¡Feliz fiesta del Santísimo Nombre de Jesús!

Enero 03, 2021
Origen: fsspx.news

Para la celebración de esta fiesta fue escogido en su principio el segundo domingo después de Epifanía, que recuerda el banquete de las bodas de Caná. Es precisamente el día de la boda, cuando el nombre del Esposo pasa a ser propiedad de la Esposa; ese nombre significará que en adelante es suya. Queriendo honrar la Iglesia con un culto especial un nombre tan precioso, unió su recuerdo al de las bodas divinas. 

Hoy, une a la celebración de este augusto Nombre, el aniversario del día en que le fue impuesto, ocho días después del Nacimiento.

El Antiguo Testamento había rodeado el Nombre de Dios de un profundo terror; este nombre era entonces tan temible como santo, y no todos los hijos de Israel tenían el honor de pronunciarlo. Aún no había aparecido Dios en la tierra conversando con los hombres; todavía no se había hecho hombre uniéndose a nuestra débil naturaleza; no podíamos, pues, darle ese nombre amoroso y tierno que la Esposa da al Esposo.

Pero, cuando llega la plenitud de los tiempos, cuando el misterio del amor está próximo a aparecer, el Nombre de Jesús baja primeramente del cielo, como un anticipo de la presencia del Señor que lo ha de llevar. El Arcángel dice a María: “Le pondrás por nombre Jesús”; ahora bien, Jesús quiere decir Salvador. ¡Qué dulce será este nombre para el mortal perdido! y, ¡cómo acerca ese solo Nombre al cielo con la tierra! ¿Hay alguno más amable y más poderoso? Si, al sonido de ese divino Nombre, debe doblarse toda rodilla en el cielo, en la tierra y en los infiernos ¿habrá algún corazón que no se conmueva de amor al oírlo? Mas, dejemos que nos describa San Bernardo el poder y la dulzura de ese bendito Nombre. He aquí cómo se expresa a este propósito en su Sermón décimoquinto sobre el Cantar de los Cantares.

“El Nombre del Esposo es luz, alimento, medicina. Ilumina, cuando se le publica; alimenta, cuando en él se piensa, y cuando en la tribulación se le invoca, proporciona lenitivo y unción. Detengámonos, si os place, en cada una de estas cualidades.

¿Cómo pensáis que pudo derramarse por todo el mundo esa tan grande y súbita luz de la fe, sino es por la predicación del Nombre de Jesús? ¿No nos llamó Dios a su admirable luz, por medio de la antorcha de su bendito Nombre? Al ser iluminados por ella, y viendo en esta luz otra luz, oímos a San Pablo que acertadamente nos dice: Erais antes tinieblas, mas ahora luz en el Señor.

Pero, el Nombre del Jesús no es sólo luz; es también alimento. ¿No os sentís reconfortados al recordar ese dulce Nombre? ¿Hay algo en el mundo que tanto nutra el espíritu de quien en Él medita? ¿Qué hay asimismo como él que restaure la flojedad de los sentidos, que dé fortaleza a las virtudes, haga florecer las buenas costumbres y mantenga los puros y castos afectos? Todo alimento del alma es árido si no está empapado en este aceite, insípido si no está sazonado con esta sal.

Cuando me escribís, vuestro relato no tiene para mí ningún sabor si no leo allí el nombre de Jesús. Cuando conmigo habíais o disputáis, la conversación no tiene para mí interés alguno si en ella no oigo resonar el nombre de Jesús. Jesús es miel para mi boca, melodía para mi oído, júbilo para mi corazón.

Además de todo esto, una benéfica medicina. ¿Está triste alguno? Venga Jesús a su corazón, salga de allí a su boca, y en seguida se disipará cualquier nublado, y volverá la serenidad, en presencia de ese divino Nombre que es una verdadera luz. ¿Cae alguien en el crimen, o corre desesperado al abismo de la muerte? Que invoque el Nombre de Jesús y comenzará de nuevo a respirar y a vivir. ¿Quién, en presencia de ese nombre, permaneció nunca con el corazón endurecido, con la incuria de la pereza, el rencor o la languidez del fastidio? ¿Quién, por ventura, teniendo seca la fuente de las lágrimas, no la sintió correr repentinamente más abundante y suave, en cuanto invocó el nombre de Jesús?

Tal es, la virtud y la dulzura del santísimo Nombre de Jesús, nombre que fue impuesto al Emmanuel el día de su Circuncisión; pero, como el día de la Octava de Navidad está ya consagrado a celebrar la Maternidad divina, y el misterio del Nombre del Cordero exigía por sí solo una festividad propia, la Iglesia instituyó la fiesta de hoy”.

Su primer propulsor fue San Bernardino de Sena, en el siglo XV, el cual estableció y propagó la costumbre de representar, rodeado de rayos, el Santo Nombre de Jesús, reducido a sus tres primeras letras IHS, reunidas en monograma. Esta devoción se extendió rápidamente por Italia, favorecida por el ilustre San Juan Capistrano, de la Orden Franciscana, lo mismo que San Bernardino de Sena. La Santa Sede aprobó solemnemente esta devoción al Nombre del Salvador; y en los primeros años del siglo XVI, Clemente VII, a ruego de muchos, concedió a toda la Orden, de San Francisco el privilegio de celebrar una fiesta especial en honor del santísimo Nombre de Jesús.

Sucesivamente extendió Roma este privilegio a las distintas Iglesias, y llegó el momento en que fue incluida en el calendario universal. Ocurrió esto en 1721 a petición de Carlos VI Emperador de Alemania; el Papa Inocencio XIII determinó que la fiesta del santísimo Nombre de Jesús se celebrase en toda la Iglesia, fijándola primitivamente en el domingo segundo después de Epifanía

Dom Guéranger