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Peregrinación de Cristo Rey - octubre 2017

Noviembre 17, 2017

“Reina, Jesús, de tu Montaña Santa, Reina, Jesús, sobre tu ardiente grey; México canta con este grito: ¡VIVA CRISTO REY!” El 29 de octubre de 2017, la Fraternidad Sacerdotal San Pio X realizó la peregrinación anual de Cristo Rey, en la Ciudad de México. Los invitamos a ver la galería fotográfica.

El evento comenzó en la Iglesia de Santo Domingo, en el Centro Histórico, y culminó en el Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe, a fin de dar testimonio de que Cristo es Rey de todo lo creado, de que su reinado no sólo se limita al orden espiritual e individual, sino que también abarca el orden temporal y social, y de que la devoción al Corazón Inmaculado de María es el medio dado por el Cielo para que todas las cosas se instauren en Cristo.

La peregrinación comenzó a las 8:30 horas, y contó con la asistencia de un gran número de sacerdotes, 1,400 fieles venidos de distintos estados de la República y una delegación de Estados Unidos, que en un solo espíritu a la voz de ¡Viva Cristo Rey!, avanzaron rezando, cantando y meditando en los misterios de nuestra fe, lo que no dejó lugar a dudas de que estas tierras guadalupanas y cristeras, a pesar de las heridas que los enemigos de Dios y su Iglesia han dejado, no olvidan que el cielo es nuestra Patria y que los derechos de Nuestro Señor Jesucristo nunca caducan.      

Los peregrinos avanzaron a paso firme haciendo público el tesoro de nuestra fe, haciéndonos recordar que, en 1531, hace 486 años, Nuestra Señora de Guadalupe vino a estas tierras para quedarse y protegernos contra los embates de un enemigo que no duerme con tal de acabar con el reinado de Cristo.

Recordamos que Nuestra Madre del Cielo dejó la protección de su Corazón Inmaculado en esta tierra, y su maternal presencia tuvo como fruto la conversión de nueve millones de indígenas en menos de diez años, cifra que superó en número la pérdida de fe causada por la revolución protestante.

La llegada de la peregrinación a la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe nos estremeció, pues nos hizo ver que se cumplieron ya 100 años de las apariciones de Nuestra Señora de Fátima, que hemos sido unos hijos ingratos y que tal evento no debería sino encender nuestra devoción al Corazón Inmaculado de María, ese corazón Guadalupano, que no busca otra cosa que el reinado de Cristo.  

Si hace poco más de 2000 años, Cristo vino al mundo a redimirnos en el vientre de su Madre María, por qué dudar que en la segunda venida de Cristo -que afirmamos desde siempre en el Credo los católicos-, la misma Madre lo traerá nuevamente para salvarnos, pero ya no en su vientre sino en su Corazón Inmaculado, lo que nos hace meditar en el dogma de la Parusía, verdad de fe tan olvidada y tan necesaria en el mundo; ya que, a partir de las exigencias y promesas que conlleva, nos apremia a mantenernos en vela como Nuestro Redentor pidió a sus discípulos en Getsemaní (Lc 22, 39), con la lámpara con aceite como las vírgenes prudentes (Mt 25, 1-13) y como los criados que aguardan a su amo cuando vuelve de las bodas a fin de abrirle prontamente (Lc 12, 36).

La Virgen María, Madre de Dios y Mediadora de todas las gracias, tuvo a bien visitarnos al pie del cerro del Tepeyac y en un pequeño lugar de Portugal llamado Cova de Iría, para enseñarnos que su Corazón Inmaculado es el camino seguro para que la gracia divina opere en nosotros y podamos convertirnos en fieles vasallos de Cristo Rey, en cristianos cabales, para que nuestra fe crezca cada día como el grano de mostaza o la levadura (Mt. 13, 31-35), y así practiquemos el mayor de los mandamientos, el de la caridad; y los dones del Espíritu Santo nos dirijan a la Patria Celestial.

A nuestra llegada al atrio de la Basílica de Guadalupe, el R.P. Jorge Amozurrutia, Superior del Distrito de México, llevó a cabo la consagración del mismo al Inmaculado Corazón de María, y así nos entregamos a su protección y socorro.

Con el acto solemne de consagración tuvimos presente que el Corazón Inmaculado de María es la luna que nos guía en la noche de la vida, con una luz que no es suya y que permite que no tropecemos en nuestro camino hacia la aurora celestial, en la que fuera del tiempo, podremos ver y gozar a Dios, sin que su luz lastime nuestros ojos limitados.

Ojos limitados por la soberbia de la vida y nuestra dureza de corazón, que nos ciega y hace interferencia con los mensajes del Cielo; por lo cual plugó a la reina del Cielo presentarse ante un indio pobre y humilde llamado Juan Diego y ante tres pastores humildes y de fina sensibilidad, Lucía, Francisco y Jacinta, para evitar ceguera o interferencia alguna, porque Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes (Stg. 4, 6).

Humildad que exige nuestro Rey para que nuestra fe se convierta en un árbol grande, de espíritu apostólico y de inagotable caridad, de una convicción profunda que nunca transe con la verdad, ni ceda un ápice en dar la gloria que Dios mismo y Nuestra Madre del Cielo nos piden en sus devociones a los corazones de Jesús y de María: sea en la práctica de los primeros viernes y sábados de mes, sea en la confesión y comunión reparadoras y, sin duda, también en el rezo meditado del santo rosario y en la consagración de cada persona y comunidad a tan misericordiosos corazones.

Terminando el acto de consagración, y habiendo escuchado las palabras de nuestro Superior, la peregrinación acudió al Convento de las Madres Mínimas Franciscanas para asistir a la Santa Misa, fuente inagotable de gracias, renovación del Sacrificio de Nuestro Señor en la Cruz, en donde los fieles peregrinos participaron piadosamente, escucharon el sermón del R.P. Rodrigo Fernández y comulgaron, para así alimentarse con el pan de vida que hace que vivamos el grito de Viva Cristo Rey con notas de verdadera caridad y eco en la eternidad.

“Rey que al vasallo con amor se inclina y sus hondas tristezas ilumina con apacible y victoriosa luz; no Rey que tiraniza ni que oprime, sino que abraza al pobre y lo redime y toma en sus brazos nuestra propia cruz.

“Reina, Jesús, de tu Montaña Santa, Reina, Jesús, sobre tu ardiente grey; México todo sus amores canta con este grito: ¡VIVA CRISTO REY!”[1].

Diego Francisco Casanueva Rivero


[1] Himno a Cristo Rey, Alfonso Junco, 1928.