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Lo que el César debe a Dios

Junio 21, 2018

Entre el Estado y la Iglesia, ¿tenemos que hablar de separación o más bien de distinción? Con el fin de aclarar este punto de doctrina social y política para la salvación de numerosas almas, quisiéramos recordar algunas nociones elementales sobre la sociedad civil, la Iglesia y sus relaciones mutuas. Lo haremos, no según nuestras propias opiniones personales, sino más bien dejando contestar al Papa León XIII por medio de su encíclica Immortale Dei, del 1º de noviembre de 1885, que trata de la constitución cristiana de los estados.

LA SOCIEDAD CIVIL

¿Debe el hombre vivir en sociedad?

»No pudiendo en la soledad procurarse todo aquello que la necesidad y el decoro de la vida corporal exigen, como tampoco lo conducente a la perfección de su ingenio y de su espíritu, dispuso Dios que naciera para la unión y sociedad con sus semejantes, ya sea en la doméstica ya sea en la civil, única capaz de proporcionarle lo que basta a la perfección de la vida.

¿Qué papel tiene la autoridad en la sociedad?

»Mas como quiera que ninguna sociedad puede subsistir ni permanecer si no hay quien presida a todos y mueva a cada uno con el mismo impulso eficaz y encaminado al bien común, síguese de ahí ser necesaria una autoridad que la dirija: autoridad que, como la misma sociedad, surge y emana de la naturaleza y, por lo tanto, del mismo Dios, que es su autor.

¿De dónde proviene la autoridad?

»El poder público por sí propio, o esencialmente considerado, no proviene sino de Dios, porque sólo Dios es el propio, verdadero y Supremo Señor de las cosas, al cual todas necesariamente están sujetas y deben obedecer y servir.

¿Ha determinado Dios una forma de gobierno?

»El derecho de soberanía, en razón de sí propio, no está necesariamente vinculado a tal o cual forma de gobierno; puédese escoger y tomar legítimamente una u otra forma política con tal que no le falte capacidad de obrar eficazmente el provecho común de todos.

¿Tiene la sociedad civil deberes para con Dios?

»Los hombres no están menos sujetos al poder de Dios unidos en sociedad que cada uno de por sí; ni está la sociedad menos obligada que los particulares a dar gracias al supremo Hacedor que la congregó, por cuya Voluntad se conserva y de cuya bondad recibió la innumerable cantidad de dádivas y gracias que abunda.

¿No basta el culto público de cualquier religión?

»Así como a nadie es lícito descuidar los propios deberes para con Dios, y el primero de éstos es profesar de palabra y de obra la religión, no la que a cada uno le acomoda, sino la que Dios manda, y la que consta por argumentos ciertos e irrecusables ser la única verdadera, de la misma manera no pueden los estados obrar, sin cometer un crimen, como si Dios no existiese, o sacudiendo la Religión como algo extraño e inútil, o abrazando indiferentemente de las varias existentes la que les pluguiere; antes bien, tienen la estricta obligación de escoger aquella manera y aquel modo para rendir culto a Dios que el mismo Dios ha demostrado ser su Voluntad.

¿Qué deberes tienen los gobernantes con la verdadera religión?

»Deben tener, pues, como sagrado el nombre de Dios y contar entre sus principales deberes el de abrazar la religión con agrado, ampararla con benevolencia, protegerla con la autoridad y el favor de las leyes; y no instituir ni decretar nada que pueda resultar contrario a su incolumidad.

LA IGLESIA O LA SOCIEDAD RELIGIOSA

¿Cuál es la verdadera religión?

»Consta mediante tantas y tan preclaras pruebas, como son la verdad y cumplimiento de las profecías, la frecuencia de los milagros, la rápida propagación de la fe a través de ambientes enemigos y de obstáculos humanamente insuperables, el testimonio sublime de los mártires y otras mil, que la única Religión verdadera es la que Jesucristo instituyó y confió a su Iglesia, para que la conservase y dilatase en todo el universo.

¿Qué finalidad tiene la Iglesia?

»La Iglesia tiene como fin propio la eterna salvación de las almas, por esta razón su naturaleza es tal que tiende a abarcar a todos los hombres sin que la limiten ni el espacio ni el tiempo.

¿Quiso Dios dar a su Iglesia una forma determinada de gobierno?

»A esta multitud tan inmensa de hombres, asignó el mismo Dios prelados para que con potestad la gobernasen y quiso que uno sólo fuese el Jefe de todos, y fuese juntamente para todos el máximo e infalible Maestro de la verdad, a quien entregó las llaves del reino de los cielos.

¿En qué se distingue la Iglesia de la sociedad civil?

»Esta sociedad (religiosa), aunque integrada por hombres no de otro modo que la comunidad civil, con todo, atendiendo el fin a que mira y los medios de que se vale para lograrlo, se distingue y diferencia de la política.

¿La Iglesia es una sociedad perfecta?

»Lo que es de la mayor importancia, (la sociedad religiosa es) completa en su género, perfecta jurídicamente, como que posee en sí misma y por sí propia, merced a la Voluntad y gracia de su Fundador, todos los elementos y facultades necesarios a su integridad y acción.

¿Podemos hablar de subordinación de la Iglesia al Estado?

»Como el fin a que tiende la Iglesia es por mucho el más noble, de igual modo, su potestad aventaja en mucho cualquier otra, ni puede en manera alguna ser inferior al poder del Estado ni estarle de ninguna manera subordinada.

LA COLABORACION ENTRE LAS DOS SOCIEDADES

¿Cuántas sociedades perfectas hay?

»Dios ha dividido el gobierno de todo el linaje humano entre dos potestades: la eclesiástica y la civil; ésta que cuida directamente de los intereses humanos; aquélla de los divinos.

Estas dos sociedades, la religiosa y la civil, ¿son soberanas?

»Ambas (sociedades) son supremas, cada una en su esfera; cada una tiene sus límites fijos en que se mueve, exactamente definidos por su naturaleza y su fin, de donde resulta un como círculo dentro del cual cada uno desarrolla su acción con plena soberanía.

¿Existe una separación total entre la Iglesia y el Estado?

»Por cuanto ambas ejercen su imperio sobre las mismas personas, dado que pudiese suceder, que el mismo asunto, aunque a título diferente, pero con todo, el mismo que pertenece a la incumbencia y jurisdicción de ambos, debe Dios en su infinita Providencia, quien ha constituido a las dos, haber trazado a cada uno su camino recta y ordenadamente.

Entre separación y confusión, ¿cómo definir las relaciones entre la Iglesia y el Estado?

»Es, pues, necesario que haya entre las dos potestades cierta trabazón ordenada; coordinación que no sin razón se compara a la del alma con el cuerpo en el hombre.

Concretamente, ¿hasta dónde va el poder de la Iglesia?

»Todo cuanto en las cosas humanas, de cualquier modo que sea, tenga razón de sagrado, todo lo que se relacione con la salvación de las almas y al culto de Dios, sea por su propia naturaleza o bien se entienda ser así por el fin a que se refiere, todo ello cae bajo el dominio y arbitrio de la Iglesia; pero lo demás que el régimen civil y político abarca, justo es que esté sujeto a la autoridad civil, puesto que Jesucristo nos mandó expresamente que se dé al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

CONCLUSIÓN: FRUTOS DE ESA COLABORACIÓN

Para los individuos

»Los derechos de los ciudadanos permanecen intactos y además defendidos por el amparo de las leyes divinas, naturales y humanas, los deberes de cada uno están sabiamente señalados y su observancia estará oportunamente sancionada.

Para la familia

»La sociedad doméstica logra toda necesaria firmeza por la santidad del matrimonio, uno e indisoluble. Los derechos y los deberes entre los cónyuges están regulados con sabia justicia y equidad; el honor y el respeto debidos a la mujer se guardan decorosamente; la autoridad del varón calca el modelo de la autoridad de Dios; la patria potestad se adapta convenientemente a la dignidad de la esposa y de los hijos, y finalmente, se asegura en forma óptima la protección, el mantenimiento y la educación de la prole.

Para la sociedad

»En lo civil y político, las leyes se enderezan al bien común, y se dictan no por la pasión y el criterio falaz de las muchedumbres, sino por la verdad y la justicia; la autoridad de los gobernantes reviste cierto carácter sagrado y más que humano, y se le pone coto para que ni se aparte de la justicia ni cometa excesos de poder; la obediencia de los ciudadanos va acompañada de honor y dignidad porque no constituye una servidumbre que sujeta a un hombre a otro, sino que es la sumisión a la voluntad de Dios, quien por medio de los hombres ejerce su imperio.

Concluyamos este pleito con las palabras de Mons. Marcel Lefebvre:

«Para apoyar su tesis funesta sobre la separación de la Iglesia y del Estado, los liberales de ayer y de hoy citan gustosos esta frase de Nuestro Señor: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Mt 22, 21); pero ¡omiten decir simplemente lo que el César le debe a Dios» (Lo Destronaron, pp. 98-99).