Summi Maeroris de Pío XII - 1950

Encíclica que refiere a que sólo los principios cristianos y la vida cristiana consiguen la paz y ordena preces públicas para obtenerla.

1. Espectáculo consolador: la concurrencia e Roma a invitación a la renovación

   No nos faltan, ciertamente, motivos de sumo dolor y, al mismo tiempo, de inmensa alegría. Por una parte se nos ofrece el espectáculo de las multitudes que en este Año Jubilar corren sin número a Roma desde todos los rincones del mundo, y dan aquí testimonio insigne de una fe común, de unión fraterna, y de una ardiente piedad en tal manera que, a través de los siglos, esta Alma ciudad, que tan celebérrimos sucesos ha conocido, hasta ahora no vio cosa semejante. Y Nos, con amorosa solicitud, acogemos a estas multitudes sin número, confortándolas con fraternal exhortación y proponiéndoles nuevos y fúlgidos ejemplos de santidad. Las llamamos no sin copioso fruto, a los caminos de la renovación de las costumbres y la vida cristiana.

2. Espectáculo triste: la turbada y falseada situación social de los pueblos

   Por otra parte, las presentes condiciones sociales de los pueblos, de tal manera se presentan a Nuestra mirada que suscitan en Nos las más vivas ansiedades y preocupaciones. Muchos discuten, escriben y tratan sobre la manera de llegar finalmente a tan deseada paz; pero los principios que debían formar su sólida base, algunos los olvidan o abiertamente los repudian, De hecho en no pocos países no es la verdad, sino la falsedad, lo que se presenta con una cierta apariencia de razón; no el amor ni la caridad lo que se favorece, sino el odio y la rivalidad lo que se insinúa; no se exhorta a la concordia entre los ciudadanos, sino que se provocan las turbaciones y el desorden. Pero como reconocen todos los que son sinceros y piensan bien, así no se puede resolver justamente los problemas que separan todavía a las naciones ni las clases sociales pueden ser dirigidas como es necesario hacia un porvenir mejor.  

3. Elevar al pueblo por la verdad y la justicia

   Efectivamente, el odio nunca ha engendrado nada bueno y otro tanto puede decirse de la mentira y del desorden. Es necesario, sin duda ninguna, elevar al pueblo necesitado a un estado digno del hombre; pero no con la fuerza ni con las agitaciones, sino con leyes justas. Es necesario, ciertamente, terminar lo más pronto posible las controversias que dividen y separan a los pueblos bajo los auspicios de la verdad y con la guía de la justicia.

4. Exhortación a la paz, recordando los estragos de la guerra

   Mientras el cielo se cubre con oscuras nubes, Nos, que tanto nos interesamos por la libertad, la dignidad y la prosperidad de las naciones todas, no podemos dejar de volver a exhortaros con ardor a todos los ciudadanos y a sus gobiernos a la verdadera concordia y a la paz. Recuerden todos lo que la guerra trae, tal como, por desgracia, sabemos por experiencia; nada más que ruinas, muertes y toda clase de miserias. Con el progreso de los tiempos, la técnica ha traído y preparado tales armas mortíferas e inhumanas que pueden exterminar no sólo a los ejércitos y a las flotas; no solamente a las ciudades, villas, aldeas; no solamente los tesoros de la Religión, del arte y de la cultura, sino hasta los inocentes niños, con sus madres, a los enfermos y a los ancianos indefensos. Todo lo bueno, todo lo hermoso, todo lo santo que ha producido el genio humano, todo o casi todo puede ser aniquilado. Por consiguiente, si la guerra, sobre todo hoy, se presenta a todo observador serio como algo terrible y mortífero, es de esperar que mediante el esfuerzo de todos y especialmente de los gobernantes de los pueblos, se alejen las oscuras y amenazadoras nubes, que son todavía causa de temor, y resplandezca, finalmente, la verdadera paz entre los pueblos.

5. Oraciones públicas

   Sin embargo, conociendo que toda dádiva preciosa y todo don perfecto de arriba viene, como que desciende del Padre de la luces 1, creemos oportuno, Venerables Hermanos, prescribir de nuevo públicas oraciones y súplicas para implorar la concordia entre los pueblos.

6. Recuerden los Obispos a sus fieles que sólo los principios cristianos y la vida cristiana salvan

   Será cuidado de vuestro celo pastoral no solamente exhortar a las almas a vosotros confiadas para que eleven a Dios ardientes plegarias, sino también incitarles a pías obras de penitencia y expiación a fin de aplacar la majestad del Señor, ofendido por tan graves delitos públicos y privados. Y mientras que, según vuestro oficio, dais cuenta a vuestros fieles de esta paternal invitación Nuestra, recordadles nuevamente de cuáles principios brota una paz justa y duradera, y por cuales métodos hay que conseguirla. Ella en verdad, como bien sabéis, se puede conseguir tan sólo mediante los principios y las normas dictadas por Cristo, llevados a la práctica con sincera piedad. Tales principios y tales normas traen realmente a los hombres a la verdad, a la justicia y a la caridad. Poned un freno a sus codicias; obligad a los ciegos a que obedezcan a la razón; moved a éstos a que obedezcan a Dios; haced que todos, aun los que gobiernan los pueblos reconozcan la libertad debida a la Religión, la cual además de su función fundamental de conducir las almas a la eterna salvación, tiene también la de tutelar y proteger los fundamentos mismos del Estado.

7. Los que persiguen a la Iglesia no contribuyen a la paz

   De todo lo que hemos dicho hasta ahora es fácil argüir, Venerables Hermanos, qué lejos están de procurar una paz segura quienes pisotean los sacrosantos derechos de la Iglesia católica, privan a sus ministros del libre ejercicio del culto, conduciéndolos al destierro y a la cárcel, impiden y hasta proscriben y destruyen las escuelas y los institutos de educación que se rigen por las normas y principios cristianos, achacan con error calumnias y todo género de torpezas y apartan a los pueblos y especialmente a la tierna juventud, de la integridad de las costumbres de la virtud, de la inocencia, hacia los atractivos de los vicios y de la corrupción.

8. Calumnian la Santa Sede de fomentar la guerra, cuando promueve la paz

   Es cosa bien clara en qué error están los que insidiosamente lanzan contra esta Sede Apostólica la acusación de querer una nueva conflagración. En realidad, nunca han faltado ni en los tiempos pasados, ni en aquellos más cercanos a Nos, quienes hayan intentado subyugar a los pueblos por la fuerza de las armas, pero Nos jamás hemos dejado de promover una verdadera paz.

9. Sólo la verdad enseñada por la Iglesia y la virtud practicada traerá la concordia

   La Iglesia, no con las armas, sino con la verdad, desea conquistar a los pueblos y educarles en la virtud y en la rectitud de la vida social. Efectivamente, las armas con que combatimos no son carnales, sino que son poderosísimas por Dios2. Es menester que enseñéis todo esto claramente, porque solamente entonces, es decir, cuando los mandamientos cristianos den forma a la vida pública y privada, solamente entonces será lícito esperar que, conciliados los odios de los hombres, vivan en fraterna concordia las diversas clases de la sociedad, los pueblos y las gentes.

10. Votos por el éxito de las nuevas oraciones

   Que las nuevas oraciones pidan a Dios que estos ardientes deseos Nuestros se vean satisfechos de tal manera que, con la ayuda de la gracia divina, y con la virtud cristiana, se renueven en todas las costumbres y las relaciones entre los pueblos se vean pronto de tal manera ordenadas, que procuren en cada una de las naciones, frenada la codicia de dominar a los demás, la necesaria libertad de vida a la Iglesia y a todos sus hijos, según los derechos divinos y humanos.

11. Bendición Apostólica

   Con esta confianza, os damos de todo corazón  vosotros, Venerables Hermanos, a vuestro clero y fieles, y a todos los que de este modo especial Nos oiréis prontamente en estas exhortaciones Nuestras, la Bendición Apostólica, auspicio de las gracias divinas y testimonio de Nuestra paternal benevolencia. 

   Dado en Roma, junto a San Pedro, el domingo 19 de julio de 1950, duodécimo de Nuestro Pontificado. Pío XII

  • 1. Santiago 1, 17.
  • 2. II Corintios, 10, 4.