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La providencia de Dios en nuestras vidas - SMS 517

Noviembre 13, 2017

No entendemos cómo trabaja Dios en nuestras vidas. No entendemos por qué sufrimos, o por qué sentimos tristeza, o por qué vemos los sufrimientos de nuestros amigos. Pero sabemos que hay una razón. Dios tiene un plan, un programa para nuestras vidas en su Providencia. Sabemos que debemos tener confianza en Dios; no podemos ver su plan, pero tenemos confianza en su amor por nosotros.

A veces, debemos recordar esta verdad; que no podemos ver el plan de Dios para nosotros, pero debemos tener confianza en Él. Es más fácil para nosotros, si podemos ver el plan de Dios en las vidas de otros, especialmente en las vidas de los Santos. Podemos ver el plan de Dios especialmente en vidas como la del Beato Carlos de Foucald. Este hombre no entendía cómo Dios estaba trabajando en su vida, pero tenía confianza en Dios, y después, el trabajo de Dios fue evidente para todos.

Juventud de Carlos de Foucald
 

Carlos de Foucald nació en Estrasburgo, Francia, en 1858. Carlos creció en la fe, pero cuando tenía diecisiete años, se fue a una escuela militar, y rápidamente abandonó la fe. Pronto comenzó a pasar todas las noches en borracheras, y comenzó a vivir con una mujer. No tardó en tener problemas y confrontaciones con sus oficiales del ejército.

Por ese tiempo, Carlos se sentió profundamente infeliz, y deprimido. Se sentía vacío y perdido, y no sabía por qué. Como luego dijo, “Mi corazón y mi espíritu quedaban lejos de Ti, . . . Fui totalmente egoísta, lleno de vanidad e irreverencia, envuelto a deseos de mal. . . me desenfrenaba. Estaba en la oscuridad. Sólo pensaba en mí.”

Luego Carlos describió sus sentimientos en este tiempo de oscuridad. “Me hacías, Señor, sentir un vacío doloroso, una tristeza que no he experimentado más que entonces; ésta volvía todas las noches cuando me encontraba en mi alojamiento. Me tenía mudo y abrumado durante lo que se llaman fiestas; las organizaba, pero cuando llegaba el momento, las pasaba en un mutismo, una repugnancia y un fastidio inauditos. Tú me dabas esa vaga inquietud de una mala conciencia que, por dormida que estuviera, no había muerto del todo. Nunca he sentido esa tristeza, ese malestar, esa inquietud como entonces. Dios mío, esto era, pues, un don tuyo. ¡Cuan lejos estaba Yo de sospecharlo!”

Con todos estos problemas, la vida de Carlos se derrumbaba. Sus compañeros en el ejército lo despreciaban, como gordo y un poco perezoso. Le llamaban “El Puerco.” Cuando Carlos desobedeció a sus oficiales, fue despedido del ejército. Después, Carlos regresó a casa, cerca de sus abuelos.

Conversión con su familia de nuevo
 

Carlos iba intimando con una prima, una mujer bonita, se llamaba Marie. Marie era católica, y también inteligente. Hablando con ella, Carlos comenzaba a pensar en estudiar la fe de nuevo. Se fue con un sacerdote, el Padre Huvelin, y concertó con él lecciones de religión. Pero no podía vencer sus dudas, hasta el día en que el Padre Huvelin lo obligó a entrar en el confesionario. Ya en el confesionario, algo cambió en Carlos, e hizo una buena confesión. Sus palabras sobre este momento expresan perfectamente su alegría. “Si hay alegría en el cielo a la vista de un pecador convirtiéndose, ¡la ha habido ciertamente cuando yo entré en ese confesionario! ¡Qué bendito día, qué día de bendición!

Y después de este día, mi vida no ha sido más que una cadena de bendiciones. . . ¡Qué bueno eres! ¡Qué feliz soy! ¡Qué he hecho para merecer esto!”

Misionero entre los musulmanes
 

Después de su conversión, Carlos decidió que tenía una deuda con Dios, y pensó que tenía vocación. “Mi vocación data del mismo momento que mi fe.” Tenía un sueño de fundar su propia orden. Fue ordenado sacerdote en 1901, y se le permitió fundar su orden, siempre que alguien quisiera unirse a él. Después, Carlos se fue a África para fundar su orden y convertir a la gente.

Carlos había encontrado su vocación como misionero entre los musulmanes. Llegó a Argelia en 1901. Su gente fue la tribu de los Tuareg: nómadas musulmanes que andaban en las montañas y desiertos del Sahara. Fueron guerreros, montados a caballo, y tenían velos azules para proteger sus caras de la arena.

Cuando llegó entre los Tuareg, Carlos construyó un refugio de piedras, y una pequeña capilla, de la magnitud como de un gallinero. Su refugio estaba en un desierto, rodeado por montañas y colinas de piedra desnuda. Antes del amanecer, Carlos rezaba la Misa en la oscuridad del desierto. Una vez, un oficial del ejercito francés que estuvo en su Misa, dijo luego, “Si no has visto su Misa, no has visto la Misa.”

Cada día, Carlos fue pensando en cómo convertir a los musulmanes. Esto era difícil, porque intentar convertir a un musulmán significaba la muerte. Su plan fue ahorrar dinero y comprar esclavos, y después, catequizarlos y liberarlos. Carlos pensaba que estos esclavos liberados podrían ser el núcleo de un grupo más grande de cristianos. Entonces, Carlos compraba y liberaba muchos esclavos. Pero todos los trabajos de Carlos fueron fracasos. Ningun esclavo liberado se convirtió. Nunca tenía conversiones. Y nadie ingresaba en su orden. A veces, Carlos casi desesperaba. Todo su trabajo, todo el riesgo que corría, no valía para nada.

Con todo sus fracasos, Carlos tenía solamente un sueño más; morir como mártir, como es evidente en sus palabras más famosas. "Piensa que debes morir mártir, despojado de todo, tendido en la tierra, desnudo, desfigurado, cubierto de sangre y de heridas, violenta y dolorosamente muerto, y desea que eso sea hoy."

La muerte de Carlos de Foucald
 

Por la mañana del 1 de diciembre de 1916, Carlos escribió una carta a su prima Marie. Esta famosa última carta de Carlos esta llena de sus sentimientos acerca del porvenir. Nuestro anonadamiento es el medio más poderoso que tenemos para unirnos a Jesús y hacer bien a las almas; esto es lo que San Juan de la Cruz repite casi en cada línea. Cuando se puede sufrir y amar, se puede mucho; se puede lo más que se puede en este mundo. Se siente el sufrimiento, pero no siempre se siente que se ama, y esto es un sufrimiento más; ahora bien, se sabe que se querría amar, y querer amar es amar. Se nota que no amamos bastante – esto es verdad, nunca se amará bastante – pero Dios, que sabe de qué barro nos ha hecho, y que nos ama más de lo que una madre podría amar a su hijo, nos ha dicho – Él, que no puede morir – que no rechazará a aquel que se acerque a Él.

Unas horas después de esta carta, cuando el sol se puso en el desierto, un grupo de los guerreros Tuareg cabalgó a la casa de Carlos. Lo sacaron de su casa, lo ataron con cuerdas y lo empujaron cayendo Carlos de cara en la arena. Con su cara en la arena, Carlos no hacía nada, solamente rezar en voz baja. Tenían la intención de hacerle prisionero, pero terminaron disparándole en la cabeza. Tiraron su cuerpo en un hoyo de arena, y se fueron cabalgando.

Conclusión
 

La providencia en la vida de Carlos de Foucald: Carlos probablemente nunca entendió lo que Dios hacía en su vida. Nunca entendió por qué sufría, por qué no se convertía nadie, por qué nadie ingresaba en su orden. Pero para Carlos, no fue necesario entender, porque tenía confianza en la Providencia de Dios. Pero nosotros podemos ver cómo Dios estaba trabajando en la vida de Carlos. Sabemos que un año después de su muerte, su cuerpo fue encontrado incorrupto; que su orden fue fundada después de su muerte. Ahora podemos ver que Dios estaba trabajando en la vida de Carlos, más que lo que el veía, cuando vivía. Pero él puede verlo ahora claramente en el cielo.

Padre Christopher Hone


El Seamos Católicos es el boletín oficial del Priorato Nuestra Señora de Guadalupe de la Ciudad de México.

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