Los pecados que claman al cielo

¡ALERTA! ¡Hay pecados que claman al Cielo! …y son castigados en este mundo.

“Jesucristo es el mismo ayer y hoy y por los siglos. No os dejéis seducir por doctrinas varias y extrañas” (Heb 13, 8-9).

Todo hombre busca ser feliz y vivir en paz. Vive en paz el que sigue el orden que Dios puso en el mundo y obedece las leyes que rigen el mundo para que todo funcione armoniosamente. La ley natural es obra de Dios, consiste en hacer el bien y evitar el mal. El borracho, por no obedecer a la ley de su cuerpo, con el tiempo destruye su hígado, y muere. El automovilista que no obedece la ley de tránsito en una curva peligrosa, puede accidentarse y morir. Dios ha creado al hombre con inteligencia y libre voluntad. El mal uso de la libertad produce el pecado, y el pecado es causa de nuestros problemas. Hoy, la filosofía liberal subjetivista, fruto del libre examen protestante y masónico, no tiene en cuenta las leyes de la naturaleza. Los hombres que perdieron la fe cristiana católica, piensan que tienen poder y derecho de trastornar las leyes de la naturaleza de las cosas; piensan que la realidad humana debe obedecer a sus ideas, aunque estas sean falsas. Esto conduce a la sociedad a tener serios problemas. La causa de nuestros problemas es el pecado; el remedio es seguir le ley de Cristo y respetar la ley natural.

¿Qué es el pecado?

El pecado es una desobediencia voluntaria a la ley de Dios. Hay dos clases de pecado: pecado grave y pecado leve. El pecado grave se llama mortal, el pecado leve se llama venial. El pecado mortal separa al hombre de Dios y lo entrega al poder del demonio; abre delante de él la puerta del infierno eterno. El pecado mortal pone al hombre en una situación anormal, destruye la gracia santificante y la caridad, y expulsa al Espíritu Santo del alma. Si una persona muere en pecado mortal, sin confesión y sin sincero arrepentimiento, caerá en el infierno, que es un lugar de fuego y sufrimientos eternos. Hay tres condiciones para que un pecado sea mortal: materia grave, plena advertencia de que el pecado es grave y pleno consentimiento. Esto significa que yo sé que lo malo que quiero hacer es algo grave, y aún así, quiero hacerlo o doy mi consentimiento. Por ejemplo, matar, fornicar, adulterar, emborracharse.

Entre los pecados mortales hay cuatro que son tan graves que Dios los castiga en este mundo. Estos  pecados que claman al Cielo son:

1.- Asesinato de inocentes (Gn 4, 10).

2.- Oprimir a las viudas y a los huérfanos (Ex 22, 22-23).

3.- Defraudar de su jornal al trabajador (Dt 24, 15).

4.- Sodomía u homosexualismo (Gen 19, 4-9; 1 Co 6, 9-10).

Veamos lo que dice la Sagrada Biblia.

1.- Derramar sangre inocente es pecado gravísimo

En el 5º mandamiento, No matarás (Ex 20, 13), Dios prohíbe causar la muerte a nuestros semejantes o golpearlos o herirlos; prohíbe también hacerles cualquier daño: en su persona, en su honra y en sus bienes materiales. Matar inocentes y abortar niños es un pecado gravísimo que clama al Cielo. En la Sagrada Biblia se lee que Dios preguntó a Caín: «¿Qué has hecho? SE OYE LA SANGRE DE TU HERMANO CLAMAR a Mí desde el suelo» (Gn 4, 10-12). Los homicidas son acosados por el miedo y torturados por el remordimiento de conciencia, aunque ningún hombre los persiga. Tres son las causas que hacen lícita la muerte de alguien: la autoridad pública, la legítima defensa y la guerra justa. Fuera de estos tres casos, siempre es pecado matar al prójimo y lo es también herirlo o golpearlo.

El ABORTO también es pecado gravísimo que clama venganza al cielo. El aborto es el asesinato a sangre fría de los niños más indefensos e inocentes. Y es más grave todavía cuando son asesinados precisamente por aquellas personas que mayor obligación tienen de defenderlos. Dios dice: “No hagáis morir al inocente, porque Yo no perdonaré al que sea culpable de ello” (Ex 23,7). Ayudar y proteger a los asesinos es hacerse responsable de sus crímenes; ¡y eso es precisamente lo que hacen los gobiernos que permiten el aborto, y los ciudadanos que con sus votos ayudan al gobierno abortista! Esto atrae la maldición de Dios sobre la tierra y causa muchos problemas en la sociedad. Toda persona que colabora en un aborto queda excomulgada de la Iglesia Católica.

2.- Oprimir a las viudas y a los huérfanos

Dios manda a todos y a cada uno de nosotros: “No maltratarás al extranjero, ni lo oprimirás… No dañarás a la viuda ni al HUÉRFANO. Si eso hace, ellos clamarán a Mí, Yo oiré sus clamores. Se encenderá mi cólera y os destruiré por la espada, y vuestras mujeres serán viudas y vuestros hijos serán huérfanos” (Ex 22, 22-23).

 3.- Defraudar de su Jornal al Trabajador

“No explotarás al jornalero pobre y necesitado, ya sea uno de tus compatriotas, o un extranjero. Págale su jornal ese mismo día, antes que se ponga el sol, porque él está necesitado, y su vida depende de su jornal. Así no invocará al Señor contra ti, y tú no te harás responsable de un pecado.  No conculcarás el derecho del extranjero o del huérfano…” (Dt 24, 14-17). 

4.- Los pecados que claman al cielo: Sodoma y Gomorra

Hoy la decadencia espiritual y moral llegó a tal punto que la gente piensa y actúa como los paganos que practicaban todo tipo de pecados, incluyendo el pecado contra natura. Dios creó al  hombre bueno y santo, pero por el mal uso de su libertad, perdió la santidad y fue despojado de unos dones que lo ayudaban a vivir teniendo un alma que poseía total dominio sobre el cuerpo. Por esta razón, el hombre siente la tentación o inclinaciones hacia el mal. Pero ser tentado no es pecado; consentir y querer o practicar el mal, es pecado. Aunque uno sienta tentaciones, si las rechaza, no peca. Por lo tanto, que nadie diga Dios me hizo borracho u homosexual. Esto no es así.

¿Qué dice la Sagrada Escritura acerca del pecado de homosexualismo y otras impurezas?

En la Biblia leemos que en las ciudades llamadas Sodoma y Gomorra, “desde el mozo hasta el viejo” practicaban de una manera escandalosa el pecado contra natura. Dios dijo a Abraham: «El clamor de Sodoma y de Gomorra es grande; y su pecado gravísimo” (Gn 18, 20). Y a pesar de la intercesión de Abraham en favor de las ciudades “Yahveh Dios hizo llover sobre Sodoma y Gomorra azufre y fuego. Y arrasó aquellas ciudades, y toda la llanura con todos los habitantes de las ciudades" (Gn 19, 14-25). ¿Por qué esta destrucción total por el fuego y azufre? Porque no había ni siquiera 10 justos en las ciudades. Este ejemplo debe impulsarnos a la penitencia y el arrepentimiento, porque donde hay almas justas y santas, hay misericordia para los demás.

Hoy, debido a la apostasía de las naciones antes cristianas, la impureza pasa por algo normal, como si fuera un derecho.

Los pecados que excluyen del Cielo

Hablándonos como embajador de Dios, san Pablo nos alerta que hay pecados que excluyen del cielo y llevan al infierno. “¿No sabéis acaso que los injustos no heredarán el Reino de Dios? ¡No os engañéis! Ni los impuros, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los ultrajadores, ni los rapaces heredarán el Reino de Dios…. El cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor, … ¡Huid de la fornicación! Todo pecado que comete el hombre queda fuera de su cuerpo; mas el que fornica, peca contra su propio cuerpo” (1 Co 6, 9-20).

En la carta a los Gálatas (5, 19-24) el mismo san Pablo nos habla de las obras del hombre pecador “fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, odios, discordia, celos, iras, rencillas, divisiones, disensiones, envidias, embriagueces, orgías y cosas semejantes, sobre las cuales os prevengo, como ya os previne, que quienes hacen tales cosas no heredarán el Reino de Dios. Nadie puede decirse discípulo de Cristo y practicar estas obras. Pues los que son de Cristo Jesús, han crucificado la carne con sus pasiones y sus apetencias.” El católico domina y crucifica los malos deseos con la ayuda de Dios y la práctica de la lucha espiritual.

¿Cómo debe ser un discípulo de Cristo?

Dice la carta a los Efesios (5, 1-20) “Sed, pues, imitadores de Dios, como hijos queridos... La fornicación, y toda impureza o codicia, ni siquiera se mencione entre vosotros, como conviene a los santos. Lo mismo de la grosería, las necedades o las chocarrerías, cosas que no están bien; porque, tened entendido que ningún fornicario o impuro o codicioso -que es ser idólatra-, participará en la herencia del Reino de Cristo y de Dios. Que nadie os engañe con vanas razones, pues por eso viene la cólera de Dios sobre los rebeldes. No tengáis parte con ellos. Vivid como hijos de la luz; pues el fruto de la luz consiste en toda bondad, justicia y verdad. Examinad qué es lo que agrada al Señor, y no participéis en las obras infructuosas de las tinieblas, antes bien, denunciadlas. Cierto que ya sólo el mencionar las cosas que se hacen ocultamente da vergüenza…"

Las impurezas  y otras injusticias atraen la cólera de Dios sobre los hombres

“Mortificad vuestros miembros terrenos: fornicación, impureza, pasiones, malos deseos y la codicia, todo lo cual atrae la cólera de Dios sobre los rebeldes. Mas ahora, desechad también vosotros todo esto: cólera, ira, maldad, maledicencia y palabras groseras, lejos de vuestra boca. No os mintáis unos a otros” (Col 3, 5-10).

Toda persona que pretende ser discípulo de Cristo, recibe esta orden: “Despojémonos, pues, de las obras de las tinieblas y revistámonos de las armas de la luz. Como en pleno día, procedamos con decoro: nada de comilonas y borracheras; nada de lujurias y desenfrenos...” (Ro 12, 12-14).

¿Cuál será el lugar de los pecadores muertos en pecado mortal?

“Pero los cobardes, los incrédulos, los abominables, los asesinos, los impuros, los hechiceros, los idólatras y todos los embusteros tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre”, es decir, el infierno eterno (Ap21, 8). No se puede escupir la cara a alguien y recibir su ayuda y favores. No se puede menospreciar a Dios y a su ley y vivir tranquilos en la casa de Dios, que es su creación. Por esta razón, Cristo advierte  a todos en el libro del Apocalipsis (22, 12-15): “Mira, vengo pronto y traigo mi recompensa conmigo para pagar a cada uno según su trabajo… ¡Fuera los perros (pecadores sin vergüenza como los perros) los hechiceros, los impuros, los asesinos, los idólatras, y todo el que ame y practique la mentira!». En su Suma teológica (II-II 154, 12), Santo Tomas de Aquino, citando a San Agustín, dice que de todos los pecados de lujuria, el peor es el que va contra natura. El mismo santo dice: “En cualquier orden de cosas, la corrupción de los principios es pésima, porque de ellos dependen las consecuencias. Así pues, dado que  en los vicios contra la naturaleza el hombre obra contra lo que la misma naturaleza ha establecido sobre el uso del placer venéreo, se sigue que un pecado en tal materia es gravísimo. A continuación viene el incesto, el cual atenta contra el respeto natural que debemos a las personas próximas a nosotros. El orden natural procede de Dios. Por eso en los pecados contra la naturaleza, en los que se viola el orden natural, se cometa una injusticia contra Dios, ordenador de la naturaleza.” San Agustín dice: "los delitos contra la naturaleza son reprobables y punibles, siempre y en todo lugar, como lo fueron los sodomitas. Aunque todos los hombres cometieran ese mal, seguiría pesando el mismo reato impuesto por la ley divina, que no hizo a los hombres para que obraran así, pues se viola la familiaridad con Dios, que se mancha, con la perversidad del placer, la naturaleza de la que Él es autor (Confesiones III, 8).

A los que quieren un supuesto matrimonio entre dos varones, la ley divina dice: “No te acostarás con varón como con mujer; es abominación” (Lv 18, 22; 20, 13).

Los hombres contaminados por el liberalismo piensan que son libres de hacer y decidir lo que quieren. Dios amenaza severamente a los que rechazan la verdad conocida y dan su aprobación al mal. En su carta a los Romanos (1, 18-32), san Pablo, denunciando la actuación de los paganos, decía: “En efecto, la cólera de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que aprisionan la verdad en la injusticia… de forma que son inexcusables; porque, habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios ni le dieron gracias, antes bien se ofuscaron en sus razonamientos y su insensato corazón se entenebreció: jactándose de sabios se volvieron estúpidos,… Por eso Dios los entregó a las apetencias de su corazón hasta una impureza tal que deshonraron entre sí sus cuerpos;… Por eso los entregó Dios a pasiones infames; pues sus mujeres invirtieron las relaciones naturales por otras contra la naturaleza; igualmente los hombres, abandonando el uso natural de la mujer, se abrasaron en deseos los unos por los otros, cometiendo la infamia de hombre con hombre, recibiendo en sí mismos el pago merecido de su extravío. Y como no tuvieron a bien guardar el verdadero conocimiento de Dios, entrególos Dios a su mente insensata, para que hicieran lo que no conviene.”

Dios dijo: “No cometerás adulterio” (Ex 20, 14). “No te juntes carnalmente con la mujer de tu prójimo, contaminándote con ella” (Lv 18, 22). “Dios juzgará a los fornicarios y adúlteros” (Heb 13, 4).

En conclusión: los pecados que cometemos nos hacen daño a nosotros mismos y a toda la sociedad. Sin lucha contra el pecado, no hay paz verdadera. Alejarse de la ocasión del pecado es ya grande protección. Hace falta orar, suplicar, hacer penitencia. Dios nunca rechaza un corazón arrepentido. Orar con confianza y humildad,  escuchar misa con devoción, hacer buenas obras y limosnas atraen la misericordia de Dios y provocan el arrepentimiento. Cristo dijo: “pedid y se os dará; buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, y quien busca halla y al que llama se le abre” (Lc  11, 9-10).  Hacer ejercicios espirituales serios ayuda mucho para entender las cosas. Confesarse bien libera del pecado, puesto que Cristo dio a los Apóstoles, que eran sacerdotes, el poder de perdonar los pecados (Jn 20, 22). Un alma tenemos, si la perdemos nunca la recuperaremos, decía el santo Hermano Pedro de Betancourt. Cristo dice a todo pecador arrepentido: “No te condeno. Vete, y en adelante no peques más” (Jn 8, 10-11).