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Undécimo domingo después de Pentecostés

Agosto 04, 2018

Textos litúrgicos del undécimo domingo después de Pentecostés. La Iglesia deposita toda su esperanza en Dios, de quien recibe su ayuda y auxilio. Nuestro Señor ha curado las heridas de la humanidad y nos ha dado fuerza. Recordemos siempre la caridad infinita y la piedad de Dios.

Este Domingo, el undécimo de San Mateo, recibe el nombre entre los Griegos de la parábola del rey que hizo rendir cuentas a sus servidores[1]. En Occidente se le llama Domingo del Sordomudo desde que el Evangelio del Fariseo y del Publicano se trasladó al Domingo anterior. La Misa actual conserva aún, como será fácil comprobar, más de un recuerdo de la antigua disposición.

En los años en que la Pascua se aproxima lo más cerca posible al 21 de Marzo, la lectura de los libros de los Reyes se prosigue hasta esta semana, que nunca llega a pasarla. En el Oficio de la noche son tema de las primeras lecciones: la enfermedad de Ezequías y la curación milagrosa obtenida por las oraciones del santo rey[2].

MISA

El sabio y piadoso Abad Ruperto, escribiendo antes del cambio verificado en el orden de las lecturas evangélicas, explica en estos términos la elección del Introito del día hecha por la Iglesia "El publicano en el Evangelio se acusa y dice: Soy indigno de elevar los ojos al cielo. Pablo en la Epístola le imita diciendo: Soy el menor de los apóstoles, que ni merezco ser llamado apóstol, por haber perseguido a la Iglesia de Dios. Así pues, como esta humildad que se nos presenta como ejemplo, es la guardiana de la unión entre los servidores de Dios, haciendo que el uno no se levante contra el otro[3]; del mismo modo es muy natural que se cante al principio el Introito, en el cual habla del Dios que hace que habiten los hombres en su casa con un solo espíritu"[4].

INTROITO

Dios está en su lugar santo: Dios nos hace habitar unánimes en su casa: El mismo dará vigor y fortaleza a su pueblo. — Salmo: Levántese Dios, y disípense sus enemigos: y huyan de su presencia los que Le odian. V. Gloria al Padre.

Nada tan conmovedor como la Colecta de este día cuando se relaciona con el Evangelio que primitivamente la acompañaba. Con ser menos inmediata hoy esta aproximación, esta conexión no ha desaparecido aún, puesto que la Epístola, como diremos en su lugar, continúa, con el ejemplo de San Pablo, la lección de humildad que nos daba el publicano arrepentido. Ante el espectáculo que ofrece siempre a sus ojos maternales este publicano despreciado del judío, mientras golpea su pecho y sin apenas poder, por su profundo dolor, pronunciar una palabra, la Santa Iglesia, conmovida hasta lo más profundo de sus entrañas, viene a completar y ayudar su oración. Con inefable delicadeza pide a Dios Todopoderoso que, por su misericordia infinita, haga recobrar la paz a las conciencias intranquilas, perdonando los pecados, y que otorgue lo que la misma oración de los pobres pecadores no osa pedir en su reservado temor.

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