El Sínodo y las “pasiones de ignominia” [1]

Septiembre 21, 2015
Origen: Distrito de México

DICI es un órgano de información que pretende ser católico. Como tal, detesta abordar temas que San Pablo no deseaba que se mencionaran siquiera entre los cristianos: “Sed, pues, imitadores de Dios, como sois sus hijos muy queridos,  y proceded con amor hacia vuestros hermanos, a ejemplo de lo que Cristo nos amó, y se ofreció a sí mismo a Dios en oblación y hostia de olor suavísimo. Pero la fornicación, y toda especie de impureza, o avaricia, ni aun se nombre entre vosotros, como corresponde a quienes Dios ha hecho santos…”  (Ef 5, 1-3).

Mientras que el gran Apóstol forma en sus discípulos a otro Cristo, no puede admitir que haya todavía entre ellos esclavos de las pasiones carnales y del espíritu de concupiscencia: “Porque tened esto bien entendido, que ningún fornicador, o impúdico, o avariento, lo cual viene a ser una idolatría, será heredero del reino de Cristo y de Dios.” (Ibíd. 5, 5).

Sin embargo, el mundo contemporáneo ha vuelto desde hace mucho tiempo a las perversiones más degradantes, olvidando la suerte reservada a Sodoma y Gomorra. [2] Es así como la pederastia, la bestialidad y numerosas otras perversiones sexuales se extienden en las sociedades modernas, a medida que disminuyen el pudor, la fidelidad, la continencia y todas las virtudes capaces de aplacar la concupiscencia.

Contra la ley natural y divina

Frente a los ataques contra el matrimonio cristiano, y ahora contra el matrimonio natural (la unión estable de un hombre y de una mujer en un hogar con el fin de engendrar y educar hijos), la Iglesia Católica recuerda incansablemente la verdad de la moral evangélica: “No queráis cegaros, hermanos míos: ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los sodomitas, ni los ladrones, ni los avarientos, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los que viven de rapiña, han de poseer el reino de Dios.”  (1 Cor 6, 9-10).

El pecado de homosexualidad es un grave desorden cuyo acto específico es colocado por la Sagrada Escritura entre “los pecados que claman al cielo”, al igual que el asesinato o la opresión de la viuda y del huérfano. Los pecados que claman al cielo son aquellos cuya malicia, y particularmente la perturbación del orden social que provocan, piden, desde esta tierra, una justa venganza por parte de Dios. [3]

Esto demuestra la gravedad del pecado de homosexualidad, sin embargo banalizado e incluso promovido por todo tipo de organizaciones y otros medios de propaganda. Pensemos en las asociaciones “LGBT”, en las películas, modas, marchas y desfiles (“orgullo gay”) que inundan cada año las calles de las metrópolis mundiales.

La Iglesia Católica no escapa a esta presión, que viene del mundo depravado y de sus costumbres corruptas. Hasta ahora, había logrado recordar a la gente el carácter contra natura y la ignominia o infamia de esta clase de pecado. El nuevo Catecismo, en 1992, aún podía escribir, en su número 2357: “Apoyándose en la Sagrada Escritura, que los presenta como depravaciones graves [4], la Tradición ha declarado siempre que ‘los actos de homosexualidad son intrínsecamente desordenados’. [5] Son contrarios a la ley natural. Cierran el acto sexual al don de la vida. No proceden de una complementariedad afectiva y sexual verdadera. No podrían recibir aprobación en ningún caso.”

Profundas divisiones entre los padres sinodales

La preparación del sínodo sobre la familia, paradójicamente, dio una tribuna a los promotores o a los partidarios de la banalización de la homosexualidad. El 13 de octubre de 2014, el Relator general del Sínodo, el Cardenal húngaro Péter Erdö, lo ponía de manifiesto en un documento que se hizo público frente a doscientos periodistas. Titulado Relatio post disceptationem, describía la estima por “los dones y las cualidades” que las personas homosexuales tenían “para ofrecer a la comunidad cristiana” (Relatio, núm. 50). Al rechazar toda asimilación con el matrimonio entre un hombre y una mujer, y debido a las presiones internacionales a favor de la ideología de género (ibíd. núm. 51), ¡el sínodo “toma en consideración que existen casos en los que el apoyo mutuo, hasta el sacrificio, constituye una ayuda valiosa para la vida de las parejas.”! (Núm. 52). Durante esta misma conferencia de prensa, Mons. Bruno Forte (en la foto), Secretario especial del sínodo y presumiblemente autor de los párrafos escandalosos, precisaba: “Pienso que el documento busca aspectos positivos donde se puedan encontrar estos elementos en el seno de estas uniones. Es fácil rechazar una cosa, pero reconocer y valorar todo lo que es positivo, incluso en el seno de estas experiencias, es un ejercicio de honestidad intelectual y de caridad espiritual.”

Así, por vez primera en su historia, la Iglesia por vía oficial predica el acoger a las personas homosexuales como tales. El reto ya no consiste de aquí en adelante en la conversión y el llamado a la penitencia, al combate contra las tendencias desordenadas y pecaminosas, sino en la capacidad “de acoger a estas personas garantizándoles un espacio de fraternidad en nuestras comunidades”, mientras que, en la práctica y públicamente, viven en este tipo de vicios.

El escándalo fue inmenso y las reacciones a este informe provisional no tardaron en hacerse oír. Al ser entrevistado en Radio Vaticano, el 13 de octubre, Mons. Stanislas Gadecki, Arzobispo de Poznan y Presidente de la Conferencia Episcopal de Polonia, no tuvo miedo de declarar: “Este documento es inaceptable.” Los Obispos africanos también expresaron su profundo desacuerdo: en Twitter, el Cardenal William Fox Napier, Arzobispo de Durban, se opuso firmemente a los artículos sobre la homosexualidad, a lo que el Cardenal Walter Kasper respondió, en una entrevista con periodistas, que los Obispos africanos “no deberían de decirnos qué hacer.” –Unos meses más tarde, el Cardenal Napier debía volver a hablar del desprecio condescendiente del Cardenal Kasper, quien “considera que los Obispos africanos son demasiado sumisos a tabús y demasiado reticentes para abordar la cuestión de la poligamia y del matrimonio de personas del mismo sexo”...

Aun así, el 18 de octubre, el informe final del sínodo se esforzaba por extinguir el fuego utilizando el arte de llegar a un acuerdo. Nos enterábamos de que el párrafo sobre los homosexuales se había sometido a votación, obteniendo 118 votos a favor y 62 de desaprobación. El Padre Federico Lombardi, Director de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, debía subrayar que, aun si los párrafos “no alcanzaron la mayoría calificada, fueron mayoritariamente aprobados.” Por eso el Papa Francisco mismo había deseado que los párrafos rechazados fueran también publicados, “con el fin de extender el debate.”

Aunque este texto, según el Padre Lombardi, “no es un documento del magisterio ni disciplinario”, el problema sigue completo. ¿Cómo un comportamiento contra natura e intrínsecamente desordenado pudo ser presentado tan positivamente? ¿Cómo un pecado que clama al cielo se convirtió en una “orientación sexual”, capaz de aportar “dones y cualidades” (¿cuáles?) a la comunidad cristiana? ¿Qué significa finalmente este elogio, apenas disimulado, del sentido del sacrificio entre personas homosexuales? ¿Queremos llegar a comparar esta “ayuda valiosa para la vida de las parejas” a la fidelidad y al apoyo de los esposos en el matrimonio? Ésta sería una de esas “comparaciones blasfemas” entre el Evangelio y la revolución que San Pío X denunciaba hace ya más de un siglo. [6] ¿Cómo es que hombres de la Iglesia pueden encontrar valores positivos o temas de edificación en tales vicios, que son otras tantas situaciones de pecado?

Mons. Huonder es repudiado por sus colegas

El 31 de julio de 2015, un Obispo suizo valientemente hizo recordar la enseñanza moral de la Iglesia en estas materias durante una conferencia titulada “El matrimonio, regalo, sacramento y misión.” Mons. Vitus Huonder, Obispo de Chur, se expresaba en Alemania, en Fulda, en el marco del Foro Deutscher Katholiken. Debido a que tuvo la desgracia de citar la Sagrada Escritura (Lv 18, 22 y sobre todo Lv 20, 13: “El que pecare con varón como si éste fuera una hembra, los dos cometieron abominación; mueran sin remisión: caiga su sangre sobre ellos”), el Obispo de Chur fue objeto de una verdadera “fetua mediática”, es decir, de una campaña de presión organizada por ciertos grupos del lobby homosexual relevados por los medios de comunicación y varias personalidades públicas. Por más que Mons. Huonder intentó calmar los ánimos y precisó que había citado una docena de otros pasajes de la Escritura tomados del Antiguo y del Nuevo Testamento, que había tomado en esencia la enseñanza del Catecismo y que evidentemente no tenía la intención de llamar al asesinato de los homosexuales, nada logró. El Presidente del Partido Demócrata Cristiano, Christophe Darbellay, calificó las palabras del Obispo de Chur como “inaceptables”.

Peor aún, la Conferencia de los Obispos suizos repudió rápidamente a su colega del episcopado, el cual es objeto de denuncias ante los tribunales y ha recibido amenazas de muerte. El Presidente de esta Conferencia, Mons. Markus Büchel, Obispo de San Galo, declaró alegrarse “de cada relación en la que los miembros de la pareja se aceptan mutuamente como hijos amados de Dios” (sic). Y agregó: “Nuestros conocimientos actuales sobre la homosexualidad como una inversión afectiva y orientación sexual no elegida libremente no se conocían en los tiempos bíblicos.” De tal manera que en la actualidad la Iglesia tiene el deber de acompañar a las personas homosexuales en su camino de vida: “Un camino en el que pueden integrar su forma particular de relaciones y su sexualidad como don de Dios en su vida.” (sic).

No se podrían preparar mejor el reconocimiento y la bendición de este tipo de unión. Sobre todo porque el Presidente de la Conferencia episcopal añade que la Iglesia debe “encontrar un nuevo lenguaje, apropiado a las situaciones y a las personas” [7].

Finalmente, Mons. Charles Morerod (en la foto), Obispo de Ginebra, Friburgo y Lausana, declaraba al periódico Le Temps del 12 de agosto de 2015, que “el hecho de ser homosexual, sobre todo sin elección personal, no es un crimen, ni un pecado”. Y explicaba que la mayoría de las personas homosexuales se han descubierto como tales, sin voluntad deliberada, ¡y por lo tanto sin responsabilidad moral! Así pues, la historia recordará que fue necesario esperar hasta el siglo XXI para que los hombres de la Iglesia trataran de justificar teológicamente los comportamientos más ignominiosos o infames. Mons. Morerod afirma que la moral cristiana no es practicable integralmente sino por los que tienen la fe, pero olvida mencionar que incluso sin la fe todos los hombres pueden juzgar la rectitud de sus inclinaciones. ¿Qué fue de la ley natural? La virtud de castidad, que forma parte de la virtud cardinal de la templanza, ¿no obligaba a todos los hombres dotados de razón?

¿Qué pasará en el próximo sínodo?

Movidos por el miedo o la cobardía, alentados también –lamentablemente– por las palabras del Papa Francisco, que invitan a dar pruebas de acogida y de misericordia hacia las personas homosexuales (“Si una persona es gay [8] y busca al Señor con buena voluntad, ¿quién soy yo para juzgarla?” [9]), subyugados por el “espíritu del Concilio”, que quiso proclamar un nuevo humanismo centrado sobre el culto al hombre y a la persona, [10] los hombres de la Iglesia menosprecian de ahora en adelante los deberes propios de su cargo. Parecen olvidar la existencia de la moral natural más elemental, como si mientras nuestros contemporáneos no acepten la fe fuera inútil predicarles las buenas costumbres.

Además, como lo enseña San Pablo a los Romanos, sin la fe en Jesucristo, todos los hombres están en el pecado y bajo la amenaza de la ira divina. El mundo actual, que ha rechazado a su Salvador, su Ley de amor y sus mandamientos, ha vuelto a caer en el paganismo más vergonzoso, del que el Apóstol de los gentiles no teme describir las pasiones de ignominia: “pasiones infames. Pues sus mismas mujeres invirtieron el uso natural, en el que es contrario a la naturaleza. Del mismo modo también los varones, desechando el uso natural de la mujer, se abrasaron en amores brutales de unos con otros, cometiendo torpezas nefandas varones con varones, y recibiendo en sí mismo la paga merecida de su obcecación.” (Ro 1, 26-27). [11]

Pero si son culpables los que se entregan a esto, son todavía más culpables “los que aprueban a los que hacen tales cosas." (Ibíd. 1, 32). Pues “¡Ay de vosotros los que llamáis mal al bien y bien al mal; y tomáis las tinieblas por la luz, y la luz por las tinieblas!” (Is 5,20). Pueda el próximo sínodo, bajo la autoridad del Sumo Pontífice, disipar el humo de Satanás que oscurece la luz de la fe y de la razón. Cristo dijo en primer lugar a los pastores del rebaño: “Vosotros sois la luz del mundo. No se puede encubrir una ciudad edificada sobre un monte; ni se enciende la luz para ponerla debajo de un celemín, sino sobre un candelero, a fin de que alumbre a todos los de la casa.” (Mt 5, 14-15).

Padre Christian Thouvenot
 

[1] Rm 1, 26 (en la foto: estatua de San Pablo, Plaza de San Pedro en Roma).

[2] La destrucción de Sodoma y Gomorra se narra en el libro del Génesis, capítulos 18 y 19.

[3] Padre Dominique Prümmer, O.P., Manual de teología moral, Herder 1961, t. 1, núm. 360.

[4] Cf. Gn 19, 1-29; Rm 1, 24-27; 1 Cor 6, 9-10; 1 Tim 1, 10.

[5] Congregación para la doctrina de la fe, declaración “Persona humana”, 29 de diciembre de 1975, núm. 8.

[6] En La Lettre sur le Sillon, 25 de agosto de 1910.

[7] Cath.ch – APIC, 9 de agosto de 2015.

[8] Esta palabra inglesa se refiere a un homosexual.

[9] Conferencia de prensa del 28 de julio de 2013.

[10] Cf. Pablo VI, discurso de clausura del Concilio Vaticano II, 7 de diciembre de 1965: “La religión del Dios que se hizo hombre se ha encontrado con la religión (pues es una) del hombre que se hace Dios. [...] Reconózcanle al menos este mérito, ustedes, humanistas modernos, que renuncian a la trascendencia de las cosas supremas, y sepan reconocer nuestro nuevo humanismo: nosotros también, nosotros más que nadie, tenemos el culto al hombre.”

[11] Por su parte, el Catecismo de San Pío X presenta así la malicia de la impureza: “Es un pecado gravísimo y abominable delante de Dios y de los hombres; rebaja al hombre a la condición de los animales sin razón, lo arrastra a muchos otros pecados y vicios y acarrea los más terribles castigos en esta vida y en la otra.” Gran Catecismo de San Pío X, Los mandamientos de Dios, Dominique Martin Morin, 1967, p. 97.
 

(Fuente: FSSPX/MG – DICI núm. 320 del 11/09/15)