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Maternidad de la Santísima Virgen - 11 de octubre

Octubre 11, 2017

"Bienaventuradas sean las entrañas de la Virgen María, que llevaron al Hijo del Eterno Padre". La Iglesia pretende con esta fiesta despertar en nuestras almas un amor filial hacia la que se ha convertido, en la vida de la gracia, en nuestra propia madre. 

Entre todos los dogmas marianos, ninguno tan inculcado y venerado por la Liturgia sagrada como el de la Maternidad de la Santísima Virgen, por ser el principal y la raíz de todas las prerrogativas que la distinguen y encumbran sobre las demas creaturas. 

El dogma de la Maternidad Divina de la Santísima Virgen fue proclamado en el Concilio de Éfeso, en el año 431. Esta fiesta fue instituida por el Papa Pío XI en 1931, con ocasión del XV centenario del gran concilio. 

La Iglesia, que asocia tan íntimamente a la Santísima Virgen con toda la obra de nuestra Redención, ha ensalzado siempre la Maternidad Divina de la Virgen María. Recalca sin cesar su admiración por el misterio de la Encarnación que en Ella se ha obrado y su alegría por el mensaje de salvación que, al darnos a su Hijo, nos trajo al mundo. "Cuantos estamos unidos a Cristo y somos miembros de su Cuerpo..., todos hemos salido del seno de la Virgen María como un cuerpo unido a su cabeza, Ella es la madre de todos nosotros; madre espiritual, pero verdaderamente madre de los miembros de Cristo." (Pío X, Encíclica Ad Diem illum.)

¿Cómo podemos penetrar en las profundidades de este grandioso y sublime misterio? ¡María, Madre de Dios! ¡Qué cosa más grande e incomprensible! Tanto de parte de Dios, que haya querido a una mujer por madre suya verdadera, como por parte de la Santísima Virgen, para llegar a ser ciertamente la Madre de Dios. 

San Agustín pensaba en esto y se extasiaba con esta idea, y trataba de comprender cómo podía ser esta dulcísima realidad de que la "carne de Cristo fuera la carne de María", como el decía. Y, efectivamente: su carne, su sangre, su vida y su corazón fueron, en verdad, la carne y la sangre, la vida y el corazón de Dios. ¿No es esto el colmo de las maravillas y de las grandezas de Nuestra Señora?

De suerte que, si Cristo fue hombre verdadero; si tuvo un cuerpo pasible, capaz de padecer y sufrir como el nuestro; si tuvo un corazón humano semejante a nuestro corazón, capaz de estremecerse y sentir como propias nuestras penas y miserias... fue por Ella, por la Virgen María.

Qué relaciones más admirables las del corazón maternal de la Virgen y las del Corazón del Niño Dios. Tan grandes e incomprensibles son estas relaciones, que cuando pensamos en ellas, parece que la humanidad de María desaparece para fundirse en la misma divinidad; parece, a nuestros ojos, que se borra la distancia infinita que separa a Dios de su criatura. 

Y con este amor verdaderamentre divino, nos ama a nosotros la Santísima Virgen. No puede ser de otra manera. ¡Somos sus hijos y Ella es, en realidad, nuestra Madre! ¡Qué amor el de su Corazón maternal para con nosotros! Y ese amor de Madre lo manifestó claramente al consentir esta maternidad que acompañaba a la maternidad divina, ofrecida por el Ángel de la Anunciación; con su Fiat, Ella aceptó ser Madre de Dios y, al mismo tiempo, Madre nuestra; sabe que esa es la voluntad de Dios y no repara ni hace distinción entre una y otra maternidad; no acepta la primera y rechaza la segunda. Su Corazón Santísimo se abraza con las dos: grandiosa y sublime la primera... triste, penosa y difícil la segunda.

Dichosa eres, Virgen María, tú que has llevado en tu seno al Creador de todas las cosas. Has dado a luz al que te ha creado, y por siempre permaneces virgen. En tu humildad has agradado al Altísimo, y de tus entrañas ha engendrado al Dios hombre. ¡Bendita tú del Señor, pues, por ti hemos recibido el fruto de la vida!

¡Aleluya, Aleluya! ¡Virgen Madre de Dios, el que todo el orbe no puede contener se ha encerrado en tus entrañas hecho hombre! ¡Aleluya!

Fuente: Idelfonso Rodríguez Villar, "Meditaciones sobre la Santísima Virgen María", Misal Diario y Vesperal Lefebvre,