Carta Abierta a los Católicos Perplejos de Tuxtla Gutiérrez, Chiapas

Marzo 18, 2021
Origen: Distrito de México

Los invitamos a leer esta interesante carta firmada por el Superior del Distrito de México, el Padre Pierre Mouroux, el Prior de la Ciudad de México, el Padre Arnaud Gardère, y el Capellán de la Misión San José (Tuxtla Gutiérrez, Chiapas), el Padre Pablo Guiscafré, sobre la nueva capilla de Tuxtla Gutiérrez, dedicada a San José, donde se celebra la Misa de siempre, se imparten los sacramentos de siempre y se enseña la doctrina de siempre...

La Misión de San José está ubicada en 3a Norte Poniente #1350, Local 6, Colonia Moctezuma, C.P. 29020, Tuxtla Gutiérrez. Tel: 55.47.43.24

Clic en este enlace para acceder al PDF de la carta 

CARTA ABIERTA A LOS CATÓLICOS PERPLEJOS DE TUXTLA[1]

¿Quién puede negar que los católicos de hoy están desconcertados, confundidos, perplejos? ¡Y no es para menos! Antes, el camino estaba perfectamente trazado. La gente lo seguía o lo rechazaba; tenía fe o la había perdido, o quizás nunca la tuvo. Pero lo cierto es que, el que tenía fe, sabía lo que debía creer y lo que debía hacer. Hoy, tristemente mucha gente ya no lo sabe. En las iglesias se escuchan afirmaciones sorprendentes, se publican y se leen un sin fin de declaraciones tan contrarias a lo que siempre se había enseñado, que la gente, escandalizada, duda de lo que oye y ve en sus propias parroquias.

El 30 de junio de 1968[2], Paulo VI alertaba a todos contra los ataques contrarios a la doctrina, ya que, según decía, “engendran —como por desgracia hoy se ve— la turbación y perplejidad en el alma de muchos fieles”. Y, más tarde, Juan Pablo II afirmaba que: “Los católicos de hoy, en gran parte se sienten perdidos, confundidos, perplejos e incluso decepcionados”. ¿Por qué? El Papa resumía así la causa: “Por todas partes se extienden ideas contrarias a la verdad revelada y que se ha enseñado siempre. Se divulgan auténticas herejías en el ámbito del dogma y de la moral, que provocan dudas, confusión y rebelión. Ni siquiera se ha respetado a la misma liturgia” [3].

Esta perplejidad se manifiesta frecuentemente en conversaciones, escritos, publicaciones en redes sociales, etc., pero, sobre todo, en el comportamiento de los católicos que se traduce en una disminución enorme de la práctica religiosa —como lo atestiguan las estadísticas—, en un abandono de la Misa y de los sacramentos, y en la relajación general de las costumbres.

¿Qué es lo que ha provocado tal estado de las cosas?

No hay efecto sin causa. ¿Por qué la fe de los hombres ha disminuido? La caída vertiginosa de la práctica religiosa no se debe a que los placeres de la vida y las distracciones del mundo moderno ejercen una atracción mayor de lo que lo hacían antes en las almas. ¡No! ¡Esas no son las verdaderas razones!, porque de una forma u otra siempre han existido, sino que se debe principalmente a un espíritu nuevo que se ha introducido en la Iglesia a través del Concilio Vaticano II (1962-1965) y que ha puesto en duda todo el pasado de la vida de la Iglesia y las enseñanzas y principios cristianos que regían esa vida. Todo eso estaba fundado en la fe inmutable de la Iglesia, la cual era transmitida a través de los catecismos y que todos los obispos reconocían y aceptaban. No hay que olvidarlo: la fe se funda en certezas. Si se derrumban, se siembra la perplejidad, la confusión.

Un ejemplo: la Iglesia enseñaba —y todos los fieles lo creían— que la religión católica es el único camino de salvación, es decir, es la única religión verdadera, porque el mismo Dios la ha fundado, mientras que las demás religiones han sido fundadas por los hombres y, por tanto, son falsas. De ahí que, por un lado, el católico deba evitar relacionarse con esas falsas religiones y, por el otro, deba hacer todo lo posible para llevar a sus adeptos a la verdadera religión, que es la de Nuestro Cristo Dios. Ahora bien, ¿eso es verdad todavía? ¡Claro que sí! ¡La verdad no puede cambiar! Pero, ¿qué vemos hoy? El mismo Papa asiste a las ceremonias de esas falsas religiones, reza y predica en templos de sectas heréticas y los medios de comunicación transmiten al mundo entero imágenes de esas reuniones sorprendentes. La consecuencia es clara: los fieles no entienden qué está pasando.

A partir de 1517, Martín Lutero, con su reforma Protestante, arrancó pueblos enteros a la Iglesia, revolvió espiritual y políticamente a toda Europa, arruinando a la jerarquía y al sacerdocio católico, inventando una falsa doctrina sobre la justificación, la salvación y la doctrina sobre los sacramentos. Su rebelión contra la Iglesia fue el modelo de los futuros revolucionarios que provocaron el desorden en Europa y en el mundo. Y, ¿qué vemos hoy?, ¡pretenden hacer de él un profeta o un doctor de la Iglesia, si no es que un santo! La Comisión Mixta Católico-Luterana, reconocida por el Concilio Vaticano II, afirma que: “puede considerarse que hoy día, la teología y la práctica de la Iglesia satisfacen las otras exigencias que Lutero expresó en su tiempo: el uso de la lengua vernácula en la liturgia, la posibilidad de la Comunión bajo las dos especies y la renovación de la Teología y de la celebración de la Eucaristía”[4]. ¡Qué confesión tan clara! ¡Satisfacer las exigencias de Lutero, que fue el enemigo resuelto de la Misa y del Papa! ¡Admitir lo que pedía aquel blasfemo que decía, hablando de la Misa de siempre: “¡Para mí, todos los prostíbulos, homicidios, robos y adulterios son menos malos que esa Misa abominable!”.

Música, risas, chistes, aplausos… ¿en plena misa?

No es difícil entender que los católicos estén perplejos ante semejante cambio de situación. ¡Y tienen muchos otros motivos para estarlo! A medida que van pasando los años, los católicos han visto cómo se transforma el fondo y la forma de las prácticas religiosas que los adultos habían conocido en la primera parte de su vida. En las iglesias, se han ido retirando los altares y se han ido cambiando por una mesa, que suele ser móvil y se puede poner a un lado. El sagrario no ocupa ya el lugar de honor y la mayoría de las veces se disimula poniéndolo sobre una columna a un lado; y, si aún está en el centro, el sacerdote al decir la Nueva Misa[5] le da la espalda. El celebrante y los fieles se dan la cara y dialogan. Cualquier persona puede tocar los vasos sagrados, que se suelen reemplazar con canastas, bandejas y vasos de cerámica. La comunión –que ya se recibe en la mano tristemente– la dan los seglares y también las mujeres. El Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo es tratado sin reverencia, provocando dudas sobre la presencia real de Cristo en la hostia. En muchos lugares la Nueva Misa se ha transformado en un verdadero circo: música profana, chistes, risas, aplausos, sermones sobre política, cocina, sobre la vida del padrecito o sobre lo que el feligrés pida al propio gusto. Las nociones de pecado, infierno, juicio, han sido casi desterradas de los púlpitos. ¡Cuántas almas salen escandalizadas de los confesionarios de sus parroquias tras haber escuchado que las cosas malas que cometieron supuestamente no son ya más pecado!

Los católicos se sorprenden al ver que los sacerdotes y religiosas han dejado de lado el hábito religioso, como si tuvieran vergüenza de mostrarse como son. El latín –la lengua universal de la Iglesia– y el canto gregoriano han desaparecido de un modo casi general. ¡Y no hablemos de las virtudes cristianas! ¿En qué manual de catecismo se habla aún, por ejemplo, de la humildad, de la castidad y de la mortificación? La fe se convierte en un concepto vago; la caridad en una especie de solidaridad universal; y la esperanza es, sobre todo, la esperanza de un mundo mejor. Los padres que envían a sus hijos al catecismo se dan cuenta de que ya no les enseñan las verdades de la fe, ni siquiera las más elementales: la Santísima Trinidad, el misterio de la Encarnación, la Redención, el pecado original y la Inmaculada Concepción. Así que les nace un sentimiento de inquietud profunda: ¿todo eso ya no es verdad? ¿es anticuado? ¿está “superado”? ¡Eso no puede ser! ¡No se puede cambiar el Sacrificio de la Misa ni los sacramentos instituidos por Jesucristo! ¡No se puede cambiar la verdad revelada, ni se puede reemplazar un dogma por otro!

¿Qué hacer ante semejante crisis de la Iglesia?

¿Bajar la guardia, desanimarnos, resguardarnos en casa, dejar de luchar por salvar nuestra alma y la de los nuestros? ¡Por su supuesto que no! Nuestro Señor lo prometió: “No os dejaré huérfanos” (Jn 14,18). La Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX), fundada por Mons. Lefebvre en 1970, sigue luchando por transmitir lo que ha recibido: el verdadero sacerdocio católico, la Misa de siempre, los sacramentos de siempre, la doctrina de siempre y, bendito Dios, ¡ya tenemos una capilla en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas!  Algunos dirán que la FSSPX “no está en plena comunión con el Papa ni con la Doctrina actual de la Iglesia Católica”[1],  pero el problema justamente es que lo que pretenden enseñar hoy, no es lo mismo que lo que antes enseñó la Iglesia, ¿quiénes son, entonces, los que no están en plena comunión con lo que Nuestro Señor enseñó, con lo que la Iglesia durante casi 2000 años enseñó? ¡No nos dejemos engañar! Se menciona mucho que la Misa de siempre está prohibida, que Mons. Lefebvre fue supuestamente excomulgado y que los sacramentos administrados por los sacerdotes de la FSSPX no son válidos, pero se olvidan, ¿realmente se olvidan o más bien falta honestidad intelectual?, que la carta Apostólica Ecclesia Dei de Juan Pablo II (1988) permitió el uso del misal de 1962, que el documento Summorum Pontificum de Benedicto XVI (2007) afirma claramente que la Misa Tridentina jamás fue abrogada y que para la celebración de la misma no se necesita permiso especial, es decir, ¡todo sacerdote puede rezarla! “Ignoran” que dicha supuesta pena infligida a Mons. Lefebvre y a los obispos por él consagrados es considerada como inválida por el mismo Código de Derecho Canónico, es decir, ¡por la misma Ley de la Iglesia!; “olvidan” que las supuestas excomuniones fueron levantadas por Benedicto XVI (2009), y que el Papa Francisco ha dado no sólo la jurisdicción a los sacerdotes de la FSSPX para confesar(2016)[2], sino también la delegación de parte de los ordinarios de cada lugar para la celebración de los matrimonios (2017)[3].

¡No nos dejemos engañar! Nuestro Señor Jesucristo dijo: “buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá” (Mt 7,7). La FSSPX en Tuxtla, con su nueva capilla en honor a San José, Esposo de la Virgen-Madre de Dios, Terror de los demonios y Protector de la Santa Iglesia, los invita a darse la oportunidad de acercarse a preguntar, conocer, profundizar y participar del tesoro insondable que es la Santa Misa de siempre con todo lo que ella conlleva, estando completamente convencidos de que por sus frutos conocerán el verdadero árbol bueno, árbol que no puede sino dar buenos frutos, frutos de virtud, de cristiandad, de santidad para la vida eterna, porque para eso estamos aquí: ¡para ser santos, para conquistar el Cielo!

¡VIVA CRISTO REY!
¡VIVA NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE!
¡VIVA EL MÉXICO CATÓLICO!

R.P. Pierre Mouroux   
Superior del Distrito de México                                               

R.P. Arnaud Gardère     
Prior de la CdMx                              

R.P. Pablo Guiscafré Musalem
Capellán de la Misión San José                                                                    


[1] Casi la totalidad del texto ha sido tomada del capítulo 1: ¿Por qué están perplejos los católicos?, del libro “Carta abierta a los católicos perplejos” de Mons. Lefebvre.

[2] Al clausurar el Año de la Fe, el Papa hizo una profesión de fe católica ante todos los obispos que estaban en Roma y ante miles de fieles. En su preámbulo, el Papa comentó lo señalado.

[3] Alocución de Juan Pablo II, del 6 de febrero de 1981.

[4] “La Documentation Catholique” [La Documentación Católica] (3-7-1983, N° 1085, págs. 696-697).

[5] La Nueva Misa es llamada “Nueva” porque fue promulgada ¡apenas hace 50 años!, el 03 de abril de 1969, por la Constitución Missale Romanum, y, aunque parezca increíble, fueron seis pastores protestantes los que colaboraron en su confección: Georges, Jasper, Shepherd, Kunneth, Smith y Thurian. Vease el artículo: “60 razones que obligan a rechazar la Nueva Misa” en www.fsspx.mx, y el libro “Breve examen crítico del Novus Ordo Missae” de los Cardenales Ottaviani (prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe) y Bacci. 

[6] Carta abierta “Al Pueblo de Dios que peregrina en la Arquidiócesis de Tuxtla”, firmada por Mons. Fabio Martínez Castilla (Arzobispo de Tuxtla) y por el Pbro. Felipe Ruiz Pérez (Canciller Secretario), con fecha del 7 de marzo del 2020.

[7] El 21 de noviembre 2016, la Santa Sede publicó la Carta Apostólica del Papa Francisco Misericordia et misera, en la que extendía la facultad de confesar, concedida desde el 1º de septiembre del 2015. El Papa escribía: «Por una disposición mía establezco que quienes durante el Año Santo de la Misericordia se acerquen a los sacerdotes de la Fraternidad San Pío X para celebrar el Sacramento de la Reconciliación, recibirán válida y lícitamente la absolución de sus pecados». La Fraternidad San Pío X expresó su agradecimiento al Soberano Pontífice por este gesto paternal, señalando claramente que, en el ministerio del sacramento de la penitencia, ella siempre se ha apoyado, con absoluta certeza, en la jurisdicción extraordinaria que confieren las Normas generales del Código de Derecho Canónico.

[8] El 27 de marzo de 2017, el cardenal Müller, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y presidente de la Comisión pontificia “Ecclesia Dei”, firmó, por mandato del Papa Francisco, una Carta dirigida a los obispos del mundo entero «sobre los permisos para la celebración de matrimonios de fieles de la Fraternidad San Pío X».