2° Domingo de Adviento

Diciembre 04, 2016
Origen: Distrito de México

Reflexión espiritual sobre los textos litúrgicos del 2° Domingo de Adviento

De la vida blanda.

Punto Primero. Considera que la vida blanda es una vida floja, afeminada, perezosa, sensual, voluptuosa, esto es lo que se llama comunmente vida placentera; ¿y puede semejante vida llamarse cristiana? Es una vida dependiente de los sentidos, que tiene las pasiones por guía, el propio humor por regla; vida a la que el amor propio mantiene, y que a su vez mantiene ella al amor propio, cuyo ejercicio es la ociosidad, cuyos días son todos vacíos: juzgad, pues, cuál debe ser su término y su suerte. El alma relajada por su pereza y por su incuria en el servicio de Dios, enflaquecida por un número infinito de infidelidades y recaídas, no tiene mas que una fe lánguida y medio extinguida, y ya no hay nada más que el placer. Disgustada de las prácticas más ordinarias de piedad, y cuasi de todos los ejercicios de religión, apenas se presta a ellos sino por bien parecer. El yugo del Señor le parece amargo, y su ley una carga insoportable; ella no gusta más que de las máximas del mundo; las alegrías, las diversiones y las fiestas mundanas despiertan toda su vivacidad, y no se pone en movimiento mas que para procurarse el placer: fuera de esto, ella se consume en una lastimosa inacción y en un sueño letárgico. Representaos una persona que lleva una vida blanda; esclava de los sentidos y de sus pasiones, se dispensa sin dificultad de cuasi todas las leyes de la Iglesia. Está demasiado delicada para observar los ayunos más sagrados ¡Qué de pretextos para dispensarse de la abstinencia! Enferma hasta para mover a compasión cuando se la habla de penitencia, de mortificación, de regularidad; robusta hasta sobrepujar al más vigoroso cuando se trata de un festín mundano. La más corta lectura de un libro de piedad cansa sus ojos y los fatiga; lo que no la incomoda, lo que la conviene, lo que la recrea, es la lectura de algunas historietas, algunas poesías chistosas, y todo lo que se llama vanos entretenimientos, frivolidades, pérdida de tiempo. En este infeliz estado nada le interesa mas que su placer. Insensible a las verdades más terribles y espantosas de la Religión, vive fuertemente apoltronada en una especie de letargo. A la ceguedad del entendimiento sigue de cerca la insensibilidad del corazón. A la indolente ociosidad sucede una ignorancia crasa; en fin, llega a desconocer sus deberes más esenciales a fuerza de descuidarlos . ¿Puede darse un estado más infeliz ni más lamentable que el de una persona que lleva una vida blanda? Y lo que hace todavía más funesto este estado es la extrema dificultad que ofrece para la conversión. Los más malvados, los pecadores más endurecidos, los más insignes libertinos, se les ve alguna vez rendirse a las ejecutivas solicitaciones de la Gracia; ¿se ve acaso que se conviertan muchos de los que llevan una vida blanda?.

Punto segundo. Considera que donde ciertamente reina la vida blanda es en las casas de los grandes y de los dichosos del siglo, en la corte, y entre las gentes acomodadas. Y ¿no se deja ver también alguna vez a través de los vestidos groseros y modestos? ¿no penetra hasta en las comunidades más santas? ¿no se familiariza con una aparente virtud de que se hace una ostentación? ¿no se encuentra bajo un aire devoto y recogido? Como la sensualidad y el amor propio saben deslizarse con destreza en todas partes, la vida blanda que es su obra y su primer fruto, se hace lugar en todas partes. ¡Cuántas gentes se vea que bajo una máscara de piedad llevan una vida blanda, sensual, ociosa, y a las que parece que su pretendida devoción les da derecho para vivir en la molicie y en la ociosidad! Devotos de reputación, sólo aprecian las alabanzas que se dan a la mortificación y a la penitencia. Su afición no es más que a la vida dulce y tranquila, y pretenden no haber nacido más que para el reposo. La palabra sensualidad les escandaliza, pero son sensuales frecuentemente hasta la demasía: el pretexto de una salud necesaria, en su concepto, para la gloria de Dios les asegura, y el artificio de su amor propio es tan ingenioso que muchas veces se lisonjean de que lo dan todo a Dios, cuando nada se niegan a sí mismos. De aquí aquella continua atención sobre todo lo que puede acomodarles o desagradarles. De aquí aquella delicadeza extremada sobre todo lo que imaginan que se les debe; aquella reserva estudiada para moderar el trabajo, midiéndolo siempre por su amor propio; de aquí, en fin, aquella vida del todo sensual, holgazana, inmortificada, y aun enfadosa, que tanto agravio hace a la verdadera devoción, y que sirve de pretexto a los libertinos para decir que los devotos son los más delicados, los más orgullosos, los más ociosos, los más molestos, los menos tratables. Jamás fue crisitiana la vida blanda. ¿Cómo, pues, se atrevería nadie a llamar devotos a los que viven en la molicie y en una sensualidad disfrazada? La ilusión es todavía mucho menos perdonable cuando la molicie se encubre con la austeridad de la vida y cuando penetra hasta en el desierto. El estado religioso no pone abrigo del contagio. El amor propio nos acompaña hasta el claustro, y a pesar del rigor del instituto, sin embargo de la santidad de la profesión, no obstante de la severidad de las reglas, posee el secreto de indemnizarse de la sujeción forzada y de la regularidad. Se sirve de la delicadeza del temperamento, de la prerrogativa de los empleos, del rango, del nombre, de la edad misma, para insinuar la molicie; y alguna vez, ya por celo fingido, ya por destreza, en lugar de una vida laboriosa, mortificada y penitente, forma una vida blanda y ociosa que una indulgencia forzada tolera, pero Dios condena y castigará seguramente. ¡Buen Dios, que muerte tan triste, que fin tan duro espera a una vida blanda!
No permitais, Señor, que todas estas reflexiones sean inútiles para mi. Yo sé que la vida de un cristiano debe ser una vida humilde, penitente, laboriosa; estoy, pues resuelto a llevar una vida crisitana; concededme, Señor, la gracia de que también lo sea mi muerte.

Fuente: Año Cristiano de Croisset.