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Tres importantes lecciones sobre la Natividad de la Santísima Virgen

Septiembre 13, 2018

El R.P. Guiscafré Musalem, de la FSSPX, nos presenta en este artículo tres elementos-lecciones que aparecen en la Natividad de Nuestra Señora: la función de los padres, la pureza y la sencillez. Los conocimientos que podemos obetener a partir de la vida terrenal de la Virgen Santísima no tienen límite, así que los invitamos a leer este interesante texto.

Cosa curiosa

El pasado 8 de septiembre hemos festejado la Natividad de la Santísima Virgen, es decir, su cumpleaños. Y es impresionante, la liturgia comienza saludando a Nuestra Señora con las siguientes palabras: “Salve, sancta parens, eníxa puérpera Regem: qui caelum terrámque regit in saécula saeculórum”. La Iglesia cada año que festeja el cumpleaños de Nuestra Señora canta la aurora de nuestra Redención y, ante el recuerdo de ella, eleva un grito suplicando al buen Dios un aumento de gracias y, sobre todo, de paz. Todavía no ha nacido y esa “pequeña” Niña ya aparece como Regina pacis, basta con ver los textos de la Misa. 

Es curioso, la Iglesia solamente festeja en tres ocasiones el nacimiento al mundo de algunos santos: Nuestro Señor Jesucristo, María Santísima y S. Juan Bautista. ¿Por qué razón? Nuestro Señor gozó desde el primer instante de su concepción de la visión beatífica, la Santísima Virgen tuvo el privilegio de la Inmaculada Concepción y S. Juan Bautista fue santificado en el seno materno y, además, los tres tuvieron un papel especial en el misterio de la Redención. Para el resto de las almas la Iglesia espera y festeja su nacimiento a la gloria, es decir, el día de la muerte o del martirio en que merecieron entrar al cielo. 

Hemos nacido con el pecado original y sujetos a las miserias que se siguen de él; estamos en esta tierra de paso y, ya que podemos desfallecer, la Iglesia espera, como buena Madre, cuidando y vigilando a sus hijos para que lleguen a puerto seguro de salvación y, entonces, pueda entonar el canto de alegría festejando la entrada triunfal a la eternidad, el verdadero nacimiento de las almas para el cielo.

Pero sabemos que la Iglesia no hace las cosas en vano, si nos pone delante de los ojos el nacimiento de la Virgen Santísima es para que aprendamos de Ella: “Ahora, hijos, oídme: Bienaventurados aquellos que siguen mis caminos... Escuchad la instrucción y sed sabios... Bienaventurado el hombre que me oye y vela a mis puertas día tras día... Porque quien me halla a Mí, ha hallado la vida y alcanza el favor de Yahvé” (Prov 8, 32-35).

Algunas lecciones

Queremos destacar tres elementos-lecciones que aparecen en la Natividad de Nuestra Señora:

• La función de los papás: Al ver a un recién nacido uno no puede dejar de pensar en los padres del pequeño. El nacimiento de la Santísima Virgen evoca sin duda alguna el papel tan importante que tuvieron San Joaquín y Santa Ana. Es cierto que la Virgen recibió gracias particulares, pero no es menos cierto que en muchas de ellas los papás tuvieron algo que ver. ¿Qué gratitud mostraría la Santísima Virgen para con sus padres con el paso de los años? Ella tenía bien claro que, si bien la vida es un regalo del buen Dios, la recibió por medio de sus papás. En la humildad de la Santísima Virgen quedó reflejada y como heredada la virtud de sus santos papás. Nadie da lo que no tiene, para purificar el corazón de los hijos, acercarlos al buen Dios, hace falta que primero los papás tengan el suyo puro y cerca de Nuestro Señor. La obra de los papás tiene un alcance para la eternidad. Y de parte de los hijos, la Natividad de Nuestra Señora nos recuerda el deber de gratitud tan grande que tenemos con nuestros padres que nos han dado no sólo la vida. El fruto de su trabajo sólo lo mediremos en la eternidad.

• La pureza: La virtud angélica le da al alma y al cuerpo un resplandor, un brillo especial. La Santísima Virgen nace con una pureza en el alma que va a enamorar al buen Dios a tal punto que será elegida para ser la Madre del Verbo Encarnado. El cielo se llena de alegría: Dios Padre, al ver aparecer su obra maestra. Dios Hijo, al ver nacer a esa divina Niña que le dará un cuerpo natural para ser nuestro Redentor. Dios Espíritu Santo, al contemplar a ese hermoso templo vivo. Los ángeles, al ver nacer a su Reina. Es cierto que en este mundo de cabeza hay un combate fuerte contra esta virtud, pero el buen Dios ha tenido la delicadeza de recordarnos con esta fiesta que, como dice el doctor angélico, “la Virgen es superior a los ángeles en pureza. No sólo es pura, sino que alcanza pureza para las otras almas” (Opúsculo VIII). ¿Qué hacer para alcanzar esta virtud que hace retumbar los cielos? La Santísima Virgen nos responde: “Venid a Mí... y saciaos de mis frutos”. Virgen Poderosa, porque es Virgen Purísima: el grado de pureza determina la medida de la fecundidad en las obras.

• La sencillez: “Si no os hacéis como los niños, no entraréis en el reino de los cielos” (Mat 18,3). La sencillez es hija de la humildad. La sencillez de la Santísima Virgen se explica por el conocimiento profundo e íntimo que tuvo del buen Dios. Esa sencillez se traduce en una tendencia total y absoluta del alma hacia el buen Dios: fue una sencillez que brotó del amor. Y, puesto que solamente buscaba al buen Dios, todo lo veía en su relación con Él. “María se preocupaba no del juicio de los hombres sino del juicio de Dios” S. Ambrosio. Sencilla porque sólo Ella amó al buen Dios con todo su corazón, con toda su alma, con todo su espíritu, con todas sus fuerzas; todo lo demás le fue dado por añadidura. No nos compliquemos, busquemos primero al buen Dios y todas las demás cosas por las que normalmente andamos desviviéndonos nos serán dadas por añadidura.

¿Y nuestros cumpleaños?

¡Padrecito! ¿y, entonces, nuestros cumpleaños no debemos festejarlos sino hasta que lleguemos al cielo? ¡Que no cunda el pánico! El católico festeja sus cumpleaños, pero no como el mundo los festeja. El alma enamorada del buen Dios en su aniversario eleva un canto de agradecimiento por las gracias recibidas, pide perdón por los errores cometidos y hace propósitos para enmendarlos y, sobre todo, festeja que falta menos tiempo para llegar al cielo. El alma contempla de más cerca el manto de Nuestra Señora que la ha de cobijar por toda la eternidad: si el tiempo pasa, el triunfo definitivo de Nuestra Morenita del Tepeyac se acerca.

Conclusión

Ante esta Pequeña recién nacida que duerme recostada en su cuna los coros angélicos exclaman: “Quae est ista quae progreditur quasi aurora consurgens (¿Quién es ésta que aparece como una aurora?)”. Los ángeles en el cielo la contemplan y celebran a su Reina, mientras que las legiones infernales se estremecen y tiemblan, pues ya vislumbran la irremediable derrota que Ella les hará sufrir: “Pondré enemistad entre ti y la Mujer, Ella te aplastará la cabeza...”: Ella, la Inmaculada, nuestra Reina, nuestra Madre.

“Yo soy la Madre del amor bello, del temor, de la ciencia y de la santa esperanza. En Mí está toda la gracia del camino y de la verdad; en Mí toda esperanza de vida y virtud. Venid a Mí todo los que os halláis presos de mi amor y saciaos de mis frutos... Los que de Mí comen tendrán todavía hambre y los que los que de Mí beben tendrán todavía sed... El que me escucha no será confundido y los que obran en Mí no pecarán... Los que me dan a conocer, tendrán la vida eterna” (Ecli 24,23-31).

En Cristo y María,
P. Guiscafré Musalem