Consideraciones sobre el movimiento carismático por Monseñor Lefebvre

Noviembre 06, 2019
Origen: Distrito de México

Se habla mucho en nuestros días, en la Iglesia, del pentecostalismo y de los carismáticos. Muchos son los católicos que se esfuerzan hoy en recibir la gracia del Espíritu Santo por una nueva vía que, en definitiva, nos viene del protestantismo; pues el pentecostalismo nació en el protestantismo, desde donde se difundió en la Iglesia y se transformó en movimiento carismático. Nos vemos obligados a constatar que estas manifestaciones se multiplican cada vez más, y eso con la autorización de las autoridades eclesiásticas. 

¿Qué debemos pensar al respecto? ¿Debemos creer, acaso, que se ha abierto una nueva vía con ocasión del Concilio Vaticano II y los años anteriores, para recibir el Espíritu Santo? Pues pareciera que estos fenómenos no son del todo conformes con la Tradición de la Iglesia. ¿Quién nos da el Espíritu? ¿Quién es el Espíritu?}

¿De dónde viene el Espíritu?

El Espíritu es Dios. Spiritus est Deus, dice San Juan: «Dios es Espíritu». Dios quiere que se le rece y se le adore en espíritu y en verdad. Por consiguiente, nuestro amor al Espíritu Santo debe manifestarse mucho más por actitudes espirituales que por manifestaciones sensibles y exteriores. Nuestro Señor Jesucristo mismo es quien anuncia a los Apóstoles, en el Evangelio, que recibirán el Espíritu Santo, que les enviará el Espíritu del Padre, el Espíritu de verdad y de caridad. Mittam eum ad vos: «Os lo enviaré». Este Espíritu viene, pues, de Nuestro Señor Jesucristo y del Padre. Decimos en el Credo: Credo in Spiritum Sanctum, qui ex Patre Filioque procedit: «Creo en el Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo». Es esta la fe católica: creemos que el Espíritu Santo viene del Padre y del Hijo, y que Nuestro Señor Jesucristo vino precisamente a la tierra para entregamos su vida espiritual, su vida divina.

Los sacramentos

¿Cómo nos fue dado el Espíritu Santo? ¿Qué medios usó Nuestro Señor? ¿Empleó acaso esas manifestaciones que vemos en el pentecostalismo y el carismatismo? De ningún modo. Eligió el medio de los sacramentos, que instituyó para comunicarnos su Espíritu.

Debemos insistir especialmente en esta verdad de la Tradición: Nuestro Señor nos comunica su Espíritu por el bautismo. Se lo dijo a Nicodemo en la entrevista nocturna que tuvo con él: «Quien no renaciere del agua y del Espíritu Santo, no puede entrar en el reino de Dios». Debemos renacer del agua y del Espíritu Santo. Así es como Nuestro Señor comunicó su Espíritu a los Apóstoles. Ellosrecibieron primero el bautismo de Juan y posteriormente, en Pentecostés, el bautismo del Espíritu. Y de inmediato, después de recibir el Espíritu Santo, ¿qué hicieron los Apóstoles? Se pusieron a bautizar, comunicando así el Espíritu Santo a todos los que tenían la fe, a todos los que creían en Nuestro Señor Jesucristo.

De este modo, pues, la Iglesia, bajo la influencia y el mandato de Nuestro Señor Jesucristo mismo, comunica el Espíritu Santo a las almas por el Bautismo. Me parece que tendríamos que meditar más sobre la gran realidad de nuestro bautismo. Cuando recibimos este sacramento se realizó en nuestras almas una transformación total.

Los demás sacramentos vienen a completar esta efusión del Espíritu Santo, recibida en el día de nuestro bautismo. El sacramento de la Confirmación nos comunica también todos los dones del Espíritu Santo con gran profusión; lo necesitamos para alimentar y fortificar nuestra vida espiritual, nuestra vida cristiana.

Esto no es todo. Nuestro Señor quiso que dos sacramentos en particular nos comuniquen asiduamente su Espíritu, a fin de mantener en nosotrosla efusión de su Espíritu: son los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía. El sacramento de la Penitencia refuerza la gracia que recibimos el día de nuestro bautismo y purifica nuestras almas de nuestros pecados, restituyendo en nosotros, por consiguiente, la virtud del Espíritu Santo, la virtud de la gracia.

¡Qué decir del sacramento de la Eucaristía, confeccionado en el Santo Sacrificio de la Misa! En el mismo instante en que se consuma el Sacrificio de la Misa, que es la continuación del Sacrificio redentor, se realiza el sacramento de la Eucaristía. Esta gracia fluye del Corazón traspasado de Nuestro Señor Jesucristo. La Sangre y el agua que escapan de su Sagrado Corazón manifiestan las gracias de la Redención, y nos comunican a la vez su vida divina. En la Sagrada Eucaristía nuestras almas reciben abundantes gracias de santificación, como de otra de las fuentes del Espíritu, por el alejamiento del pecado y la unión a Nuestro Señor Jesucristo.

Los sacramentos del Matrimonio y del Orden santifican a la sociedad. El Matrimonio santifica a la familia. El Orden sagrado es conferido precisamente para comunicar el Espíritu Santo a todas las familias cristianas, a todas las almas. Son, pues, nuevas ocasiones por las cuales Nuestro Señor Jesucristo nos da realmente su Espíritu, que es un Espíritu de verdad, de caridad, de amor.

Finalmente, el sacramento de la Extremaunción nos prepara a recibir la verdadera y definitiva efusión del Espíritu Santo, cuando recibiremos nuestra recompensa en el Cielo.

No tenemos derecho a elegir otros medios

Estos son los medios por los que Nuestro Señor Jesucristo ha querido comunicarnos su vida espiritual, su propio Espíritu. No tenemos derecho a elegir otros medios fuera de los que instituyó Nuestro Señor mismo, medios tan sencillos, hermosos y eficaces, a la vez que tan simbólicos. No tenemos derecho a esperar recibir el Espíritu Santo por simples manifestaciones exteriores, por gestos particulares.

Es muy de temer que esas otras manifestaciones sean inspiradas por el espíritu del mal, para engañar precisamente a los fieles, haciéndoles creer que reciben el verdadero Espíritu de Nuestro Señor, cuando en realidad reciben a un espíritu muy distinto... Seamos, pues, muy vigilantes, y procuremos no dejarnos arrastrar por estos fenómenos y manifestaciones; y si se nos presenta la ocasión, alejemos de ellos a aquellos de nuestros familiares que se sientan atraídos por los mismos. 

La verdadera acción del Espíritu Santo en las almas a través de sus dones

¿Cómo obra entonces en nosotros el Espíritu Santo que nos ha sido comunicado?

1º Ante todo, alejándonos del pecado, por sus dones particulares y por el temor de Dios, sobre todo por el temor filial, y no tanto por el temor servil, esto es, por el miedo a los castigos. Este último temor, ciertamente, puede sernos útil para mantenernos en el camino de la fidelidad a Nuestro Señor Jesucristo y en la obediencia a sus mandamientos; pero, aun así, debemos cultivar sobre todo el temor filial. Es el que nos comunica el Espíritu Santo por su don de temor: el temor de alejarnos de Nuestro Señor Jesucristo, que es nuestro todo; el temor de alejarnos de Dios, del Espíritu Santo. Este temor debería bastarnos para rechazar todo pecado voluntario, sea cual fuere. El primer efecto de los dones del Espíritu Santo es que nuestras voluntades no se alejen de Dios por el apego a los bienes temporales contra su santa voluntad.

2º El Espíritu Santo, además, nos inspira la sumisión a la voluntad de Dios por los dones de consejo y de sabiduría. El don de consejo perfecciona la virtud de la prudencia. Necesitamos, en el transcurso de nuestra vida, saber cuál es la voluntad de Dios, para cumplirla; pero esto no siempre resulta sencillo, pues hay situaciones en que no nos es fácil conocer la voluntad divina, o decisiones que no son fáciles de tomar. En todo esto el Espíritu Santo nos ilumina por el don de consejo y el don de sabiduría.

3º El Espíritu Santo nos incita igualmente, por el don de piedad, a rezar, a unirnos con Nuestro Señor Jesucristo, a unirnos con Dios en la oración. Este don de piedad se manifiesta particularmente en la virtud de religión, que forma parte de la virtud de justicia, ya que es justo y digno que le demos un culto; y el culto que Dios quiere que le rindamos pasa por Nuestro Señor Jesucristo, por el Sacrificio de Nuestro Señor Jesucristo. Por el Sacrificio de la Misa, Dios quiso que le rindamos todo honor y toda gloria, con Nuestro Señor Jesucristo, por Nuestro Señor Jesucristo, en Nuestro Señor Jesucristo. Es lo que la Iglesia nos manda hacer cada domingo: que nos unamos al Sacrificio de Nuestro Señor Jesucristo. La santa Misa es la oración más hermosa y grandiosa a la vez. Por medio de ella el Espíritu Santo nos inspira la virtud de religión, ese espíritu de piedad profunda, mucho más espiritual que sensible. 

De la piedad a la contemplación

4º Finalmente, los dos últimos dones de entendimiento y de ciencia nos invitan a la contemplación de Dios a través de las cosas de este mundo. El don de ciencia y el don de entendimiento penetran y nos dan luz sobre la existencia de Dios, sobre su presencia en todas las cosas, y particularmente sobre las manifestaciones espirituales y sobrenaturales de Dios a través de la gracia y de los sacramentos. El alma inspirada por el Espíritu Santo capta de algún modo la presencia de Dios en todo lugar, y se une así a Dios a lo largo de su vida, esperando verle tal cual es en la vida eterna.

El Espíritu Santo, fuente de la vida interior

Ese es en verdad el Espíritu Santo, y estas son sus manifestaciones en las almas, como podemos verlo en los Evangelios, en los Hechos de los Apóstoles, y en todas las Epístolas de los Apóstoles. El Espíritu Santo se encuentra en todas partes y se manifiesta por doquier. Es la expresión clarísima de la voluntad de Dios, que consiste en la santificación de nuestras almas por la presencia de su Espíritu.

Pidamos a la Santísima Virgen María, que siempre estuvo llena y colmada del Espíritu Santo, que nos ayude a vivir esta vida interior contemplativa, Ella que exteriorizó poco su oración. Algunas palabras en el Evangelio bastan para mostrarnos y descubrirnos un poco el alma de la Santísima Virgen María. Ella meditaba las palabras que pronunciaba Nuestro Señor. El Evangelio nos dice que Ella «las repasaba en su Corazón». Este es el Espíritu de la Santísima Virgen María: Ella meditaba las palabras de Jesús. Meditemos también nosotros las palabras del Evangelio, meditemos las palabras que la Iglesia pone en nuestros labios, para unirnos cada vez más con Dios.

Marcel Lefebvre+