Los "arreglos" de la Cristiada

Marzo 10, 2016
Origen: Distrito de México

El mayor sacrificio de los cristeros fue aceptar la deposición de las armas, ordenada por aquellos que primeramente los apoyaron: los obispos.

La Cristiada

Es la gesta patriótica más importante del siglo XX en México, la Reacción del pueblo fiel a las persecuciones que el gobierno revolucionario de México hizo en contra de la Cristiandad, la expulsión del clero, robo de iglesias, prohibición de actos de devoción públicos e incluso asesinato de miembros de la Iglesia Católica.

El Pueblo se inconformó, se hicieron marchas, cartas de protesta y “Boicot” económico, todo esto afectando la estabilidad social y económica del gobierno; se agotaron todos los medios para protestar pacíficamente.

El deber de la lucha se expresó con las armas: pequeños grupos de campesinos se levantaron en armas, sin embargo, estos fueron secundados por otros hasta provocar una organización generalizada, la Liga defensora de la Libertad Religiosa. Desde 1926 hasta 1926, mientras las otras fuerzas de la revolución maquinaban en lo obscuro, preparando las tácticas bi-milenarias para acabar con la Iglesia, el gobierno tiránico vivió preocupado por la desestabilidad que los fieles mexicanos provocaban al reclamar sus derechos cívicos y emprender la lucha debida.

Los protagonistas

En efecto, los contactos entre el gobierno y el Episcopado se habían establecido. Las declaraciones conciliatorias a la prensa mexicana por el nuevo presidente, Portes Gil, y las de Monseñor Ruiz y Flores en Washington, los hicieron posibles. Un suceso desafortunado vendría a facilitar inesperadamente la marcha de las negociaciones: el día 2 de junio caía muerto en una emboscada en la Hacienda del Valle, en el Estado de Michoacán, el jefe de la Guardia Nacional, sección armada de la Liga, General Enrique Gorostieta; Dios le había exigido “ir más allá del cumplimiento del deber” y cumplió.

El 5 de junio, Morrow, el embajador de los Estados Unidos en México, viajó con Monseñor Ruiz y Flores y con Monseñor Pascual Díaz, Delegado Apostólico y Secretario del Comité Episcopal respectivamente, desde San Luis, Missouri, hasta San Antonio, ultimando los detalles de las negociaciones. El día 9 llegaron a la ciudad de México, donde se encerraron negándose a recibir a los representantes de la Liga y al mismo Monseñor Mora. El 12 se entrevistaron con Portes Gil en presencia de Morrow, hubo un ligero forcejeo respecto a los posibles términos de un acuerdo, pero Morrow urgió a los obispos a negociar: “Más no pueden conseguir”, les dijo. El grupo radical presionaba a Portes Gil para que no negociara con el clero, pero razones pragmáticas aconsejaban una tregua.

El día 20 el Papa dio poderes a los Obispos para negociar, sujetándoles a las siguientes condiciones: Amnistía completa para el clero y los fieles, restitución a la Iglesia de templos y seminarios y libertad de relaciones entre Roma y el Episcopado.

Al entrevistarse nuevamente, Portes Gil accedió en el primer y último puntos, pero Monseñor Díaz salvó la situación rechazando el derecho de propiedad y conformándose con el uso, interpretando el segundo como “que templos y seminarios puedan ser usados para sus fines”, ante la mirada atónita de Monrrow y de Portes Gil. Acordaron comunicar a la prensa los “arreglos” y el día 22 se anunció que los cultos se reanudarían.

Los que no negociaron

La noticia cayó como una bomba entre las filas cristeras, el general Degollado Guízar, nuevo jefe de la Guardia Nacional, se presentó en la ciudad de México ante los Directivos de la Liga, pero ya nada podía hacerse. Sus representantes obtuvieron la promesa del gobierno de amnistía para los cristeros, acordándose que se efectuaría la entrega de armas en lugares acordados con las autoridades militares de cada lugar, entregándoseles un salvoconducto. Se iba a licenciar a un ejército de casi 50,000 combatientes, que no habían sido derrotados en combates, sino vendidos en una mesa de negociaciones, y que al gobierno le urgía desarmar a toda costa antes de que el fraude electoral que se preparaba contra Vasconcelos pudiera encontrar en ellos el brazo armado que rompiera definitivamente la hegemonía revolucionaria sobre México.

Campaña de enfriamiento

En los campos, el gobierno desde los aviones arrojaban salvoconductos y periódicos con noticias “arreglistas”; los sacerdotes empezaban a regresar diciendo que ya no era lícito apoyar a los cristeros; tras el desconcierto inicial, aquellos sencillos campesinos, al ver abiertas nuevamente las Iglesias y oír tañer las campanas creyeron que habían triunfado sobre el perseguidor, y poco a poco abandonaban las filas de la Guardia Nacional sin que los jefes pudieran impedirlo. El gobierno había obrado hábilmente explotando las diferencias de los católicos, y negociando con el Episcopado pretendiendo ignorar la existencia de la Liga y de la Guardia Nacional, a pesar de que en 1926 había desconocido cualquier representatividad y derechos de interlocutores a los mismos Obispos. Sin derogarse una sola de las Leyes causantes del conflicto, el gobierno había impuesto al fin su voluntad, debido a la ligereza en el obrar de los representantes de la Iglesia Jerárquica.

Quedaban atrás los campos de batalla en los que habían muerto 14 generales del ejército, más de 2,000 oficiales y 55,000 soldados y auxiliares, lo que equivalía al 70%, aproximadamente, de los efectivos con los que ejército había iniciado la lucha. Los cristeros caídos se aproximaban a 30,000, siendo muy difícil el cálculo y la distinción entre civiles y cristeros. Quedaban atrás más de un centenar de sacerdotes martirizados que mezclaron su sangre con la de innumerables mártires, que son objeto de veneración hasta la fecha.

Tras los “arreglos”

Cerca de 12,000 cristeros se presentaron por salvoconductos, que los convertía en “personas legales”, a las autoridades militares entregando las armas tomadas al gobierno, siendo que el gobierno era el ilegal. Otros ocultaron las armas y no se presentaron, muchos más huyeron de sus regiones, y aun del país temiendo las venganzas. A estos últimos, el tiempo les daría la razón.

Derrotado Vasconcelos en un gigantesco fraude electoral, y habiendo abandonado el país, los caciques locales y las autoridades militares comunes se lanzaron al exterminio de los cristeros. La mayoría de los jefes que habían vuelto a sus casas fueron asesinados; en algunos lugares se perpetraron verdaderas matanzas, como en Bolaños, Jalisco, donde fueron muertos 150 que habían entregado las armas. Se mató sin compasión y a mansalva, para asegurarse de que el movimiento quedaba definitivamente sin jefes. Algunos, para salvar la vida, regresaron a la sierra donde permanecerían largos años.

La “Pacificación”

Los Obispos, por su parte, estaban dispuestos a hacerse obedecer y a que se cumplieran los “arreglos”, por lo que se entregaron con pasión e insensatez a desarticular los grupos católicos que habían resistido a la tiranía. El 13 de julio la Liga reconoció los arreglos y el 4 de agosto fue desmantelada; se disolvió la Asociación Católica de la Juventud Mexicana y la misma suerte corrieron las Brigadas Femeninas Santa Juana de Arco, y la “U” (Unión Popular, fundada por Anacleto González Flores). Se llegó incluso a aceptar la petición del gobierno de invitar a abandonar el país a Monseñor Orozco, el único que había permanecido con sus fieles en la lucha y a quien el gobierno nunca había podido capturar. A los Obispos intransigentes, Monseñor González y Valencia y Monseñor Manríquez y Zárate, se les impidió regresar al país, y iniciarían el más amargo de los cálices en el destierro, donde moriría Monseñor Manríquez, despreciado por sus hermanos del Episcopado y mirado con indiferencia por Roma.

La amargura que envolvió a muchos cristeros era infinita; los Obispos prohibieron tajantemente que “se escribiera, comentara o hablara sobre los arreglos”, y con una obediencia mezclada de heroicidad y complicidad, callaron.

Entre finales de 1929 y 1931 parecía que la solución era viable, pues la persecución se detuvo, pero a partir de 1932 el grupo radical de Calles volvería a la carga. Desde la Secretaría de Educación Pública y los Gobiernos Estatales donde eran fuertes, lanzaron una nueva ofensiva, Calles había sentenciado: “La Juventud pertenece a la Revolución…debemos ganar sus mentes” y en 1934 el Secretario Narciso Bassols emprendió una campaña de “desfanatización” con el programa de “Educación sexual y socialista”.

Muchos cristeros volvieron a “echarse al monte”, pero inmediatamente fueron condenados por los Obispos que querían evitar otra guerra. El ejército se había reorganizado y sacado experiencia de la guerra anterior.

Hacia 1935 “La Segunda” cristiada se había extendido a 15 estados, con cerca de 7,500 hombres, que sin apoyo popular masivo y la hostilidad de la Jerarquía, se veían obligados a practicar una guerra “sintética”, próxima al terrorismo, dirigida ya no contra los soldados, sino contra los oficiales y funcionarios del gobierno. Así como contra los maestros “desfanatizadores”.

Nuevamente se cerraban las Iglesias de los estados, y Monseñor Pascual Díaz decía, desconsolado, que podía hablarse de “la muerte de la Iglesia en México”; sólo había 500 sacerdotes autorizados para todo el país. El 12 de enero de 1936 el Episcopado condenó, en una Pastoral Colectiva, la campaña gubernamental de “Educación sexual”, al tiempo que en San Felipe Torres Mochas los fieles lincharían a todos los miembros de una “Brigada Cultural”.

La Convivencia o “Modus vivendi”

Aislados los grupos armados, surgió un nuevo movimiento, de corte cívico y pacífico para luchar contra la nueva embestida: el Movimiento Nacional Sinarquista; contó con la simpatía de la Jerarquía e inició un nuevo tipo de lucha. El nuevo presidente, Lázaro Cárdenas comprendiendo la gravedad de los hechos, y con gran realismo, a pesar de su Fe marxista, detuvo la batalla de la escuela, y en 1938 los cultos estaban nuevamente autorizados en todo el país, con excepción del Estado de Tabasco, donde más tarde los Sinarquistas la reimplantarían.

A la nueva política contribuían circunstancias de tipo Nacional e Internacional, como lo fue la expropiación petrolera a las compañías extranjeras, y en la que el gobierno pudo contar con el apoyo de la Iglesia. El proceso se cerraría definitivamente en 1940 cuando el presidente Ávila Camacho pronunciara su famoso discurso: “Yo soy creyente”.

Conclusión

“Con lo cual Pilatos y Herodes se hicieron amigos aquel mismo día, porque antes estaban enemistados” (1)…El acuerdo final y práctico fue que las leyes persecutorias contra la Iglesia seguían vigentes, pero por “benevolencia” al clero agachado, no se exigiría su cumplimiento, rechazando, con ello, el reinado de nuestro Señor Jesucristo en México.

Los primeras vítores a Cristo Rey fueron en Chalchihuites, perteneciente a la diócesis de Durango, y los últimos cristeros fueron Federico Vázquez, Trinidad Mora y Florencio Estrada, en Durango, que estuvieron en lucha hasta el mes de febrero de 1941 cuando cayeron asesinados.

Con esto han querido resumir o acordar lo irreconciliable, la catolicidad y el mundo, a Cristo con el demonio, a María con la serpiente. Las dos frases siguientes retratan la lucha cerrada de los bandos eternamente enfrentados:

El día 30 de junio, el general Degollado ordenó licenciar a la Guardia Nacional, enviando su último mensaje a sus hombres:

Su Santidad el Papa ha dispuesto, por razones que no conocemos, pero que como católicos aceptamos, que sin derogar las leyes se reanuden los cultos…el arreglo inicial concertado entre el Delegado Apostólico y Portes Gil nos ha arrebatado lo más noble, lo más santo que figuraba en nuestra bandera, desde el momento en que la Iglesia ha declarado que, por lo pronto, se resigna con lo obtenido …

…La Guardia Nacional desaparece, no vencida por nuestros enemigos, sino en realidad abandonada por aquellos que debían recibir el fruto valioso de sus sacrificios y sus abnegaciones.

¡Salve, Cristo! Los que por Ti vamos a la humillación, al destierro y tal vez a una muerte ignominiosa, víctimas de nuestros enemigos, con el más fervoroso de nuestros amores te saludamos y una vez más te aclamamos como Rey de nuestra Patria.

¡Viva Cristo Rey!"(2).

-El 27 de julio el Presidente Portes Gil dijo en el banquete con el que los masones celebraban el solsticio de verano: “El clero ha declarado que se somete al Estado y acepta irrestrictamente las Leyes. Yo no podía negar a los católicos el derecho a someterse a las Leyes…La lucha es eterna, se inició hace veinte siglos” (3).

La conclusión es aprender la lección, es no abandonar la lucha, propagar el deber de combatir, dejando aun las palabras derecho u opción por obligación del combate. No cansarnos de empuñar las armas, ni de apuntar el disparo certero; no dejar de señalar a los enemigos, ni engañarnos escuchando las voces halagadoras de los agentes del enemigo, como la prensa; y las invitaciones al dialogo y revisión de posturas; no pretender papelitos que nos den la legalidad, cuando lo que se busca es legitimar a las autoridades y las posturas de los que nacieron ilegítimos; ni tampoco querer un arreglo que nos deje convivir con el enemigo y termine por aliarnos al error para, por último, abandonar en el error a todos los necesitados, que requieren nuestro celo apostólico.

¡Hermanos en la lucha, los que nos hemos consagrado a Cristo Rey y a María Reina, los que hemos meditado las dos banderas de San Ignacio! ¡Despertemos de este sueño arreglista en el que nos han dejado los obispos y nuestra velada complicidad! ¡Levantemos los estandartes de la Cristiandad y del Guadalupanismo y prometamos combatir, sin claudicar, siempre y pase lo que pase!

¡Viva Cristo Rey! ¡Viva Santa María de Guadalupe!

Vox clamantis in deserto

(1) Lucas 23, 12

(2) Degollado Guízar, Jesús, Memorias, JUS, México, 1957.

(3) Rius Facius, Antonio, México Cristero, APC, México, 2000.