Fátima y Montfort

Si existen dos nombres que están destinados a hacer brillar a la Virgen María, son “Fátima” y “Montfort”. El primero encierra en sí mismo a María y su mensaje a los hombres, el segundo representa un presagio y es fiel intérprete de ese mensaje.

Es muy acertado lo que declaró el Cardenal Tedeschini en la inauguración de la estatua de San Luis María en la Basílica de San Pedro, Roma, el 8 de diciembre de 1948: “Montfort se encuentra en el origen y fondo de todas las manifestaciones modernas de la Virgen María, desde Lourdes hasta Fátima, desde la definición mariana de Pío IX hasta la Legión de María”.

El hecho de que Montfort sea origen y fondo de las manifestaciones de María Santísima en Fátima no es nada sorprendente para aquellos que están familiarizados con el autor del "Tratado de la Verdadera Devoción". Por eso no hay que extrañarse de que no haya quizá ningún teólogo, ningún escritor espiritual ni ningún santo moderno que esté mejor calificado para interpretarnos el mensaje de Fátima que San Luis María de Montfort.

Aquel que escribió en 1712: “Dios quiere revelar y descubrir a María, su obra maestra, en estos últimos tiempos”, no estuvo muy lejos en espíritu y en verdad de la Dama que proclamó en 1917: “Nuestro Señor quiere que la devoción a mi Corazón Inmaculado sea establecida en el mundo”.

Fátima es una trompeta que llama a todos los hombres a llevar una vida mejor, una vida más cristiana, una vida de penitencia. Por eso tampoco es sorprendente que en todas sus apariciones Nuestra Señora insista en la penitencia: “Hace falta que los hombres se corrijan y que pidan perdón por sus pecados”.

San Luis María nos demuestra de manera muy clara que una vida de verdadera devoción a María es incompatible con una vida de pecado: “¿Cómo podemos decir que amamos y veneramos a María cuando con nuestros pecados ofendemos, crucificamos y ultrajamos ignominiosamente a Jesucristo, Su Hijo?”.

Si buscamos el verdadero significado de la palabra penitencia, de la penitencia exigida a todos los cristianos por Nuestra Señora en Fátima, encontramos la respuesta en las palabras que Nuestro Señor dijo a Sor Lucía: “El sacrificio que pido de cada uno es que cumplan sus deberes de estado y que observen mi Ley”. Eso coincide de forma precisa con lo mínimo requerido para practicar la Verdadera Devoción, ya que según San Luis María, el primer nivel de la verdadera devoción a María consiste en "aplicarse en los deberes de cristiano, evitar el pecado mortal actuando más por amor que por temor, rezar de vez en cuando a la Virgen María y honrarla como a la Madre de Dios”.

Si la verdadera devoción a María se basa en la penitencia, se alimenta sobre todo de la oración. No nos asombremos pues de que la Santísima Virgen haya instituido el Rosario como el segundo elemento necesario para su devoción. “Yo soy Nuestra Señora del Rosario, deben rezarlo diariamente”.

Montfort no habla de otra manera: “Os ruego instantemente, por el amor que os tengo, en Jesús y María… rezar… la tercera parte del rosario, e incluso, si tienen el tiempo, las tres partes todos los días.”

No hay lugar a duda de que el punto central del mensaje de Fátima es la devoción a su Corazón Inmaculado. Recordemos estas palabras que dijo a Lucía la pequeña Jacinta, días antes de su muerte: “Tú debes quedarte aquí abajo para hacer que el mundo conozca que Nuestro Señor quiere que la devoción al Corazón de María sea establecida en el mundo. Di a todos que Dios otorga gracias mediante el Corazón de María. Diles que deben pedirle las gracias a Ella y que Jesús quiere que su Sagrado Corazón sea venerado junto con el Corazón Inmaculado de María”.

San Luis María ya había establecido en un canto la unión divina entre estos dos Corazones:

Cristiano, por el Corazón de María,
Amamos al Corazón de Jesús,
Porque Jesús tomó la vida,
De su Corazón y de sus Virtudes.
De la Sangre de Su Corazón inflamado,
El Corazón de Jesús se formó,
Ellos son un solo Corazón, una sola Alma,
El uno y el otro deben ser amados."

Canto 41, 35,36

Si nos preguntamos cuál es la naturaleza de esta devoción y cómo debe ser practicada, Nuestra Señora lo manifiesta claramente: “Vengo a pedir la consagración del mundo a mi Corazón Inmaculado”. Evidentemente no se refiere sólo a una fórmula vaga, sentimental y vacía de todo sentido. No, se refiere a un abandono total, definitivo y sin condiciones a su Corazón Inmaculado.

La consagración mariana (según la fórmula de San Luis) es la entrega total de uno mismo, seguida de una vida vivida por, con y en María, entrega que responde plenamente a las exigencias de Fátima.

En fin, Fátima es el triunfo del Corazón Inmaculado de María: “Al final mi Corazón Inmaculado triunfará”. Es a ese triunfo que Montfort y su espiritualidad nos conducen.

Roger-M. Charest s.m.m., Revue Marie, sep-oct 1952.