Estado sin Iglesia: una sociedad sin Dios - Palabras de Mons. Lefebvre

Mayo 09, 2018
Origen: Distrito de México

"Hoy el indiferentismo ha sido integrado a las Constituciones de los Estados. Después del Concilio, la Santa Sede invitó a los Estados que aún eran católicos, o en los que la religión católica era reconocida oficialmente, a que acabaran con esa postura. Hasta tal punto llega el espíritu del liberalismo religioso. Vivimos en un ambiente en el que reina el terror."

Estamos sumergidos en un ambiente que ya no es católico. Los que tienen la gracia de haber nacido en una familia cristiana tienen que estar muy agradecidos con Dios, pues yo diría que gracias a ella han conocido un pequeño oasis de lo que la Iglesia desea y pide a los padres cristianos. Fuera de ella, en la escuela, en las universidades y en los trabajos, los jóvenes frecuentan personas que no creen y que ni siquiera tienen una idea de la religión católica. La sociedad está tan imbuida de los errores modernos, que ya parecen algo normal. 

Un ejemplo de esto es el indiferentismo religioso que los Papas han condenado. Ahora es una idea difundida en los ambientes católicos:

"Todas las religiones son iguales y válidas, y el hombre tiene libertad para escoger su religión y practicar lo que quiera; no se puede imponer a nadie una religión..."

Sin embargo, los hombres no son libres en esto, porque Dios mismo ha fundado una religión. ¿Acaso le pueden decir los hombres: "tu religión no me interesa; yo prefiero otra: la de Mahoma, la de Buda o la de Lutero"...? Eso no puede ser. Nuestro Señor Jesucristo, que es Dios, ha fundado la religión católica y le ha dado el santo sacrificio de la Misa, los sacramentos, una jerarquía y un sacerdocio. ¿Tenemos la libertad de decirle: "no necesito nada de eso y prefiero buscar mi religión en otra parte?"

La Iglesia y el Estado

Otro ejemplo lo tomo de mi propia experiencia. Cuando entré en el seminario francés de Roma en 1923, si alguien me hubiera preguntado sobre la separación de la Iglesia y el Estado, le hubiera respondido: "Sí, tiene que haber una separación; la Iglesia y el Estado no tienen la misma finalidad y cada uno tiene que permanecer en su propio terreno." Fue necesario que los sacerdotes del seminario francés me hicieran descubrir las encíclicas, en particular las de León XIII y las de San Pío X, para librarme de mi error. No: la Iglesia no tiene que estar separada del Estado; ambos deben trabajar juntos para la salvación de las almas. El Estado ha sido creado por Dios y su creación es Divina; no puede, pues, ser indiferente en materia religiosa.

Hasta hace pocos años, un buen número de países: Italia, Irlanda del Sur, España, países de América Latina, etc., en el primer artículo de su constitución afirmaban su carácter oficialmente católico, pero esto ya se acabó. Ahora ya no se quiere permitir la presión que podría ejercer un Estado Católico para detraer la propagación de las religiones protestante, musulmana o budista. Hay que dar libertad a todas las religiones.

¡Es una locura! Esas mismas religiones tienen Estados en donde se les proclama como religión oficial y no desean en lo más mínimo cambiar su Constitución. Inglaterra tiene una Constitución protestante, lo mismo que Suecia, Noruega, Dinamarca y los estados suizos de Ginebra y Zúrich. Los estados musulmanes son tales sin ninguna concesión. La religión forma parte de la sociedad. ¿Qué decir de los estados comunistas? No se puede ser miembro del gobierno sin serlo del Partido.

Y nosotros los católicos, ¿vamos a pensar que se puede separar a la Iglesia del Estado? ¡Qué gran error! ¡Cuántas consecuencias para la sociedad, la familia y todos los ámbitos!

Tenemos que volver a empaparnos de la fe católica, y para esto estudiar las encíclicas. ¿Qué piensan los Papas sobre los grandes principios? ¿Cómo han visto y juzgado el mundo en su época?

Nos damos cuenta de que lo ellos condenaron son los mismos errores y deficiencias que vemos hoy, de modo que nos podemos apoyar en sus declaraciones oficiales para combatir los errores de nuestra época y explicar cómo destruyen el plan de Dios respecto a la sociedad.