¿Que es la Tradición? - Palabras de Monseñor Lefebvre

Noviembre 04, 2019
Origen: Distrito de México

Cuando se quiere cambiar el dogma y atacar la Tradición, necesariamente hay que atacar a la filosofía escolástica.

Pero ¿qué es la Tradición? Esta palabra se suele entender mal. Se la asimila a “las” tradiciones, como las de los oficios, las de las familias o las de la vida civil; o al “ramo” que se pone en el techo de una casa cuando se ha puesto la última teja; o a la cinta que se corta cuando se inaugura un monumento, etc. Yo no me refiero a estas cosas. La Tradición no son las costumbres que nos ha legado el pasado y que se conservan fielmente, aunque ya no estén muy claros los motivos. La Tradición se define como el depósito de la fe transmitido por el Magisterio de un siglo a otro. La Revelación es la que nos ha dado este depósito, es decir, la palabra de Dios confiada a los Apóstoles y cuya transmisión aseguran sus sucesores.

Sin embargo, hoy quieren empujar a todo el mundo “a investigar”, como si el Credo no lo hubiésemos recibido, y como si el Señor no hubiese venido a traernos la Verdad de una vez por todas. ¿Qué pretenden encontrar con toda esa “investigación”? Los católicos, a quienes les quieren imponer “replanteamientos” después de haberles quitado las certezas que tenían, tienen que acordarse de esto: el depósito de la Revelación se completó el día de la muerte del último Apóstol [1]. Ya no se puede cambiar nada, hasta la consumación de los siglos. La Revelación es irreformable. El Concilio Vaticano I lo recordó explícitamente: «la doctrina de fe revelada por Dios no ha sido propuesta a las inteligencias como una invención filosófica que pudiera perfeccionarse, sino que ha sido confiada como un depósito divino a la Esposa de Jesucristo (la Iglesia), para ser fielmente guardada por ella e infaliblemente interpretada» [2].

Pero, se dirá que el dogma que proclamó a la Virgen María como Madre de Dios sólo se remonta al año 431; que el dogma de la transubstanciación, al año 1215; que la infalibilidad del Papa, a 1870, etc. ¿Eso no es una evolución? No, de ninguna manera. Los dogmas definidos a lo largo de los tiempos ya estaban contenidos en la Revelación; la Iglesia simplemente los ha hecho explícitos. Cuando en 1950 el Papa Pío XII definió el dogma de la Asunción, dijo precisamente que esta verdad —la subida al cielo de la Virgen María en cuerpo y alma— ya se encontraba en el depósito de la Revelación y en los textos que nos habían sido revelados antes de la muerte del último Apóstol. No puede haber nada nuevo ni se puede agregar un solo dogma. Sólo se pueden expresar los dogmas que existen de un modo más claro, hermoso y grande.

Esto es algo tan seguro, que es la regla que tenemos que seguir para juzgar los errores a los que nos enfrentamos cada día y rechazarlos sin ninguna concesión. Bossuet lo decía enérgicamente:

Cuando hay que explicar los principios de la moral cristiana y de los dogmas esenciales de la Iglesia, todo lo que no aparece en la Tradición de todos los siglos y especialmente en la antigüedad, no sólo es sospechoso sino malo y condenable. Este es el principal fundamento sobre el que se apoyaron todos los Santos Padres (de la Iglesia) y más que nadie los Papas, para condenar las doctrinas falsas, porque la Iglesia romana nunca ha odiado nada tanto como las novedades. 

A los fieles que se asustan, les dan este argumento: “¡Os aferráis al pasado, tenéis el culto del pasado! ¡Hay que vivir con nuestro tiempo!” Algunos, desconcertados, no saben qué decir y sin embargo la respuesta es sencilla: aquí, no hay ni pasado, ni presente, ni futuro. La verdad es de todos los tiempos. Es eterna.

Para demoler la Tradición, nos oponen las Sagradas Escrituras, como hacen los protestantes, y dicen que el Evangelio es el único libro que cuenta. Pero ¡si la Tradición es anterior al Evangelio! Aunque los evangelios sinópticos hayan sido escritos mucho antes de lo que pretenden hacernos creer, pasaron muchos años antes de que los cuatro evangelistas hubieran terminado su redacción. Ahora bien: la Iglesia ya existía, y ya había pasado el día de Pentecostés y había provocado muchas conversiones: 3,000 el mismo día al salir del cenáculo. ¿En qué creían aquellos fieles? ¿Cómo se transmitió la Revelación, sino por tradición oral? No se puede subordinar la Tradición a los libros Sagrados y, menos aún, rechazarla.

Y no es menos cierto que la Tradición es la que nos trasmite el Evangelio. A ella, al Magisterio, le corresponde explicarnos el contenido del Evangelio. Si nadie nos lo interpretase, podría suceder que varias personas lo entendiésemos de modo completamente opuesto a la palabra misma de Cristo. Terminaríamos en el libre examen de los protestantes y en la libre inspiración de todo ese carismatismo actual que lleva a la gente a la pura aventura.

Todos los concilios dogmáticos nos han dado la expresión exacta de la Tradición y de lo que enseñaron los Apóstoles. Eso no puede cambiar. No se pueden modificar los decretos del Concilio de Trento, porque son infalibles, y porque están escritos por un acto oficial de la Iglesia; a diferencia del Concilio Vaticano II, cuyas proposiciones no son infalibles porque los Papas [3] no quisieron comprometer su infalibilidad.

De manera que nadie puede decirnos: "¡Os aferráis al pasado, os habéis quedado en el Concilio de Trento!". Porque el Concilio de Trento ¡no es el pasado! La Tradición tiene un carácter intemporal. Se adapta a todos los tiempos y a todos los lugares.

CARTA ABIERTA A LOS CATÓLICOS PERPLEJOS
Monseñor Marcel Lefebvre+


[1] Dz. 2021. [N. del T.]
[2] Dz. 1800. [N. del T.]
[3] Juan XXIII y Pablo VI. [N. del T.]