¿Cómo hablar con Dios en las tribulaciones?

Agosto 31, 2018
Origen: Distrito de México

Si de algo podemos estar seguros, es que mientras vivamos en este mundo estaremos rodeados de adversidades y penas. Tiene que ser así, si queremos gozar un día en el cielo. San Alfonso de Ligorio nos enseña cómo debemos dirigirnos a Dios en estos momentos, hablándole familiarmente, como un hijo a su Padre, abriéndole nuestro corazón y rogándole que venga en nuestra ayuda.

Cuando te veas agobiada, alma devota, por el peso de la enfermedad, de las tentaciones, persecuciones y otros trabajos, acude luego al Señor y pídele que te alargue su poderosa mano. Bastará que en semejantes casos le manifiestes la cruz que te martiriza, diciéndole: "Mira, Señor, cómo estoy rodeado de tribulaciones", y ciertamente Él no dejará de consolarte o, por lo menos, te dará la fortaleza necesaria para llevar con paciencia las penas que te aquejan, de lo cual resulta casi siempre mayor bien que si te librara de ellas.

Descúbrele todos los pensamientos que te atormentan y los temores y tristezas que te consumen, dicéndole: "En ti, Dios mío, tengo puesta toda mi esperanza, te ofrezco esta tribulación y acato los designios de tu voluntad, pero ten compasión de mí; líbrame, Señor de esta tribulación, o dame la fuerza de soportarla". Ten por seguro que no faltará a la promesa que nos hizo en su Evangelio de consolar y fortalecer a todas las almas atribuladas que acudan a Él. Venid a Mí, nos dice, todos los que andáis trabajados y cargados, que Yo os aliviaré.

Debes saber que el Señor no se ofende cuando en tus angustias y pesares buscas alivio en tus amigos; lo único que te pide es que acudas a Él como a tu principal favorecedor. Cuando veas cuán en vano has acudido a las criaturas en busca de consuelo, acógete entonces, al menos, a tu Creador, y dile: "Señor, los hombres no tienen más que palabras; no pueden consolarme ni tampoco quiero mendigar su consuelo; sólo Tú eres toda mi esperanza y mi amor; sólo de Ti me ha de venir el consuelo, y lo único que ahora te pido es hacer lo que más te agrade. Dispuesto estoy a sufrir estas penas y trabajos durante toda mi vida y por toda la eternidad, si tal es tu voluntad: lo único que te pido es que me socorras con tu gracia."

No temas desagradarle si algunas veces te quejas amorosamente de Él y le dices: ¿Por qué, Señor, te has alejado tanto de mí? "Bien sabes, Dios mío, que te amo y que sólo deseo tu amor; socórreme con tu favor y no me abandones." 

Si cae la tribulación con todo su peso sobre tus hombros y te rinde y agobia, une tus lamentos a los de Jesucristo afligido y moribundo en la cruz, y pídele compasión y piedad diciendo: ¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has desamparado? Estos casos deben servirte para humillarte en la presencia de Dios, pensando que no merece ningún género de consuelo el que se atrevió a ofender a tan soberana majestad. Para reanimar tu confianza, acuérdate que el Señor lo hace o lo permite todo para nuestro mayor bien, o como dice San Pablo: Todas las cosas se tornan en bien de los que aman a Dios.

Cuanto más humillado y desconsolado te veas, debes exclamar con mayor fortaleza de ánimo: El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién he de temer? Espero en ti, Dios mío, que me has de iluminar y salvar. Luego permanece tranquilo, seguro de que jamás se perdió quien puso su confianza en Dios. 

Mira que Dios te ama con más entrañable amor de lo que tú mismo te amas; no hay, pues, por qué temer. Sentid bien del Señor. Con estas palabras nos exhorta el Sabio a confiar más en la divina misericordia que a temer la justicia divina; porque Dios está más inclinado por naturaleza a perdonar que a castigar. Ya lo dijo Santiago: La misericordia sobrepuja al rigor del juicio. Y el Apóstol San Pedro nos aconseja que en nuestros negocios, ya sean temporales, ya eternos, debemos fiarlo todo a la voluntad de Dios, que tan a pecho se ha tomado nuestra salvación. Descargad en su amoroso pecho, dice el Santo, todas vuestras solicitudes, pues Él tiene cuidado de vosotros.

Te recuerdo, alma devota, estos textos de la Sagrada Escritura para que esfuerces tu ánimo abatido considerando que Dios ha prometido salvarte si te resuelves a servirlo y amarlo como Él desea.