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La esencia de la Santa Misa

Marzo 08, 2018

El misterio de la Divina Eucaristía comprende dos maravillosos capítulos, a saber: el Santo Sacrificio de la Misa, manantial divino e inagotable, y el Santísimo Sacramento del Altar, que doctrinalmente es la consumación del Sacrificio. Teórica y practicamente, ambos deben ser inseparables. En el siguiente artículo definiremos la diferencia real entre uno y otro.

El misterio de la Divina Eucaristía comprende dos maravillosos capítulos, a saber: el Santo Sacrificio de la Misa, manantial divino e inagotable, y el Santísimo Sacramento del Altar, que doctrinalmente es la consumación del Sacrificio. Teórica y practicamente, ambos deben ser inseparables.

Desgraciadamente, por falta de Catecismo, los fieles los separan, y así, de hecho, invierten el orden y los valores del Sacrificio y del Sacramento, no sin grave detrimento de la vida espiritual y eucarística de las almas.

El Sacrificio es la fuente inagotable de la vida divina y el Sacramento es el torrente que mana de esa fuente. Torrentes de vida divina que brotan del Sacrificio son la Sagrada Comunión y la Santa Reserva en el Sagrario.

Sin más, definamos en dos afirmaciones tan límpidas como sólidas la diferencia real entre uno y otro.

El Sacrificio es la Ofrenda que de Sí mismo hace al Padre el Verbo, Jesucristo Nuestro Señor, cuando dice: «Heme aquí que vengo a hacer tu voluntad»; «Hecho obediente hasta la muerte y muerte de cruz»; «Le glorifiqué y de nuevo le glorificaré».

El Sacrificio es, pues, la inefable realización en el Altar, como en el Calvario de aquel «Se entregó a Sí mismo», de aquel abandono total de Cristo a la voluntad del Padre, por su gloria y por la redención del hombre culpable, abandono que podríamos glosar así: «¡Padre, porque quieres que muera quiero ser crucificado, soy tu Hostia de alabanza y de propiciación... Hágase tu voluntad! Padre, ¡quiero, con mi reparación, superar la ofensa del pecador... Pago infinitamente más de lo que él debe y podría pagar!»

Y ¿qué es el Sacramento? Hecha esta entrega total al Padre Eterno se vuelve el Señor hacia nosotros, sus hijitos, y nos dice: «Ya el banquete está preparado, venid, pues, y comed mi Carne y bebed mi Sangre... Por amor a mi Padre me entrego también a vosotros, soy vuestro maná y vuestro pan, soy todo vuestro. Yo seré Jesús Sacramentado hasta la consumación de los siglos... Disponed de Mí, soy vuestro».

En el Sacrificio, el Verbo humanado se entrega al Padre como Hostia. En el Sacramento, como Hostia también, se entrega a la Iglesia. Cristo-Víctima es la misma Hostia en el Sacrificio y en el Sacramento. Pero la Hostia del Sacrificio se ofrece al Padre, en tanto que la Hostia del Sacramento se da a los fieles... Si, pues, la excelencia de la Hostia es idéntica en el Sacrificio y en el Sacramento, no así la calidad del que la recibe... En el Sacrificio la excelencia del Padre es infinita... En el Sacramento, los que la reciben no son sino un abismo de nada y de pecado.

El Sacramento, por la Comunión de la Víctima, es la consumación del Sacrificio... Tanto es así, que, según Su Santidad Pío XII, no habría Sacrificio íntegro sin la Comunión eucarística del Celebrante. Pero no habría tampoco Comunión Sacramental ni Santa Reserva, ni Exposición, ni Bendición del Santísimo sin el Sacrificio de la Misa, que reproduce la Presencia Real.

La Santa Misa, litúrgicamente considerada, comprende: la oblación u ofertorio; la Consagración de ambas especies*que constituye el centro y la esencia misma del Santo Sacrificio; y la Sagrada Comunión, que es su complemento en forma de banquete eucarístico.

Y ¿quién ofrece la Santa Misa? Tres personas actúan en el Altar pero con un valor litúrgico muy diferente. Ante todo el Pontífice adorable, Cristo Sumo Sacerdote, según el orden de Melquisedec. Él es el oferente, el divino Oficiante, y Él es la oblación, la Ofrenda sacramental.

En seguida, por Él, con Él y en Él, como otro Cristo, creado ministro para ofrecer el Sacrificio*«El sacerdocio es para el Sacrificio». El sacerdote actúa en esta máxima actio, investido con un poder altísimo, único, según aquella palabra imperativa del Señor en la última Cena: «Haced esto en memoria mía».

Y, en fin, por mera concomitancia espiritual, en una medida discreta y restringida, los fieles ofrecen en cierto modo el Sacrificio por el Sacerdote, pero sólo en la Ofrenda y en la Comunión de la divina Víctima. Pero siendo así que la Santa Misa como Sacrificio es culto social y público de la Iglesia católica, Ella requiere siempre la presencia ante el Altar de su representante, y éste es el monaguillo, el acólito. Su función es como diputado y lugarteniente de la Iglesia. Y en esa calidad entabla con el sacerdote aquel diálogo alternado entre el oficiante y el pueblo fiel, y que en los primeros siglos fue la forma litúrgica de la Misa.