¿Cómo ayudar a nuestros difuntos?

Noviembre 03, 2018
Origen: Distrito de México

Es muy consolador saber que podemos ayudar a nuestros queridos difuntos. He aquí unos reflexiones sacadas del libro del Cardenal Antonio BACCI acerca del Purgatorio​1

  • 1. Meditaciones para todos los días del año, por el Cardenal Antonio Bacci, Bilbao 1967, p.671-689.

El Purgatorio

1. El Purgatorio es la obra maestra de la justicia y de la misericordia de Dios. San Juan, en el Apocalipsis, nos dice que nada manchado puede entrar en la Jerusalén celeste, esto es, en el Paraíso: «Non intrabit in eam aliquod coinquinatum», Apocalipsis. 21, 27.

Pocas son, sin embargo, las almas privilegiadas que llegan al momento supremo de la muerte con la inocencia bautismal. El Espíritu Santo nos dice que aun el justo peca siete veces, o sea, muchas, Proverbios. 24, 16: «In multis delinquimus omnes»; todos faltamos y nos manchamos con muchas culpas, si no mortales, por lo menos veniales. Es cierto que con el arrepentimiento y con los Sacramentos podemos obtener el perdón de la misericordia divina, pero queda siempre la pena temporal que pagar. Para ello no es suficiente la pequeña penitencia que nos impone el confesor y las pocas penitencias y mortificaciones que nosotros mismos hacemos voluntariamente. Además, ¿quién nos asegura que en el momento de la muerte podremos lavar todas las culpas, aun las veniales, con una buena confesión? Desgraciadamente, aun cuando –como esperamos– nos presentemos delante del tribunal de Dios sin culpas graves, tendremos todavía muchas deudas que pagar y muchas imperfecciones que purificar.

¿Y entonces? La justicia de Dios no nos puede admitir, imperfectos como estamos y manchados, a la bienaventuranza eterna, al goce purísimo de su visión. ¿Nos rechazará entonces como rechaza de sí a quienes mueren en pecado mortal y son condenados al fuego eterno? No; si la justicia de Dios es infinita, también lo es su misericordia. He ahí el Purgatorio, donde las almas muertas en gracia de Dios, pero llenas aún de escorias, imperfecciones y deudas temporales que pagar, encuentran el modo de purificarse y de hacerse dignas del premio eterno. Agradezcamos a Dios este gran don que es el último de la cadena preciosa de su misericordia infinita y que un día nos permitirá subir puros y limpios a su vista beatífica.

(...)

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