La verdadera humildad - Palabras de Monseñor Lefebvre

Enero 04, 2018
Origen: Distrito de México

He aquí unas palabras de Monseñor Marcel Lefebvre, fundador de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, sobre la virtud que hoy corremos el riesgo de olvidar más fácilmente: la humildad, pues el espíritu que orienta hoy a muchos reformistas va en contra de esta virtud fundamental de la espiritualidad evangélica.

Por encima del concepto de la obediencia, de la vida de comunidad, del apostolado y de la misma santidad, resalta ahora la vocación personal, el carisma y la dignidad de la persona humana, exigiendo respeto por las ideas y las orientaciones personales. ¿Cómo conciliar esta concepción con la humildad? 

El alma humilde - dice nuestro Venerable Padre François Libermann - es dulce en la obediencia y obedece sin dificultad y sin contestar, porque no se aferra a su propia voluntad. La humildad es la madre de la regularidad, el sostén de la unión interna y la garantía más sólida de la subordinación.

Es evidente que Nuestro Señor nos ha enseñado la misma doctrina: "Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón." "Todo el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado."

Cuántos textos se podrían citar de parte de los Apóstoles y en particular el ejemplo de Nuestro Señor, del que habla San Pablo en la segunda Epístola a los Filipenses: "Se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte... por lo cual también Dios le ensalzó sobre todas las cosas." Es también la lección de la Santísima Virgen, cuando cantó las bondades que Dios tuvo con Ella: "Porque ha mirado la humildad de su sierva." 

Todos los santos han dado un ejemplo vivo de esta virtud, que es la condición indispensable para la presencia de Dios en un alma. Santo Tomás de Aquino dice que esta virtud "aparta los obstáculos, y en ese sentido ocupa el lugar principal en cuanto que elimina la soberbia, a la cual resiste Dios, y hace al hombre obediente y siempre sumiso para recibir el influjo de la gracia divina eliminando la hinchazón de la soberbia.

Está claro entonces que toda reforma y aggiornamento que no vaya en el sentido de una mayor humildad y una gran abnegación de nuestra voluntad propia y amor propio, acaba con la virtud de la obediencia y, por lo mismo, con el verdadero espíritu de comunidad y de oración.

La virtud de la humildad es el secreto del verdadero apostolado, pues el alma humilde ve y juzga todas las cosas según el espíritu de la fe y la visión de Dios. Por lo tanto, es paciente, comprensiva y misericordiosa con los corazones que parecen cerrarse a la gracia, pero no es menos perseverante en la acción, y siempre optimista, tanto en el éxito como en el fracaso.

El apóstol humilde descubrirá, como por instinto sobrenatural, los caminos y métodos apostólicos que llevan en sí la gracia del Espíritu Santo. Estará más inclinado a la oración que a la discusión y tenderá más al ejercicio de la virtud que a hacer de ella exposiciones didácticas.

Procuremos no dejarnos llevar por esas tendencias modernas que contestan aun a la autoridad más legítima, que sienten horror de toda jerarquía y que instintivamente se alzan contra la fe, compuesta toda ella de autoridad. Todo eso viene del espíritu malo y no del Espíritu Santo.

Procurad, pues, estableceros sólidamente en esta hermosa e importante virtud. Con ella, todas las demás serán fáciles.

Monseñor Marcel Lefebvre+
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