muchas veces demasiado sutiles, no trató, sin embargo, de condenar a estos autores, ni de apartar a sus hijos de que buscasen en sus obras una edificación tanto más sana, cuanto está sacada con frecuencia de las fuentes auténticas de las antiguas Liturgias. Nos aprovecharemos de sus trabajos, sin olvidar que la armonía principal que hay que buscar en las Misas del Tiempo después de Pentecostés, no es más que la unidad del mismo Sacrificio.

DIGNIDAD DEL DOMINGO

Hemos recordado, en el tiempo Pascual, que la majestad del día octavo sustituyó al Sábado de los Judíos, y llegó a ser el día sagrado del pueblo nuevo. "La Santa Iglesia, decíamos[2], que es la Esposa, está asociada a la misma obra del Esposo. Deja que se deslice el sábado, día que su Esposo pasó en el sepulcro; pero, iluminada por los resplandores de la Resurrección, consagra en adelante a la contemplación de la obra divina, el primer día de la Semana que vio sucesivamente salir de las sombras, tanto la luz material, primera manifestación de la vida sobre el caos, como a Aquel que, siendo el esplendor eterno del Padre, se ha dignado decirnos: "Yo soy la luz del mundo"[3].

Tal es la importancia de la Liturgia dominical, destinada a celebrar cada semana tan grandes recuerdos, que los Romanos Pontífices rehusaron, durante largo tiempo, multiplicar en el calendario las fiestas de grado superior al rito semi-doble, que es el del Domingo, a fin de conservarle su prerrogativa legítima y sus derechos seculares. Su reserva en este punto nunca quedó desmentida hasta mitad del siglo XVII. Al fin cedió ante la necesidad de responder con más eficacia a los ataques de que había sido objeto el culto de los Santos por parte de los Protestantes y de sus hermanos los Jansenistas. Urgía recordar a los fieles que el honor rendido a los servidores, no disminuye en nada la gloria de su Señor; que el culto de los Santos, miembros de Cristo, no es más que la continuación y el desarrollo del que se debe a Cristo, su Cabeza. La Iglesia debía a su Esposo una protesta contra las miras estrechas de esos innovadores, que no iban sino a truncar el dogma de la Encarnación, separándole de sus inefables consecuencias. No fue, pues, sino por una inspiración del Espíritu Santo, por lo que la Sede Apostólica consintió entonces declarar de rito doble la mayoría de las fiestas antiguas o nuevas; para apoyar la solemne condenación de los nuevos herejes, convenía, en efecto, hacer que se celebrasen con más frecuencia las virtudes de los Santos, en Domingo, reservado especialmente a las solemnes demostraciones de la fe católica y a las grandes reuniones de la familia cristiana[4].

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