El Padre Nuestro explicado por San Luis de Montfort

Febrero 06, 2020
Origen: Distrito de México

Como católicos, el Padrenuestro es de las primeras oraciones que aprendemos, pero ¿realmente sabemos lo que significa cada una de sus palabras? O, ¿lo rezamos monótonamente, sin saber lo que estamos pidiendo? He aquí una breve explicación, dada por San Luis María, de esta importante oración.

"Padre Nuestro, que estás en los cielos"

El más tierno de todos los padres, omnipotente en la creación, admirable en la conservación de las creaturas, sumamente amable en su providencia e infinitamente bueno en la obra de la redención. ¡Dios es nuestro padre! Entonces, todos somos hermanos y el cielo es nuestra patria y nuestra herencia. ¿No bastará esto para inspirarnos, a la vez, amor a Dios y al prójimo y desapego de todas las cosas de la tierra? ¡Padre nuestro! Es decir, Padre de los hombres por la creación, la conservación y la redención; Padre misericordioso de los pecadores, Padre amigo de los justos, Padre magnífico de los bienaventurados. Recordemos nuestro origen celestial, vivamos como verdaderos hijos suyos, y avancemos siempre a Él con todo el ardor de nuestros anhelos. Amemos, pues, a un Padre como éste, y digámosle millares de veces: "Padre nuestro, que estás en los cielos".

"Santificado sea tu nombre"

El nombre del Señor es santo y terrible, dice el profeta rey. Con estas palabras pedimos que toda la tierra reconozca y adore los atributos de un Dios tan grande y santo. Adoramos su santidad al desear que su nombre sea santificado. Que sea conocido, amado y adorado por los paganos, los judíos, los musulmanes, los herejes y todos los infieles. Que todos los hombres lo sirvan y glorifiquen con fe viva, con esperanza firme y caridad ardiente. En una palabra, que todos los hombres sean santos, porque Él mismo lo es.

"Venga a nosotros tu reino"

Es decir, reina, Señor, en nuestras almas con tu gracia en esta vida a fin de que merezcamos reinar contigo, después de la muerte, en tu Reino, que es la suprema y eterna felicidad, en la cual creemos, esperamos y deseamos. Felicidad que la bondad del Padre nos ha prometido, los méritos del Hijo nos han adquirido y la luz del Espíritu Santo nos ha revelado.

"Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo"

Reconocemos su soberanía y la justicia de sus leyes, ansiando que lo obedezcan los hombres en la tierra como lo obedecen los ángeles en el cielo. Nada escapa a las disposiciones de la Divina Providencia, que lo ha previsto y dispuesto todo antes de que suceda. Ningún obstáculo puede apartarla del fin que se ha propuesto. Y cuando pedimos que se haga su voluntad, no es porque temamos que alguien se oponga eficazmente a la ejecución de sus designios, sino que aceptamos humildemente cuanto ha querido ordenar respecto a nosotros. Y que cumplamos siempre y en todo su santísima voluntad, manifestada en sus mandamientos, con la misma prontitud, amor y constancia con la que los ángeles y santos lo obedecen en el cielo.

"El pan nuestro de cada día dánosle hoy"

Jesucristo nos enseña a pedir a Dios lo necesario para la vida del cuerpo y del alma. Con estas palabras confesamos humildemente nuestra miseria y rendimos homenaje a la Providencia, declarando que creemos y queremos recibir de su bondad todos los bienes temporales. Con la palabra "pan" pedimos a Dios lo estrictamente necesario para la vida y excluimos lo superfluo. Este pan lo pedimos "hoy", es decir, limitamos al presente nuestras solicitudes, confiando a la Providencia el mañana. Pedimos el pan de "cada día", confesando así nuestras necesidades, siempre renovadas, y proclamamos la continua dependencia en que nos hallamos de la protección y socorro divinos.

"Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores"

Nuestros pecados, dice San Agustín, son deudas que contraemos con Dios, y su justicia exige el pago hasta el último céntimo. ¡Y todos tenemos estas tristes deudas! Pero, no obstante nuestras numerosas culpas, acerquémonos a Él confiadamente y digámosle con verdadero arrepentimiento: Padre nuestro, que estás en los cielos, perdona los pecados de nuestro corazón y nuestra boca, los pecados de acción y omisión, que nos hacen infinitamente culpables a los ojos de tu justicia. Porque, como hijos de un Padre tan clemente y misericordioso, perdonamos, por obediencia y caridad, a cuantos nos han ofendido.

"Y no nos dejes caer en la tentación"

Del mundo, del demonio y de la carne. Pedimos a Dios que nos libre de las tentaciones, o no permitiendo que seamos tentados o dándonos gracia para no ser vencidos. 

"Mas líbranos del mal"

Que nos libre de los males pasados, presentes y futuros, especialmente del sumo mal que es el pecado, y de la pena temporal y eterna que hemos merecido por él.

"¡Amén!"

Expresión muy consoladora, dice San Jerónimo. Es como el sello que Dios pone al final de nuestra súplica para asegurarnos que nos ha escuchado. Es como si respondiera: "Amén" Sí, hágase como has pedido, lo has conseguido. Porque esto es lo que significa el término "Amén".