¿Estamos moralmente obligados a votar?

En este artículo hablaremos sobre algunos puntos importantes que todo buen católico debe saber respecto a las votaciones para elegir a nuestros futuros gobernantes.

¿Estamos moralmente obligados a votar?

De la revista The Angelus - febrero, 2007

Es absolutamente cierto que los modernistas consideran la democracia y el derecho a votar como algo sagrado, una consecuencia inmediata de la dignidad humana, conectada directamente con su religión humanista.

Como una reacción contra lo anteriormente mencionado, sabiendo muy bien lo injusto que es el sistema electoral, comprendiendo hasta qué grado la democracia moderna está basada en el falso principio liberal de la libertad humana, que rechaza toda ley objetiva divina y moral, teniendo en cuenta el estrecho margen de elección entre los candidatos, y la impresión (aunque errónea) de que el voto de un hombre no marcará una diferencia real en un sistema tan secular y ateo, podríamos fácilmente llegar a la conclusión de que no estamos obligados a votar en lo absoluto. En este artículo hablaremos sobre algunos puntos importantes que todo católico debe saber respecto a las votaciones para elegir a nuestros futuros gobernantes.

No obstante, la enseñanza de la Iglesia sobre este tema no es algo nuevo en lo absoluto. Sin aprobar el sistema moderno democrático y su falso principio de la soberanía del pueblo, la Iglesia nos manda contribuir con el bien común de la sociedad, por una obligación de justicia legal. Este principio fue expresado claramente por el Papa Pío XII en su discurso del 20 de abril de 1946, dado a la Acción Católica Italiana:
 

El pueblo está llamado a una participación siempre mayor en la vida pública de la nación. Esta participación trae consigo importantes responsabilidades. De aquí la necesidad de que los fieles tengan un conocimiento claro, sólido y preciso de sus obligaciones en el ámbito moral y religioso con respecto al ejercicio de sus derechos civiles y, particularmente hablando, del derecho al voto."

De hecho, el Papa Pío XII explicó de forma muy clara que es precisamente debido al espíritu anticatólico y secular que rodea a los católicos, que estos tienen el deber de defender a la Iglesia ejerciendo correctamente su derecho al voto para prevenir un mal mayor. El 16 de marzo de 1946, declaró a los párrocos de Roma lo siguiente:
 

El ejercicio del derecho al voto es un acto que conlleva una grave responsabilidad moral, al menos en lo que respecta a la elección de aquellos que están llamados a proporcionar a un país su constitución y sus leyes, y particularmente, las leyes que afectan la santificación de los días de precepto, el matrimonio, la familia, las escuelas y la regulación justa y equitativa de distintas cuestiones sociales. Es un deber de la Iglesia explicar a los fieles las obligaciones morales procedentes de este derecho electoral."

El Papa Pío XII fue todavía más explícito dos años después, nuevamente al dirigirse a los párrocos de Roma. En esa ocasión explicó que en las circunstancias precisas de los tiempos que se vivían era una obligación para todos los fieles, tanto hombres como mujeres, y bajo pena de pecado mortal, usar su derecho al voto, ya que el bien moral dependía del voto juicioso de los católicos.

He aquí el texto del 10 de marzo de 1948:
 

En las circunstancias presentes, es una obligación estricta para todos aquellos que tienen el derecho a votar, hombres y mujeres, participar en las elecciones. Todo aquel que se abstenga de hacerlo, especialmente por indolencia o debilidad, comete un pecado grave en sí mismo, una falta mortal. Cada uno debe seguir el dictado de su propia conciencia. Sin embargo, queda claro que la voz de la conciencia impone a cada católico dar su voto a los candidatos que ofrecen garantías verdaderamente suficientes para la protección de los derechos de Dios y de las almas, para el verdadero bien de los individuos, familias y sociedad, según el amor de Dios y la enseñanza moral católica."

Esta aplicación de la enseñanza social de la Iglesia a la situación particular del momento está de acuerdo con las enseñanzas de los teólogos morales, quienes hablan del grave pecado de omisión para aquellos que simplemente se niegan a elegir buenos representantes católicos, y del deber de hacer todo lo que esté en nuestro poder para animar a los laicos a trabajar para usar el sistema electoral con el fin de obtener legisladores dignos.

Pero qué lejos nos encontramos de esa situación. Evidentemente, ya no se trata de tener que elegir entre católicos y no católicos, o entre representantes moralmente rectos y liberales. Todas las alternativas son liberales, el engaño y la manipulación del público realizado por los medios de comunicación son desmesurados. En la práctica, generalmente todo se reduce a una cuestión de si es o no permisible votar por un candidato impropio (por ejemplo, un candidato que sólo aprueba el aborto en casos de violación o incesto), pues al menos sería (suponemos) el menor de los males. En un caso tal, no puede existir una obligación al voto, pues todas las razones mencionadas por el Papa Pío XII, que podrían obligarnos, dejan de aplicarse. Sin embargo, sigue siendo permisible votar en un caso así, siempre y cuando se tenga total y completa seguridad de que realmente se trata del mal menor y de que existe una razón importante para hacerlo (por ejemplo, para evitar el aborto a petición o el apoyo y promoción de métodos antinaturales para la planificación de la familia), y se tiene la buena intención de contribuir al bien de la sociedad de la mejor forma en que se pueda. A esto se le llama cooperación material. Sin embargo, en este tipo de situación, el voto nunca puede ser obligatorio.

Por consiguiente, en los raros casos donde haya candidatos católicos informados que apoyen públicamente la enseñanza de la Iglesia, existe una estricta obligación moral de votar, bajo pena de pecado mortal. Cuando exista un beneficio claro derivado del uso correcto del voto para algún otro candidato, puede ser recomendado o aconsejado. Sin embargo, cuando no existe una ventaja evidente y clara sería mejor abstenerse, para no contribuir ni siquiera en una participación material. 

¿Puede un católico votar por un candidato que aprueba iniciativas que no están de acuerdo con la ley moral?

Publicado originalmente en la revista The Angelus - agosto, 2007

La Iglesia Católica no les dice a los católicos que eviten absolutamente involucrarse en la política sólo porque en ésta existe la injusticia, avaricia o ambición, por mencionar algunos de los males. La Iglesia nos enseña que nuestra participación en la política debe estar motivada, inspirada y dirigida por las enseñanzas sociales de la Iglesia y, particularmente, por el Reinado Social de Nuestro Señor Jesucristo. La votación, al igual que la participación en las campañas políticas, deben tener como motivo fundamental estos principios más elevados y sobrenaturales, es decir, que la ley de Dios, los Diez Mandamientos y los derechos de la única y verdadera Iglesia sean reconocidos públicamente en la sociedad.

Evidentemente, hoy en día nos encontramos muy lejos de alcanzar estos objetivos. Pero esto no significa que no debamos hacer nada al respecto. Sin embargo, sí significa que lo que sea que hagamos involucrará necesariamente el tolerar muchos males, los cuales no deseamos ni queremos en modo alguno. No obstante, puede ser permisible tolerar el menor de dos males, si existe una razón proporcional, y esta tolerancia puede ser por el bien común, precisamente porque es el menor de dos males. Por tanto, es posible votar o incluso participar en la campaña de aquellos candidatos cuyos programas contengan males con los que no estamos de acuerdo. Todo depende de la jerarquía de los valores más importantes y de los problemas que tengan prioridad sobre aquellos que no sean tan graves o importantes.

Para un católico, no puede existir duda alguna de que los problemas que tienen mayor prioridad son las cuestiones morales, y no las personales o económicas. Toda la continuación de la sociedad como la conocemos depende de esto, y aquellos que niegan los principios más básicos del orden natural están ocasionando una perversión inaudita e insólita. Por consiguiente, es permisible y prudente votar para prohibir el aborto, el “matrimonio” homosexual o para poner fin a la eutanasia o permitir a la Iglesia Católica gestionar instituciones educacionales, aunque alguno de estos problemas sea lo único en lo que estemos de acuerdo con ese candidato. Todas estas cuestiones son de extrema importancia. Por lo tanto, sería permisible y prudente votar por un candidato que apoye una guerra injusta, si al mismo tiempo apoya o defiende alguno de los problemas antes mencionados. Igualmente, es permisible votar por un candidato que es conocido por ser masón, aunque la masonería es una organización maligna prohibida por la Iglesia y que se opone a la Iglesia Católica, si éste apoya un principio importante de la ley natural, como la prohibición del aborto.

Los problemas menores también tienen importancia moral, como la justicia o injusticia de una guerra determinada, el pago de un salario justo a los trabajadores, conservar el derecho a la propiedad privada al limitar la intervención gubernamental, etc. Siendo todas las otras cosas iguales, se puede decidir el voto basándose en estos problemas. Sin embargo, sería erróneo votar por un candidato que tiene una postura correcta respecto a alguna de estas cuestiones, pero una perversa y errónea respecto a una cuestión moral más importante.

Por consiguiente, sería evidentemente inmoral y pecaminoso votar por un candidato que finge ser católico, pero que, de hecho, apoya el aborto, la homosexualidad o la eutanasia.

Votar en las elecciones locales y nacionales sólo puede ser considerado como una obligación moral cuando los candidatos proponen un programa no liberal y sólidamente católico que promueva y apoye verdaderamente el Reinado Social de Nuestro Señor Jesucristo. No es obligatorio votar por el mal menor, sino simplemente prudente y permisible. No obstante, definitivamente sería obligatorio utilizar el proceso democrático en vigor en el caso muy poco probable de que éste pudiera ser usado para introducir candidatos católicos que no aceptan la propaganda de la democracia moderna liberal.

Fuente: archives.sspx.org