La verdadera caridad - Palabras de Monseñor Lefebvre

Noviembre 15, 2017
Origen: Distrito de México

Contribuir a dejar las mentes en el error y a las almas en el pecado, no es la verdadera caridad. Una cosa es entender a las almas y el camino que las ha llevado al error y al pecado, y otra darle al error una apariencia de virtud, cosa que haría creer a nuestro interlocutor que está en la verdad y en el bien.

Nuestra gran caridad hacia el mundo consistirá en darle este testimonio tal como Nuestro Señor nos lo transmitió por medio de la Iglesia. Las conclusiones vienen por sí solas; no hace falta insistir.

El sacerdote que ya no sea el perfecto reflejo del pensamiento de la Iglesia, pierde su razón de ser y se vuelve indigno de su sacerdocio.

Seguramente se trata aquí de matices, pero la verdadera caridad, enteramente compuesta de buena fe en Jesucristo, no se equivoca y no pondrá la lámpara bajo el celemín.

Sería más fácil no contradecir nunca a nadie, aprobar siempre todo y crearse una popularidad fácil a toda costa de Nuestro Señor; pero eso sería buscarse a sí mismo y no ejercer la verdadera caridad.

Tenemos, pues, que buscar el verdadero bien de nuestro prójimo, si es que lo amamos, y esto es lo que constituye al sacerdote fiel. El sacerdote no es un hombre que busca su popularidad, ni alabanzas, ni agradar a los hombres. Como dice San Pablo: “Si yo buscara agradar a los hombres, no agradaría a Dios”. (Gal 1, 10). Pues bien, el sacerdote no siempre agrada a los hombres, puesto que les recuerda la verdad, pero los ama y trata de llevarlos a Dios. Esta es la verdadera amistad y el verdadero amor al prójimo.

Es algo admirable ver cómo el hecho de formar parte de la Iglesia da un espíritu católico. ¿Cómo se afirmará, en la práctica, en nosotros este espíritu católico? En primer lugar, se afirmará en nuestra abnegación con todos, sean de la raza que sean.

Luego, nuestro espíritu católico se afirmará viviendo de corazón con la Iglesia del tiempo y del espacio.

Con la Iglesia del tiempo, es decir, con el pasado, amando a nuestros antepasados en la fe, estudiándolos, buscando en ellos la fe que tenían, y mostrándonos dignos de toda la Iglesia, ya sea de la de los primeros tiempos o la de la Edad Media.

Nuestro espíritu católico se afirmará igualmente viviendo de corazón con el presente, amando a la Iglesia presente en sus trabajos y persecuciones, con la Iglesia purgante y triunfante.

Con la Iglesia del espacio: nuestro corazón tiene que vivir al unísono con todos los pueblos cristianos; tenemos que sufrir con los que sufren, llorar con los cristianos perseguidos y alegrarnos con los que se alegran.

Corresponde al sacerdote manifestar esta fe esperanza y caridad sobrenaturales, en cualquier lugar que se encuentre. En su predicación, en su manera de celebrar el santo sacrificio de la misa, en su manera de administrar los sacramentos, de predicar y de comportarse con los fieles, tiene que ser lo que fue San Juan Bautista, “lámpara que arde y alumbra” (Jn 5, 35), y al propio tiempo una caridad radiante, la irradiación del Espíritu Santo: esto es lo que los fieles esperan de él.

Dichoso el sacerdote que establezca su vida sacerdotal en estas convicciones de fe y caridad, pues puede vivir con esperanza y su alma queda establecida en Dios. Puede decir con toda verdad: “En Ti, Señor, he esperado, no seré eternamente confundido” (Salmo 30, 2).

Monseñor Marcel Lefebvre+
LA SANTIDAD SACERDOTAL