Presencia y acción de la Virgen María junto a Cristo en el Calvario

Fuente: Distrito de México

El 14 de septiembre celebramos el triunfo de la santa Cruz, y al día siguiente, 15 de septiembre, la Iglesia quiere detenerse en el papel que en este triunfo le tocó a la Santísima Virgen María, por haber quedado asociada íntimamente al sacrificio de Nuestro Señor; de modo que el demonio no encontró un adversario sólo en el Salvador y su Cruz, sino también en la Mujer que le fue vaticinada en el principio de la humanidad, y que debía ser su castigo propio: «Pondré enemis­tades entre ti y la Mujer, entre tu descendencia y la suya: Ella te aplastará la cabeza»

Es lo que nos muestra realizado el Evangelio de la fiesta de los Siete Dolores de Nuestra Señora, por poco que consideremos tres cosas:
1. La presencia de Ma­ría al pie de la Cruz;
2. La acción de María junto a Cristo al pie de la Cruz;
3. Los frutos de esta mutua colaboración

La presencia de María al pie de la cruz

Ante todo, el Evangelio resalta la presencia de María al pie de la Cruz: «Es­taba junto a la Cruz de Jesús su Madre». ¿Por qué estaba allí presente María, la Madre? ¿Para aliviar los sufrimientos de su Hijo, para prestarle alguna ayuda? No. ¿Por qué, entonces? Porque debía cumplir allí una misión esencial, ineludi­ble: la misión de Nueva Eva, de cooperadora juntamente con Jesucristo, Nuevo Adán, a la obra de nuestra salvación

En efecto, después de que Adán cometiera el pecado original y condenara consigo a toda su descendencia, Dios decidió restaurar al hombre caído, y le prometió un Re­dentor; pero decidió hacerlo, según el sentir común de los Santos Padres, proce­diendo en orden inverso al plan de la prevaricación. Y así Dios opuso:

• Al primer Adán, un nuevo Adán, Cristo Jesús: «Por un solo hombre [Adán] entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte; así también por un solo Hombre [Jesucristo] nos fue devuelta la gracia, y por la gracia la vida -dice San Pablo-; Adán nos perdió por su desobediencia, y Cristo nos salvó por su obediencia»• Al primer Adán, un nuevo Adán, Cristo Jesús: «Por un solo hombre [Adán] entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte; así también por un solo Hombre [Jesucristo] nos fue devuelta la gracia, y por la gracia la vida -dice San Pablo-; Adán nos perdió por su desobediencia, y Cristo nos salvó por su obediencia»• Al primer Adán, un nuevo Adán, Cristo Jesús: «Por un solo hombre [Adán] entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte; así también por un solo Hombre [Jesucristo] nos fue devuelta la gracia, y por la gracia la vida -dice San Pablo-; Adán nos perdió por su desobediencia, y Cristo nos salvó por su obediencia»

• Al árbol de la ciencia del bien y del mal, el árbol de la cruz: «Para que de donde salió la muerte, saliese la vida, y el que en un árbol venció, en un árbol fuese vencido por Cristo Nuestro Señor», como hermosamente reza el Prefacio de la Santa Cruz

• A la primera mujer, una nueva Eva, María. En efecto, así como Dios había dicho, al crear a Adán, que «no es bueno que el hombre esté solo: hagámosle una ayuda semejante a él»; lo mismo vuelve a decir, con más realidad, del Hombre por excelencia: no es bueno que El esté solo, que realice solo su gran Obra, la redención de la humanidad; hagámosle una Ayuda semejante a El. Y esta Ayuda es María.

De este modo la Santísima Virgen se convierte, por voluntad divina, en la colaboradora oficial de Cristo en su obra redentora. Y esto es lo que claramente resalta el Evangelio, al mostrarnos a la Santísima Virgen al pie de la Cruz.

2. La acción de María junto a Cristo en el Calvario

Si proseguimos el paralelismo establecido por los Santos Padres entre Adán y Cristo, y entre Eva y María, veremos que la responsabilidad principal del sa­crificio le corresponde a Nuestro Señor Jesucristo: Él es quien nos redime, quien asume la responsabilidad principal del acto redentor; en ese acto Él es, propia­mente hablando, el único Sacerdote reconocido por Dios, y la única Víctima aceptada por El.

Pero a la Santísima Virgen le corresponde también una acción casi sacerdo­tal, señalada por el modo como la Santísima Virgen se mantiene junto a la cruz: no desmayada, sino erguida, en pie: «Stabat Mater dolorosa»; esto es, en la misma actitud que adopta el sacerdote en el altar al ofrecer el sacrificio. Y es que, así como la mujer tuvo en la caída un papel de preparación, de instigación o introducción, y más tarde de cooperación, ese mismo papel había de tener Ma­ría respecto de Cristo en la reparación.

• Papel de preparación. Eva dio inicio a la maldición que pesa sobre nosotros con­sintiendo al mal ángel, que la sedujo y la llevó a transgredir el mandamiento de Dios. María dio inicio a la bendición que recae sobre los hombres consintiendo a los planes que de parte de Dios le traía el buen ángel. Es la conocida escena de la Anunciación.

• Papel de instigación. Eva no se limitó a consentir al mal ángel, sino que instigó a su marido, Adán, a pecar con ella, rebelándose contra Dios. María, igualmente, no se limitó a consentir a los planes divinos que el buen ángel de Dios le anunciaba, sino que luego instigó al Nuevo Adán a ponerlos en ejecución. Y eso es lo que nos enseña el episodio de las bodas de Caná: María toma la delantera, o la iniciativa, de la obra apostólica de Jesús.

• Papel de colaboración. Así como Adán pecó, pero lo hizo ayudado por Eva, tam­bién Cristo reparó el pecado y la desobediencia de Adán, pero ayudado por María. Y por esta colaboración la Santísima Virgen recibe el nombre de Corredentora. Ella lo es: • no sólo en el sentido de que por su libre consentimiento nos da realmente al Redentor• Papel de colaboración. Así como Adán pecó, pero lo hizo ayudado por Eva, tam­bién Cristo reparó el pecado y la desobediencia de Adán, pero ayudado por María. Y por esta colaboración la Santísima Virgen recibe el nombre de Corredentora. Ella lo es: • no sólo en el sentido de que por su libre consentimiento nos da realmente al Redentor;

• No sólo en el sentido de que, por sus méritos y oraciones, Ella contribuye a la aplicación de los frutos de la redención a las almas; • sino en el sentido estricto y completo de la palabra: Ella forma con Cristo un solo principio moral del mismo acto redentor, participando del Sacrificio decisivo, no como elemento principal, pero sí como causa integrante por libre voluntad de Dios: Ella es la Sacrificadora secun­daria y la Víctima secundaria del Sacrificio del Calvario.

En ese momento es cuando se realizan propiamente las palabras del Génesis: «Ella te aplastará la cabeza». A partir de entonces, siempre y en todas partes, la Serpiente encuentra a la Mujer en su camino, detectando sus astucias, desbara­tando sus emboscadas y aplastándole la cabeza. Ella, y siempre Ella, está allí para oponerse a sus empresas y hacerlas fracasar. Su aparición lo hace estremecerse de ira y de temor. Por la humillación que siente al ser vencido, no sólo por Dios, sino por Aquella que declaró no ser más que «la esclava del Señor», Lucifer de­testa más a la Mujer que al mismo Cristo.

3. Frutos de esta presencia de María al pie de la Cruz

Por su colaboración al sacrificio redentor de Cristo, María Santísima se con­vierte en nuestra Madre. En efecto, por su oblación, María, en unión con Jesús y en subordinación a El, reparó la ofensa infinita que los pecados de los hombres habían hecho a Dios. Y, al borrar la ofensa del pecado, destruyó el obstáculo que impedía a los hombres recibir la vida divina. Dicho de otro modo, María Santí­sima, por sus sufrimientos y dolores, unidos a los de Jesús, nos restableció en la condición de hijos de Dios al devolvernos la vida divina.

Por eso, desde lo alto de la Cruz, Jesús la proclamó Madre nuestra: «Jesús, pues, mirando a la Madre y al discípulo predilecto que allí estaba, dice a la Madre: Mujer, he ahí a tu hijo. Después dice al discípulo: He ahí a tu Madre». Palabra es ésta todopoderosa, que levanta el corazón de María a la altura de su nueva misión.

Desde ese momento, María, como nueva Eva, queda también convertida en «Madre de todos los vivientes» (Gen. 320). Las almas fieles, la Iglesia, nacen en ese momento del corazón traspasado de Jesús, como enseñan los Padres de la Iglesia; pero también nacen del Corazón Inmaculado de María, que con el Corazón de Jesús formaba un solo Corazón.

Podríamos aplicar a María, en este momento, las palabras de Isaías sobre el Mesías sufriente: «Quiso Dios quebrantarla con sufrimientos; mas luego de ofrecer su vida en sacrificio por el pecado, verá una larga descendencia y vivirá largos días... Verá el fruto de los sufrimientos de su alma... Por haber cargado con las iniquidades de ellos, le daré en herencia una gran muchedumbre, y recibirá innumerables gentes por botín» (Is. 53 10-12).

Conclusión

¿Cuáles deben ser nuestros sentimientos ante esta Virgen Corredentora, ante esta Madre Dolorosa? Principalmente los de un profundísimo agradecimiento y los de un tiernísimo amor. Podemos dirigirle a este fin las alabanzas que mereció para sí aquella mujer llamada Judit, que expuso su vida para salvar a su pueblo de las manos de Holofernes:

«Bendita eres del Señor, Dios altísimo, oh hija, sobre todas las mujeres de la tierra. Bendito sea el Señor, creador del cielo y de la tierra, que ha dirigido tu mano para cortar la cabeza del caudillo de nuestros enemigos. Hoy ha hecho El tan célebre tu nombre, que no cesarán de pregonar tus alabanzas los hombres, que conservarán para siempre la memoria del poder del Señor; pues has expuesto tu vida por tu pueblo, viendo las angustias y la tribulación de tu gente, y nos has salvado de la ruina, acu­diendo a nuestro Dios» (Judit 1323-25).

Sí: Nuestra Señora no dudó en ofrecer su vida y sus sufrimientos por nuestra salvación, viendo la gran angustia y peligro de condenación eterna en que nos encontrábamos; es más, «no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros» (Rom. 8 32). Por ello, justo es que todas las generaciones la proclamen bienaventurada, y que todos los que han recibido la gracia de ser sus hijos, pregonen sus alabanzas y guarden siempre en la memoria los beneficios que por Ella hemos recibido.

Cuando el mundo te atraiga con sus placeres,
acuérdate de las lágrimas de María
para apartar de tu mente esos goces perniciosos.
En las tentaciones violentas,
cuando tus fuerzas están casi abatidas,
y tus pies vacilan en el camino recto;
cuando la ocasión, el mal ejemplo
o el ardor de la juventud te arrastran,
acuérdate de las lágrimas de María
y déjate conmover por los gemidos de tu Madre.