24° domingo después de Pentecostés - textos litúrgicos

Noviembre 15, 2020
Origen: Distrito de México

Reflexión espiritual sobre los textos litúrgicos del 24° domingo después de Pentecostés o 6° domingo después de Epifanía. Que la doctrina de Jesús, a modo de levadura, penetre y transforme nuestras almas.

MISA

INTROITO

Adorad a Dios, todos sus Ángeles: lo oyó y se alegró Sión: y se gozaron las hijas de Judá. Salmo: El Señor reinó, regocíjese la tierra: alégrense todas las Islas. — V. Gloria al Padre. EPISTOLA Lección de la Epístola del Apóstol San Pablo a los Tesalonicenses. (I, I, 2-10.)

ORACIÓN

Suplicámoste, oh Dios omnipotente, hagas que, meditando siempre lo que es razonable, practiquemos con palabras y obras lo que a ti agrada. Por el Señor.

EPÍSTOLA

Lección de la Epístola del Apóstol San Pablo a los Tesalonicenses. (I, I, 2-10.)

Hermanos: Damos siempre gracias a Dios por todos vosotros, haciendo sin cesar memoria de vosotros en nuestras oraciones, acordándonos delante de Dios y de nuestro Padre de la obra de vuestra fe, y del trabajo, y de la caridad, y de la firmeza de vuestra esperanza en Nuestro Señor Jesucristo, sabiendo, hermanos, queridos de Dios, vuestra elección: porque nuestro Evangelio no os fue predicado sólo con palabras, sino también con poder y con el Espíritu Santo, y con plena convicción. Vosotros sabéis, en efecto, lo que fuimos entre vosotros, por amor vuestro. Y vosotros os hicisteis imitadores nuestros, y del Señor, recibiendo la palabra, en medio de muchas tribulaciones, con la alegría del Espíritu Santo: de tal modo, que os habéis convertido en modelo para todos los fieles de Macedonia y de Acaya. Porque no sólo ha sido divulgada por vosotros la palabra del Señor en Macedonia y en Acaya, sino que también vuestra fe en Dios se ha hecho conocer en todo lugar, de suerte que no tenemos necesidad de hablaros de esto, pues ellos mismos nos refieren la acogida que tuvimos entre vosotros, y cómo os habéis convertido de los ídolos a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero, y para esperar la vuelta, desde los cielos, de su Hijo Jesús (a quien El resucitó de entre los muertos), el cual nos libró de la ira venidera.

El elogio que aquí hace San Pablo de la fidelidad de los cristianos de Tesalónica en guardar la fe que habían abrazado, elogio que la Iglesia nos pone hoy ante la vista, parecería más bien un reproche para los cristianos de hoy día. Entregados hasta entonces al culto de los ídolos, habían comenzado con todo fervor la carrera del cristianismo, hasta el punto de merecer la admiración del Apóstol. Numerosas generaciones cristianas nos han precedido a nosotros; hemos sido regenerados desde el momento de nuestra entrada en el mundo; hemos mamado, por decirlo así, con la leche, la doctrina de Jesucristo: y con todo eso, nuestra fe está lejos de ser tan ardiente, y nuestras costumbres tan puras como las de aquellos primeros fieles. Su única ocupación era servir al Dios vivo y verdadero, y esperar el advenimiento de Jesucristo; nuestra esperanza es idéntica a la que hacía palpitar sus corazones; ¿por qué no imitamos la fe generosa de nuestros antepasados? Nos cautiva el hechizo de lo presente. ¿Es que queremos desconocer le inestable de este mundo transitorio, y no tememos transmitir a las generaciones venideras, un cristianismo menguado e infecundo, completamente distinto del que fundó Jesucristo, del que predicaron los Apóstoles, del que abrazaron los paganos de los siglos primeros al precio de toda clase de sacrificios?

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