San Francisco de Asís y el primer Nacimiento

Diciembre 29, 2018
Origen: fsspx.news

Su máxima intención, su mayor deseo y su propósito supremo era cumplir el santo evangelio en y a través de todas las cosas. Quería seguir la doctrina y los pasos de Nuestro Señor Jesucristo, y hacerlo perfectamente, con toda vigilancia y todo celo, con el completo deseo de la mente y fervor del corazón.

Recordaba las palabras de Cristo a través de la meditación constante y sus acciones a través de sabias reflexiones. La humildad de la Encarnación y el amor de la Pasión ocuparon su memoria de tal manera que apenas deseaba pensar en otra cosa.

"Quiero hacer algo que traiga a la memoria el recuerdo de ese niño que nació en Belén"

Por lo tanto, lo que hizo el tercer año antes del día de su muerte gloriosa, en el pueblo llamado Greccio, en el cumpleaños de Nuestro Señor Jesucristo, debe ser recordado con reverencia. Había en ese lugar un hombre llamado Juan, de buena reputación e incluso mejor vida, a quien San Francisco amaba particularmente. Noble y honorable en su propia tierra, había despreciado la nobleza de la carne y buscado la de la mente. Quince días antes del nacimiento de Cristo, Francisco mandó traer a este hombre, como solía hacer, y le dijo: "Si deseas celebrar la fiesta del Señor que se aproxima en Greccio, date prisa y haz lo que te digo. Quiero hacer algo que traiga a la memoria el recuerdo de ese niño que nació en Belén, para ver con los ojos corporales los inconvenientes de su nacimiento, cómo estaba acostado en el pesebre y cómo el buey y el asno estuvieron a su lado". Al escuchar esto, el hombre bueno y fiel se apresuró a preparar todo lo que el santo había pedido.

El día feliz se acercaba. Los hermanos fueron llamados desde sus diversos lugares. Con corazones alegres, los hombres y mujeres de ese lugar prepararon, según sus medios, velas y antorchas para encender esa noche que ilumina todos los días y años con su estrella brillante. Finalmente, el santo hombre de Dios llegó y, encontrando todo preparado, lo vio y se regocijó.

El pesebre estaba listo, llevaron el heno, e hicieron entrar al buey y al asno. Se hizo honor a la simplicidad, se exaltó la pobreza, se elogió la humildad y se creó un nuevo Belén, por así decirlo, en Greccio. La noche se iluminó como el día, deleitando a los hombres y a las bestias. La gente acudió y celebró alegremente el nuevo misterio. Los hermanos cantaron alabanzas al Señor, y toda la noche hizo eco con júbilo. El santo hombre de Dios se encontraba ante el pesebre lleno de suspiros, consumido por la devoción y lleno de una maravillosa alegría. La Misa se celebró sobre el pesebre y el sacerdote experimentó un nuevo consuelo.

Francisco portaba los ornamentos del diácono, porque, de hecho, era un diácono, y cantó el santo evangelio con una voz sonora. Y su voz, una voz dulce, vehemente, clara y sonora, invitó a todos a las recompensas más altas. Luego, el santo predicó a la gente que estaba de pie, contándoles sobre el nacimiento del pobre rey y la pequeña ciudad de Belén. A menudo, cuando quería mencionar a Jesucristo, ardiendo de amor, lo llamaba "el niño de Belén", y al decir la palabra "Belén" o "Jesús", se pasaba la lengua por los labios, pareciendo probar la dulzura de estas palabras

Los dones del Todopoderoso se multiplicaron y una visión maravillosa fue vista por un hombre virtuoso, pues éste vio a un niño pequeño yaciendo sin vida en el pesebre, y vio al hombre santo de Dios acercarse y despertar al niño como de un sueño profundo. No fue ésta una visión impropia, porque en el corazón de muchos el niño Jesús realmente había sido olvidado, pero ahora, por su gracia y por medio de su siervo Francisco, había sido devuelto a la vida. Finalmente, la celebración terminó, y todos regresaron alegremente a casa.

En Greccio, se consagró un templo al Señor donde se colocó el pesebre

El heno colocado en el pesebre se guardó para que el Señor, multiplicando su santa misericordia, concediera salud a las bestias de carga y otros animales. Y de hecho, sucedió que muchos animales en el área circundante se curaron de sus enfermedades al comer este heno. Además, las mujeres que experimentaban un parto largo y difícil daban a luz de manera segura cuando se les colocaba un poco de este heno. Y una gran cantidad de personas, hombres y mujeres por igual, con diversas enfermedades, recibieron la salud por la que rogaron ese día.

Finalmente, en el lugar donde se colocó el pesebre se consagró un templo al Señor, y sobre el pesebre se construyó un altar y se dedicó una iglesia en honor al bendito padre Francisco, de modo que, donde los animales habían comido heno, a partir de ese momento los hombres podrían adquirir salud de alma y cuerpo comiendo la carne del Cordero sin mancha, Jesucristo Nuestro Señor, quien a través de un amor grande e indescriptible se entregó a nosotros, viviendo y reinando con el Padre y el Espíritu Santo, Dios eternamente glorioso por los siglos de los siglos, Amén. ¡Aleluya! ¡Aleluya!

Thomas de Celano (Vita Prima, Ch. 30)