¿Inhumación o incineración?

Diciembre 04, 2018
Origen: fsspx.news

La detestable costumbre de incinerar los cuerpos humanos como un rito funerario ordinario se está difundiendo en todo el mundo, que cada vez está más descristianizado. Es promovida constantemente a través del proselitismo, coordinado y financiado por la masonería.

Ya desde el siglo pasado, Monseñor Chollet citó un boletín masón que decía lo siguiente:

Los masones deben hacer uso de todos los medios disponibles para difundir la práctica de la cremación. Al prohibir la cremación de los cuerpos, la Iglesia afirma sus derechos sobre vivos y muertos, sobre las conciencias y los cuerpos, y se esfuerza por mantener en las personas las antiguas creencias, disipadas ahora por la luz de la ciencia, sobre las almas espirituales y la vida cristiana.

La secta masónica no oculta su objetivo anticristiano al promover el regreso al rito pagano de la cremación yendo en contra de la práctica bimilenaria de la Iglesia, pues es un hecho incuestionable que la Iglesia adoptó la práctica de la inhumación desde sus inicios como la única forma de disponer de los cadáveres. ¡Con su fe, la Iglesia propagó la inhumación! ¡Con su fe, prohibió la costumbre pagana de la cremación! Esto es, sin lugar a dudas, una ley formal transmitida desde la Iglesia primitiva, en otras palabras, un precepto apostólico, una regla dada por los Apóstoles a la Iglesia desde su inicio.

La grandeza del entierro cristiano

Analicemos la postura de nuestra Madre la Iglesia para cimentar nuestra refutación en la doctrina. Para un cristiano, la muerte está marcada por un doble carácter: aniquilación y grandeza.

La muerte es el castigo por el pecado. Con la muerte colapsa la vanidad de todos los seres humanos. Memento homo quia pulvis es et in pulverum reverteris: "Recuerda, hombre, que polvo eres, y en polvo te convertirás", éstas son las palabras que nos dice el sacerdote durante la imposición de las cenizas. Pero la muerte no produce una destrucción absoluta. La muerte no afecta al alma espiritual según sus méritos o fallas, e incluso se le promete al cadáver la resurrección en el último día.

La cremación sí significa aniquilación, pero la exagera y la falsifica porque excluye de su simbolismo cualquier retorno a la vida, mientras que la inhumación significa tanto una catástrofe como una esperanza misteriosa. En el cementerio, el cristiano fiel duerme, descansando de sus trabajos mientras espera el despertar: "Pues así es en la resurrección de los muertos. Se siembra en corrupción y resucita en incorrupción" (1 Cor. 15:42).

La inhumación también simboliza la unión mística del cristiano con Cristo que experimentó la muerte. Es justo que compartamos su sepulcro. Al ser enterrados con Él, resucitaremos cuando sea el momento. A la sombra de la Cruz, el difunto espera el amanecer del día del Señor.

La inhumación también muestra el respeto inspirado por los restos mortales, no sólo por lo que serán sino por lo que fueron. Estos restos estuvieron unidos a un ser que fue amado. Un alma brillaba a través de ese cuerpo, de esos rasgos. Ese cadáver fue vivificado por un alma que participó en la naturaleza divina por la gracia. Rezamos delante de las tumbas, no de las urnas, contenedores o números de compartimentos de un frío y macabro "columbarium." 

La claridad de las reglas tradicionales de la Iglesia

Así es como se explica y justifica esta práctica apostólica y la inclinación de nuestros corazones y las reglas de la Iglesia. Debemos conocer e instruir a otros en las enseñanzas de la Iglesia respecto a este tema:

Canon 1203, 1: "Los cuerpos de los fieles difuntos deben ser enterrados; su cremación está condenada."

Canon 1203, 2: "Si alguien ha ordenado que su cuerpo sea cremado, es ilícito cumplir su voluntad. Si la orden se encuentra en un contrato, testamento o cualquier declaración formal, debe tomarse como no escrita."

¡Qué terrible castigo caerá sobre aquel que desee la cremación, si es voluntariamente culpable de ello! Se convierte en un pecador público y se le negará un funeral y entierro católicos (como lo indica el Canon 1240), y las Misas celebradas por el descanso de su alma no podrán ser públicas.

Queridos fieles, debemos siempre meditar en la muerte, un evento que es a la vez cierto e incierto: lo último en cuanto al momento, lo primero en cuanto a su llegada; debemos meditar en nuestra nada y en nuestra grandeza; en nuestra dignidad y en nuestras responsabilidades en el día del juicio.

Padre Philippe Nansenet