Primeras Comuniones en Guadalajara - 9/06/2019

Octubre 14, 2019
Origen: Distrito de México

En el domingo de Pentecostés, 9 de junio de 2019, recibieron la Primera Comunión 10 niños preparados en las clases de catecismo del priorato San Atanasio, en Guadalajara.

En el sermón de las Primeras Comuniones, el Padre Gardère recordó algunas palabras de Monseñor Lefebvre sobre la Santa Misa:

Monseñor Lefebvre veía en la Misa todo un programa de vida, tanto para el sacerdote como para los fieles.

La Misa es un catecismo vivo [1]

Lo que el catecismo nos enseña - el Credo, los mandamientos de la ley de Dios, los sacramentos, las virtudes cristianas, el Padrenuestro - y todo esto se realiza, punto por punto, de un modo admirable en cada Misa. La primera parte de la Misa es la parte de la enseñanza…

Si el Credo es el canto del amor de Dios por nosotros, la segunda parte de la Misa es su realización. Como dijo Nuestro Señor, toda la Ley y los profetas están contenidos en estos dos mandamientos: amar a Dios y al prójimo. Ahora bien, todo esto que se produce desde el Ofertorio y la Consagración hasta el Padrenuestro es la realización del amor de Dios por nosotros y del amor de Nuestro Señor Jesucristo a su Padre. Por consiguiente, los dos mandamientos esenciales que resumen el Decálogo se realizan en esta parte de la Misa. ¿Puede haber en este mundo un acto de amor a Dios más grande que el que Nuestro Señor Jesucristo realizó en el Calvario? Jesucristo, al expirar en la Cruz, manifestó su amor infinito a su Padre, y esto se realiza de nuevo en nuestros altares.

Por otra parte, el segundo mandamiento, que consiste en amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos, se realiza también en el santo sacrificio de la Misa. Nuestro Señor Jesucristo mismo fue el que dijo: “¿Puede haber un acto de amor más grande que dar su vida por aquellos que se ama?”[2] Nuestro Señor Jesucristo dio su vida por aquellos que ama, es decir por nosotros, y esto se realiza también en el santo sacrificio de la Misa. La muerte de Nuestro Señor Jesucristo es el mayor acto de caridad que podía hacer para redimir a los hombres, sus hermanos. Dio toda su Sangre, así como su Alma y su vida por aquellos que amaba, y esta misma Sangre divina nos purifica y nos santifica durante la misa. De este modo se vive el Decálogo; no está únicamente escrito en nuestras páginas del catecismo con letras muertas, sino que se vive. Cada día, cada vez que se ofrece el santo sacrificio de la Misa, Nuestro Señor Jesucristo mismo realiza el Decálogo. ¡Qué ejemplo para nosotros! Por esto queremos participar de la vida de Nuestro Señor Jesucristo para tener también en nosotros este deseo y esta necesidad, en cierto modo, de amar a Dios y de amar a nuestro prójimo[3]. El sacrificio de la Misa es todo un programa; es realmente una joya. En la Misa hay tres partes: la primera es una enseñanza, luego llega la Consagración en donde Nuestro Señor viene al altar, y finalmente la Comunión. El sacerdote encuentra ahí todo lo que tiene que hacer.

La primera parte de la Misa corresponde al poder de enseñar concedido al sacerdote. La segunda, a la santificación: el sacerdote santifica a los fieles con su oración. La tercera, al poder de dirigir a las almas. En efecto, al dar el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor a los fieles, por el hecho mismo, el sacerdote comunica el mandamiento de la caridad. Ese es realmente el acto de caridad que permite a los fieles dirigirse bien en la vida cristiana. Al transmitirles la ley viva que es Nuestro Señor, el sacerdote ejerce su poder de dirección. Para los fieles, las distintas partes de la Misa corresponden a la fe, esperanza y caridad. La fe en la enseñanza, la esperanza en la Cruz. La transubstanciación significa la cruz de Jesús, que es nuestra esperanza.

O Crux, ave, Spes Unica! “Salve, oh Cruz, esperanza nuestra[4].” Luego viene la caridad, que es la comunión y la unión en el amor con Nuestro Señor Jesucristo. Nuestro Señor no podía darnos una mayor prueba de su amor que entregarse como alimento a nuestras almas[5].

¡Bendito Sea Dios en el Santísimo Sacramento del Altar!


[1] La Misa de siempre: págs.: 17-18
[2] Según Jn. 15, 13]
[3]  Homilía, en Lausanne, 9 de julio de 1978
[4]  Himno Vexilla regis de las vísperas del tiempo de Pasión
[5]  Retiro, en Avrillé, 18 de octubre de 1989