Excelencias del Santísimo Rosario: un albigense poseso

Fuente: Distrito de México

No es posible expresar cuánto prefiere la Santísima Virgen el Rosario a otras devociones, cuán benigna se muestra para recompensar a quienes trabajan en predicarlo, establecerlo y cultivarlo, y cuán terrible, por el contrario, contra quienes se oponen a él. Dios vinculó al Rosario la gracia en esta vida y la gloria del cielo. Les proponemos el siguiente relato para meditar un poco en la grandeza de esta devoción.

Santo Domingo predicaba el Santo Rosario cerca de Carcasona. Le llevaron un hereje albigense poseído del demonio. El Santo lo exorcizó en presencia de una gran muchedumbre; se cree que lo escuchaban más de doce mil hombres. Los demonios que poseían a ese miserable se veían obligados a responder, a su pesar, a las preguntas del Santo, que le hizo declarar:

  1. Que eran quince mil los que estaban en el cuerpo de ese miserable, porque había atacado los quince misterios del Rosario;
  2. Que por medio del Rosario que predicaba, el Santo ponía terror y espanto en todo el infierno, y que era el hombre a quien más odiaban en el mundo a causa de las almas que les arrebataba mediante la devoción del Rosario.
  3. Le revelaron otras varias particularidades. Santo Domingo, después de arrojar su rosario al cuello del poseso, les preguntó a qué Santo del cielo temían más y cuál debía ser más amado y honrado por los hombres. A esta pregunta lanzaron gritos tan espantosos que la mayoría de los circunstantes, aterrorizados, cayeron en tierra. En seguida, esos espíritus malignos, para no responder, lloraban y se lamentaban de un modo tan lastimero, que varios de los asistentes también lloraban. Decían los demonios por boca del poseso con lamentable voz: “Domingo, Domingo, ten lástima de nosotros! ¡Te prometemos no hacerte daño jamás! ¡Tú, que tienes tanta piedad de los pecadores y miserables, ten piedad de nosotros, miserables! ¡Ay! ¡Sufrimos tanto! ¡Por qué te complaces en aumentar nuestras penas? ¡Conténtate con las que ya sufrimos! ¡Misericordia! ¡Misericordia! ¡Misericordia!”.

El Santo les respondió que no cesaría de atormentarlos mientras no respondiesen a la pregunta. Le dijeron los demonios que contestarían, pero en secreto y no delante de todo el mundo. Insistió el Santo ordenándoles respondiesen y en alta voz. Los demonios no quisieron decir nada a pesar de la orden que les dio. Entonces el Santo se puso de rodillas y dirigió esta plegaria a la Santísima Virgen: “Oh, excelentísima Virgen María, ordenad a estos enemigos del género humano, que por la virtud del Santo Rosario respondan a mi pregunta”.

Terminada esta oración, una llama ardiente salió de los oídos, de la naríz y de la boca del poseso, que si bien hizo estremecer a todos no hizo daño alguno. Entonces los demonios exclamaron: “Domingo, te rogamos por la Pasión de Jesucristo y por los méritos de su Santa Madre y de todos los Santos, que nos permitas salir de este cuerpo sin decir nada, porque los ángeles cuando tú quieras te lo revelarán. ¿Acaso no somos mentirosos? ¿Por qué quieres creernos? No nos atormentes más, ¡ten piedad de nosotros!. ¡Miserables!, sois dignos de que se os escuche”, dijo Santo Domingo, y poniéndose de rodillas dirigió a la Santísima Virgen esta oración: “Oh dignísima Madre de la Sabiduría, os lo ruego por este pueblo aquí presente, a quien ya se le ha enseñado la manera de rezar bien la Salutación angélica: obligad a vuestros enemigos a confesar en público la verdad completa y sincera acerca de este punto”.

Apenas terminó su oración vio junto a él a la Santísima Virgen rodeada de una gran multitud de ángeles. Con un cetro de oro tocó ella al poseso diciéndole: “Responde a mi servidor Domingo, según su pregunta” (hay que advertir que el pueblo no veía ni oía a la Santísima Virgen, sino solamente a Santo Domingo). 

Entonces los demonios comenzaron a gritar diciendo: “¡Oh, enemiga nuestra, ruina nuestra, confusión nuestra! ¡Por qué vinisteis expresamente del cielo para atormentarnos tan rigurosamente? ¿Será preciso que confesemos ante todo el mundo aquello que ha de ser causa de nuestra confusión y ruina? ¡Ay de nosotros, ay de nosotros, príncipes de las tinieblas! “Oíd, pues, cristianos: Esta Madre de Jesucristo es todopoderosa para impedir que sus servidores caigan en el infierno; es Ella quién como un sol disipa las tinieblas de nuestras asechanzas y astucias; es Ella quien frustra nuestras maquinaciones, rompe nuestros lazos y hace inútil e infructuosas todas nuestras tentaciones. Nos vemos obligados a confesar que ninguno de cuantos perseveran en su servicio se condena con nosotros; uno solo de sus suspiros, que Ella ofrezca a la Santísima Trinidad, vale más que todas las oraciones, votos y deseos de todos los Santos. La tenemos más que a todos los bienaventurados juntos y nada podemos contra sus servidores fieles. Muchos cristianos que la invocan al morir y que deberían -según las leyes ordinarias- condenarse, se salvan por su intercesión. ¡Ah! Si esta “Marita” (así la llamaban en su rabia) no se hubiera opuesto a nuestros designios y esfuerzos, hace ya mucho tiempo habríamos derribado y destruido a la Iglesia y hecho caer a todas las Órdenes en el error y la infidelidad. Afirmamos -además-, por la fuerza que se nos hace, que ninguno de cuantos perseveran en el rezo del Rosario se condena, porque Ella obtiene para sus devotos servidores una verdadera contrición de sus pecados mediante la cual obtiene su perdón e indulgencia”.

Entonces Santo Domingo hizo rezar el Rosario a todo el pueblo, muy lenta y devotamente, y a cada Ave María que el Santo y el pueblo rezaban -¡cosa sorprendente!-, salía del cuerpo de aquel poseso una gran multitud de demonios, en forma de carbones encendidos. Cuando salieron todos los demonios y el hereje quedó libre completamente, la Santísima Virgen dio, aunque invisiblemente, su bendición a todo el pueblo que con ello experimentó sensiblemente gran alegría.

Este milagro fue causa de que gran número de herejes se convirtiera e ingresara en la Cofradía del Santo Rosario.

El Secreto Admirable del Santísimo Rosario
San Luis María Grignion de Montfort