Cristo y la historia - Palabras de Mons. Lefebvre

Agosto 30, 2016
Origen: Distrito de México

He aquí unas palabras de Monseñor Marcel Lefebvre, fundador de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, sobre Jesucristo y la historia.

Para los católicos liberales, la historia tiene un sentido, es decir, una dirección. Esta dirección es inmanente y de esta tierra: es la libertad. La humanidad es llevada por un soplo inmanente hacia una conciencia creciente de la dignidad de la persona humana y por lo tanto hacia una libertad cada vez mayor de toda coacción.

Nadie discute que sea de desear que el hombre se determine hacia el bien; pero que nuestra época y el sentido de la historia en general estén marcados por una conciencia naciente de la dignidad y de la libertad humana, es muy discutible. Sólo Jesucristo, al conferir a los bautizados la dignidad de hijos de Dios, muestra a los hombres en qué consiste su verdadera dignidad:  la libertad de los hijos de Dios de la que habla San Pablo (Ro 8, 21). En la medida en que las naciones se sometieron a Nuestro Señor Jesucristo, se vio en efecto el desarrollo de la dignidad humana y una sana libertad; pero desde la apostasía de las naciones instaurada por el liberalismo, es forzoso verificar que, al contrario, donde Jesucristo no reina “las verdades disminuyen entre los hijos de los hombres” (Sal 11, 2), y la dignidad humana es cada vez más despreciada y pisada, y la libertad se reduce a un slogan vacío de todo contenido.

En cualquier otra época de la historia, ¿se ha visto una empresa tan radical y colosal de esclavitud como la técnica comunista para esclavizar a las masas? Si Nuestro Señor nos invita a “discernir los signos de los tiempos” (Mt 16,3), ha sido, pues, necesaria toda la ceguera voluntaria de los liberales y una consigna absoluta de silencio, para que un concilio ecuménico reunido precisamente para discernir los signos de nuestro tiempo se calle sobre el signo de los tiempos más manifiesto, que es el comunismo. Este silencio basta por sí solo para cubrir de vergüenza y reprobación a este Concilio ante toda la historia.

Por consiguiente, si la historia tiene un sentido, no es ciertamente la inclinación inmanente y necesaria de la humanidad hacia la libertad y la dignidad, inventada por los liberales para justificar su liberalismo, para cubrir con la máscara engañosa del progreso, el viento helado que el liberalismo hace soplar desde hace dos siglos sobre la cristiandad.

¿Hay acaso un sentido de la historia? Toda la historia está ordenada a una persona, que es su centro: Nuestro Señor Jesucristo.  La historia no tiene más que una ley: “Es preciso que Él reine” (I Co 15, 25). Si Él reina, reinan también el progreso verdadero y la prosperidad que son bienes más espirituales que materiales. Si Él no reina, es la decadencia, la caducidad, la esclavitud en todas sus formas y el reino del Maligno.

Pues, la historia no tiene ningún sentido, ninguna dirección inmanente. No existe el sentido de la historia. Lo que hay es un fin de la historia, un fin trascendente: la “recapitulación de todas las cosas en Cristo”; es la sumisión de todo el orden temporal a Su obra redentora; es el dominio de la Iglesia militante sobre a ciudad temporal, que prepara el reino eterno de la Iglesia triunfante del Cielo.

+ Monseñor Marcel Lefebvre

Fuente: Le Destronaron