San Jerónimo, confesor y doctor de la Iglesia

Con San Hilario, que le precedió cerca de cuarenta años, y con San Ambrosio y San Agustín, contemporáneos suyos, forma San Jerónimo el grupo ilustre de los cuatro Padres de la Iglesia latina de los siglos IV y V. Benedicto XV, ya desde las primeras líneas de la Encíclica Spiritus Paráclitus del 15 de septiembre de 1920, publicada con ocasión del 15º centenario de la muerte de San Jerónimo, declara solemnemente que la Iglesia católica reconoce y venera en este santo insigne «el máximo Doctor que le dio el cielo para interpretar la divina Escritura». Título magnífico que podría compendiar cualquier apología del Santo.

Nació Jerónimo cerca del año 331 en Estridón, en los confines de Dalmacia y Panonia. Sus padres fueron nobles y ricos cristianos. Siendo Jerónimo de diecisiete años, enviáronle a Roma, para que prosiguiese el estudio de las letras, en el que sobresalió por la madurez y profundidad del juicio, vigor de la inteligencia y brillo de la imaginación. Estaba prendado de los libros y decía no poder vivir sin ellos. Por eso revolvió cuantos pudo y, merced a una labor diligente y constante, copiándolos de su mano, formó para sí una rica biblioteca que llenó de admiración a sus contemporáneos. Las seducciones de la gran urbe arrastraron un momento lejos del buen camino al joven estudiante, que por entonces sólo era catecúmeno; pero enseguida volvió a mejores ideas. Pidió el bautismo y lo recibió de manos del papa Liberio, por los años de 366. A raíz de un viaje que para estudios mayores hizo a las Galias llegándose hasta Tréveris, determinó renunciar al mundo para darse completamente al servicio de Dios. Desde aquel momento empezó Jerónimo su rápido ascenso hacia la santidad.

EN EL DESIERTO DE CALCIS

Tras una breve estancia en Aquileya, metrópoli de su provincia natal, viéndose en peligro de ser perseguido por algunos enemigos, determinó pasar a Grecia, sin duda por los años de 372, llevándose consigo únicamente su bien surtida biblioteca. Anduvo por las provincias de Tracia, Ponto y Bitinia, y cruzó la Galacia, Capadocia, Cilicia y parte de la provincia de Siria. La enfermedad le obligó a permanecer una temporada en Antioquía. Aprovechó esos días para oír a los varones más sabios en la ciencia de la Sagrada Escritura, y en particular a Apolinar, obispo de Laodicea, el mismo a quien más adelante combatió el Santo en el Concilio de Roma.

Apenas repuesto, se fue al áspero y apartado desierto de Calcis, donde permaneció por espacio de unos cinco años. Para poder desentrañar mejor el sentido de la divina Escritura y al mismo tiempo refrenar los ardores y apetitos de la juventud, se hizo discípulo de un monje judío converso, quien le enseñó las lenguas hebrea y caldea. Para sujetar su carne, se acostaba en el frío suelo, lloraba y gemía día y noche, ayunaba semanas enteras. Con tantas oraciones y lágrimas logró total victoria, y aun de aquellas tentaciones sacó más acrisolada santidad.

Las disputas disciplinarias y dogmáticas que tenían por entonces dividida la Iglesia de Antioquía, le obligaron a pasar a dicha ciudad por el año de 377. Cedió a las instancias del obispo Paulino y consintió en ordenarse presbítero por mano de aquel prelado el año de 378; pero se reservó la facultad de volver al yermo y vivir como monje, para no contraer compromisos con ninguna iglesia particular. Así, en el año de 380 vémosle en Constantinopla, discípulo de San Gregorio Nacianceno. En el año de 382, al renunciar San Gregorio al episcopado para retirarse a Arianzo, Jerónimo dejó Constantinopla y partió para Roma, donde el papa San Dámaso había convocado un Concilio contra los apolinaristas. 

SEGUNDA ESTANCIA EN ROMA

Secretario del Concilio había de ser San Ambrosio, obispo de Milán, con asentimiento unánime de la asamblea; pero enfermó estando ya para dar principio a los trabajos de su cargo. Buscaban los Padres un suplente, mas no lo hallaban. Levantóse entonces el papa San Dámaso, llamó a Jerónimo que estaba humilde en el último asiento, lo presentó a la asamblea, y ésta le proclamó a una voz para reemplazar al enfermo. Difícil tarea le incumbía, porque además de sostener la lucha contra los apolinaristas, había de traerles al arrepentimiento. Los herejes se defendieron porfiadamente en varias sesiones; pero con tan convincentes razones los apretó el Santo, que acabaron firmando el formulario presentado por el Concilio.

Este triunfo le granjeó la confianza del Pontífice, el cual le tomó como secretario y arcediano. Por orden del Papa, emprendió este insigne doctor la obra cumbre de su vida, la traducción de los Sagrados Libros, que con el nombre de «Vulgata» adoptó oficialmente la Iglesia. Redactó asimismo la correspondencia oficial del Pontífice; pero, por desgracia, hase perdido esta parte de sus obras. Nada mudó el antiguo solitario de su tenor de vida en el nuevo estado; llevaba hábito de monje y ayunaba como en el yermo. Impulsadas por el Santo, algunas doncellas y viudas se agruparon formando congregaciones monásticas alrededor de unas cuantas señoras y matronas principales de noble linaje y santísima vida, como Paula, Marcela y Eustoquia. Ante este escogido auditorio declaraba San Jerónimo los pasos más dificultosos de las Divinas Letras, con tanto aprovechamiento de aquellas virtuosísimas mujeres, que muchos sacerdotes iban a consultarlas para resolver las más intrincadas cuestiones exegéticas. Merced a esta saludable influencia del Santo, algunas damas nobles dejaron el siglo para llevar vida escondida en Cristo. 

JERÓNIMO Y EL ORIGENISMO

El presbítero Rufino de Aquileya dirigía a la sazón el famoso monasterio del Monte Olivete, poco distante de Jerusalén. Rufino había sido gran amigo y admirador de Jerónimo; pero la cuestión del origenismo, que entonces perturbaba el Asia, fue ocasión de que entre ambos amigos se levantase apasionada polémica y sobreviniera irremediable rompimiento.

Los discípulos de Orígenes, exagerando sus doctrinas, sostenían que jamás debe tomarse la Sagrada Escritura en su sentido literal; que no era sino un símbolo perpetuo, cuyo verdadero secreto revela el Espíritu del Señor a cada uno, según su mérito y su saber. Violentos contradictores se levantaron contra esta errónea doctrina; pero ellos mismos pasaron la raya y cayeron en la opuesta exageración, pretendiendo que todo en la Sagrada Escritura había de tomarse a la letra. Hasta llegaron a sostener que de tal modo reproducía el hombre la imagen y semejanza de Dios, que el mismo Dios era realmente el tipo sustancial del hombre. A estos acérrimos adversarios del origenismo les llamaron antropomorfitas.

Por el tiempo en que la agitación llegaba a su colmo, conviene saber que, por los años 393 ó 394, uno de los antropomorfitas más exaltados, el monje Aterbio, pasó por Jerusalén, y acusó públicamente de origenismo al obispo Juan y a los presbíteros Rufino y Jerónimo. Hubo de esto grande escándalo en toda la provincia. Jerónimo se hallaba en trance apuradísimo por acusarle ambos bandos. Juan, obispo de Jerusalén, fulminó anatema contra el monasterio de Belén. Rufino fue más diestro: supo ganarse la benevolencia del obispo, y nadie volvió a molestarle.

El Santo obedeció al obispo Juan, no obstante ser la sentencia injusta. Los solitarios de Belén quedaron privados de la comunión por espacio de muchos meses como si fueran infieles; se les prohibía entrar en la iglesia, y no se les enterraba en cementerios cristianos. Estos injustos rigores conmovieron a los católicos de todo el mundo. San Epifanio, obispo de Salamina, promulgó enérgica protesta. El Papa estaba ya a punto de fallar en el asunto, cuando el obispo de Jerusalén, asustado por el sesgo que tomaba aquel negocio, llevó la causa ante el patriarca de Alejandría, Teófilo, conocido partidario del origenismo. Ansiosamente se esperaba la decisión del patriarca, y Teófilo mudó de repente de opinión, condenó los errores de Orígenes y se declaró en favor de Jerónimo.

No se atrevió Juan de Jerusalén a resistir a la autoridad del metropolitano; levantó el entredicho al monasterio y, para evitar nuevos conflictos, exigió a Jerónimo que aceptase el título de párochus de Belén. Ambos se reconciliaron por los años de 397.

También Rufino se reconcilió con el solitario de Belén, pero fue cosa de pocos días. Pronto, en efecto, se rompió la concordia entre los dos monjes a raíz de la publicación que hizo en Roma Rufino de una traducción del Periarchón de Orígenes y de sus invectivas contra Jerónimo. Éste respondió con una apología. San Agustín deplora el incidente en estos términos: «¿Qué corazones se atreverán ya a descubrirse el uno al otro? ¿Hay amigo verdadero en cuyo pecho pueda uno sin temor derramar su alma? ¿Dónde se halla el amigo que el día de mañana no pueda trocarse en enemigo, si entre Jerónimo y Rufino ha sobrevenido la discordia que deploramos? ¡Oh miserable condición de los mortales, digna de compasión y lástima! ¿Qué cuenta tendremos con lo que aparenta ser el alma de los amigos, no estando ciertos de lo que será en lo venidero?» 

SAN JERÓNIMO Y SAN AGUSTÍN

Las relaciones que tuvo Jerónimo con San Agustín merecen ser traídas a cuenta. Fueron meramente epistolares, con mucho pesar y sentimiento de Agustín, que se quejaba de la larga distancia entre Hipona y Belén, y de la lentitud de los correos que llevaban sus cartas.

La estima constante que mostró el obispo de Hipona a quien le llamaba «su hijo en la edad, su padre en dignidad», el respeto y miramiento con que le trataba cuando juzgaba no deber rendirse a las razones del ilustre exégeta, hicieron su amistad inquebrantable. «No haya entre nosotros sino hermandad pura y limpia —responde Jeróninio a Agustín a propósito de la conclusión de la controversia que tuvieron sobre la conducta de Pablo y Cefas en Antioquía—; enviémonos solamente mensajes de caridad. Ejercitémonos en el terreno de las Escrituras sin ofendernos uno al otro.» Y, efectivamente, ambos amigos pelearon juntos hasta el fin, en defensa de la fe católica y con el admirable acierto de que la historia nos habla. 

ÚLTIMAS PRUEBAS

Siguió Jerónimo ayudando desde el fondo de su retiro a la noble causa por la que tanto había ya padecido. Venciendo todas las dificultades, prosiguió la traducción y comentarios de la Biblia. Todas las Iglesias de Occidente adoptaron aquella versión. Pero en medio de tantos trabajos, tuvo que sostener otras peleas. Nuevos herejes se levantaron contra el dogma católico y, principalmente, el famoso Pelagio.

San Agustín había de dar el golpe mortal a aquel adversario; pero el solitario de Belén era muy celoso de la verdad para permanecer indiferente e inactivo en aquella pelea. Con todo el vigor de su ingenio se levantó contra los pelagianos que eran ya muchos en Palestina.

Impotentes para responder con sólidos argumentos a la dialéctica de Jerónimo, los herejes echaron mano de la violencia para deshacerse de su contrario. Una noche del año 416, cayeron sobre el monasterio de Belén, a la cabeza de una tropa. Los siervos de Dios fueron maltratados y un diácono muerto. Prendieron fuego a los edificios del monasterio; las religiosas y los 247 monjes tuvieron que refugiarse a toda prisa en una torre cercana al convento. Nada hizo Juan de Jerusalén para reparar aquel desastre; fue menester que el papa San Inocencio I interviniese enérgicamente ante los obispos de Palestina en favor de los perseguidos.

Jerónimo sobrevivió a este atentado, pero fue para sufrir una de las mayores pruebas de su vida. A finales del año 418 o principios de 419, murió Eustoquia, que había sucedido a su madre Santa Paula, en la dirección del monasterio de Belén. Tras este golpe, añadido a tantos otros, y al agotamiento de fuerzas causado por su vida de mortificación y trabajo, el santo anciano fue desfalleciendo poco a poco. Apenas podía hablar; no podía moverse de la cama para instruir a los monjes, sino asiéndose a una cuerda colgada del techo. Dio su espíritu al Señor a los 30 días del mes de septiembre del año 420, según el cardenal Baronio, siendo de cerca de noventa años de edad.