20° domingo después de Pentecostés - textos litúrgicos

Octubre 18, 2020
Origen: Distrito de México

"Nuestras desgracias provienen de nuestra infidelidad en conformar nuestra voluntad con la de Dios. Pidamos al Señor que perdone nuestros pecados para que podamos servirlo con un corazón tranquilo y confiado".

MISA

JUDÍOS Y GENTILES

El Evangelio de hace ocho días tenía por objeto la promulgación de las bodas entre el Hijo de Dios y el género humano. La realización de estas bodas sagradas es el fin que Dios se propuso en la creación del mundo visible, y el único que intenta en el gobierno de las sociedades. Por tanto, no debe admirarnos que la parábola evangélica, al revelarnos el pensamiento divino sobre este punto, haya puesto en claro también el gran hecho de la reprobación de los judíos y de la vocación de los gentiles, que es a la vez el más importante de la historia del mundo y el más íntimamente ligado a la consumación del misterio de la unión divina.

Pero la exclusión de Judá ha de cesar un día. Su obstinación fue el motivo de que a los gentiles se dirigiese el mensaje de amor. Hoy todas las naciones[1] han oído la invitación celestial; ya falta poco para completar a la Iglesia en sus miembros con la entrada de Israel, y para dar a la Esposa la señal de la llamada suprema que pondrá fin al largo trabajo de siglos[2], haciendo aparecer al Esposo[3]. La envidia santa que quería despertar el Apóstol en los hombres de su raza al dirigirse hacia las naciones[4], se dejará sentir en el corazón de los descendientes de Jacob. ¡Qué alegría en el cielo al ver que su voz arrepentida y suplicante se une en presencia de Dios a los cantos de alegría de la gentilidad, que celebra la entrada de sus pueblos innumerables en la sala del banquete divino! Semejante concierto será en verdad el preludio del gran día que ya de antemano saludaba San Pablo, al decir a los judíos en su entusiasmo patriótico: Si su caída fue la riqueza del mundo y su mengua la riqueza de los gentiles, ¿qué será su plenitud?[5]

La misa del Domingo vigésimo después de Pentecostés nos permite gustar por anticipado ese momento feliz, en que el nuevo pueblo no estará ya solo para cantar reconocido los favores de Dios. Están concordes los antiguos liturgistas en afirmar que componen la misa, por partes iguales, los acentos de los profetas de que se sirve Jacob para expresar su arrepentimiento y merecer nuevamente los beneficios divinos, y fórmulas inspiradas por las que exhalan su amor las naciones que ya tienen su puesto en la sala del festín de las bodas.

En el Gradual y en la Comunión oímos al coro de los Gentiles, y al coro de los judíos en el Introito y el Ofertorio.

El Introito está sacado de Daniel[6]. El profeta desterrado con su pueblo en Babilonia, en un cautiverio cuyos largos padecimientos fueron figura de los dolores de distinta manera prolongados en la peregrinación actual de la vida, vuelve a gemir con Judá en tierra extranjera y comunica a sus compatriotas el gran secreto de la reconciliación con el Señor. Este secreto lo desconoció Israel después del drama del Calvario, pero, en los siglos anteriores de su historia, había tenido de él noticias muy claras y había sentido muchas veces también los saludables efectos. Consiste, como siempre, en el humilde reconocimiento de las faltas cometidas, en el pesar suplicante del culpable y en la confianza firme de que la misericordia infinita sobrepuja a los crímenes más enormes.

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